Al ver a las masas que huyen de las guerras árabes, y sobre todo las fotografías del niño ahogado en Turquía, ha surgido en Europa una ola de solidaridad personal, municipal y gubernamental que propone acoger a todos los refugiados e inmigrantes, pero también e inevitablemente a los posibles yihadistas y criminales infiltrados entre ellos.
Una emoción colectiva que, al margen de esos yihadistas y delincuentes, le impide a los buenos corazones prever qué pensarán dentro de tres o cuatro años con sus protegidos, y si serán vistos con igual piedad que ahora.
¿Tendrán trabajo, vivirán de la asistencia social o, como tantos llegados antes, de manteros o mendigos en supermercados?
Quien reflexiona así ante personas sensibleras, o políticos pseudoprogresistas que contaminan las buenas intenciones populares para venderles sus siglas, queda señalado como egoísta, xenófobo e inhumano…
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