Las buenas noticias nunca son buenas. Deben ser malas para golpearnos el cerebro o el corazón. Y los periodistas somos maestros en presentar sólo lo malo.
Por eso los ciudadanos creen que el supuesto calentamiento global está derritiendo el planeta, que estamos acabando con las materias primas y que Malthus tenía razón: al no poderse sostener el crecimiento poblacional nuestro desino es la extinción por hambre…, en 1880.
En ese año del “doom”, del desastre, el planeta tenía unos 1.400 millones de habitantes, la mayoría pobres y famélicos; pero en 1975 ya había 4.100 millones, con unos 1.800 millones de famélicos; hoy hay 7.325 millones, de los que 800 millones pasan hambre.
Aumenta la población y disminuye el hambre. Gracias a los nuevos cultivos agrícolas –benditos “revolución verde” y alimentos transgénicos–, que incluso en muchas partes de la tierra permiten reducir la superficie y reforestar áreas antes dedicadas a ellos…
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