Existen "errores humanos" -es una evidencia- por tanto han de existir cauces para rectificar, se llamen procesos de nulidad o divorcios.
(Jairo del Agua).- Había una vez un médico, totalmente entregado a la salud de sus pacientes, que aplicaba con rigor lo que había estudiado. Un día llegó a su consulta un paciente con fuertes dolores en un dedo del pie. El ilustrado médico diagnosticó rauda y acertadamente: «esto es gangrena». Y repitió lo que decía su libro: «la gangrena no tiene cura, hay que amputar para evitar su extensión al resto del cuerpo cortando por lo sano». Tras urgentes preparativos el enfermo entró en el quirófano y salió con las dos piernas amputadas. Naturalmente aquel celoso médico se quedó sin clientes.
¿No será algo de esto lo que hoy nos pasa en la Iglesia, especialmente con los divorciados?
Yo sé, tú sabes, él sabe, nosotros sabemos, vosotros sabéis y ellos saben que el divorcio es una gangrena, tanto para el individuo como para la familia. ¡Idiota el que no sepa conjugar esa verdad! El problema está en el tratamiento aplicado al que sufre la enfermedad: ¿Le rechazamos, le condenamos, le desterramos, le privamos de la vida? Condena a privación de vida es decirle que no puede volver a casarse o, si lo hace, ha de ser enjaretado en cinturón de castidad. Condena de destierro es decirle que ni se le ocurra acercarse a las fuentes de la vida. ¡Somos unos hipócritas! ¡Es la enfermedad lo que hay que eliminar y no al enfermo! ¡Hay que prevenir la enfermedad y no ensañarse con el enfermo! «Todo lo que queráis que hagan con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos, porque en eso consiste la ley y los profetas» (Mt 7,12).
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