El trauma creado por la dictadura franquista hizo que la Constitución y las leyes posteriores trataran de enmendar sus imposiciones, a veces yendo contra el sentido común.
Ese buenismo se manifestó en el Art. 25.2 de la Constitución, que rechazó los castigos de cárcel existentes en otras democracias para los peores sádicos, asesinos de niños, por ejemplo, imponiendo que las penas estén solamente “orientadas hacia la reeducación y reinserción social”.
Veamos el caso de los protestantes y judíos, que sufrieron una dura represión dirigida por el nacionalcatolicismo de la que se liberaron poco a poco hasta la Ley de Libertad Religiosa de Fraga, de 1968, inspirada en el Concilio Vaticano II, aunque aún mantenía ciertos controles.
La Constitución de 1978 consagró la libertad plena, y en 1992 el Estado y las creencias de “notable arraigo”, tan agraviadas antes, lograron un amplio…
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