La liturgia de un Papa muerto es infinitamente más poderosa que la del anciano dimisionario

La dupla Sodano-Bertone, enemigos íntimos, reinstala el muro de silencio

Roma ya no es eterna y el Vaticano parece que tampoco

A lo lejos, apenas a treinta kilómetros, el hombre que fue Pedro reza en silencio antes de regresar a su vida recientemente anónima y ya nunca más libre

(Jesús Bastante, enviado especial al Vaticano).- «Todo es un tanto triste. Como si Roma, el Vaticano, la Santa Sede, ya no fueran eternas«.

El diagnóstico nos lo ofrece el secretario de uno de los cardenales (no electores), mientras espera a que termine la tercera congregación (precónclave) que este martes se ha vuelto a celebrar en el Aula Pablo VI del Vaticano. Y este cronista no puede dejar de darle la razón.

La insólita situación por la que atraviesa la Santa Sede tras la renuncia de Benedicto XVI, lejos de remover las entrañas de la institución, parece abocarla al marasmo más absoluto.

Tanto en el devenir de los encuentros preparatorios al cónclave -la Curia ha conseguido, prácticamente de inmediato y, si es preciso, utilizando a los carabinieri, frenar en seco las apariciones públicas de los cardenales, a excepción de las de los norteamericanos, que siempre han sido muy suyos, también en temas de Iglesia-, como en el espíritu de los fieles que deambulan por los aledaños de la plaza de San Pedro, la sensación es de apatía. Nada se mueve, apenas el viento de la fría mañana romana.

Sobrevolaba la tormenta en torno a la cúpula de San Pedro. No hacía frío, ni aire, pero la sensación de humedad se percibía apenas se cruzaban las columnas de Bernini. Alrededor del Obelisco que preside la plaza, apenas unas docenas de estudiantes argentinos, parejas centroeuropeas y algunas religiosas paseaban sin acercarse siquiera al redil en el que cámaras y reporteros gráficos esperaban ver pasar a un cardenal para tratar de atraparle en la maraña de focos y micrófonos.

Y es que la relevancia que la sociedad mediática está dando al relevo de Benedicto XVI -sin duda, la que tiene, no en vano estamos hablando de la designación del único líder global de este tercer milenio supuestamente globalizado- no casa con la sensación de pasotismo que se vislumbra alrededor del Vaticano. Dicen, y con razón, que los romanos no son muy católicos, pero sí son muy del Papa... y en esta ocasión el axioma parece que no termina de funcionar.

Se escucha muy poco ruido en torno a la plaza de San Pedro. La liturgia de un Papa muerto, en especial de «aquel» Papa muerto -agonizante durante meses después de casi tres décadas en el poder- y aupado «subito» a los altares por el pueblo, resulta infinitamente más poderosa que la del anciano dimisionario encerrado tras los muros de Castel Gandolfo.

Y es que de Benedicto XVI pocos se acuerdan. En ambientes vaticanos ha sido muy cuestionado el hecho de que los cardenales tardaran tres congregaciones en hacer público un breve, brevísimo telegrama de agradecimiento a Joseph Ratzinger. «De la cruz nadie se baja«, que diría el cardenal Dziwisz, secretario personal de Juan Pabo II. La vieja guardia jamás perdonará a Benedicto XVI el mal trago de no morirse en el trono, rompiendo la mística y «abandonando» la barca de poder curial.

No hay masas de gente esperando saber cuándo se inicia el cónclave, ni animando a los cardenales a la salida de las congregaciones como sucediera hace ahora ocho años -quien escribe es testigo directo de ambos episodios-. A lo sumo, los corrillos están más interesados en las «quinielas», y en si uno u otro candidato estará o no inmerso en alguna lucha de poder secretar –¿por qué la decisión de no presentar el informe del Vatileaks a los cardenales?– o, peor aún, en los terribles escándalos de encubrimiento de abusos sexuales a menores que han sangrado la credibilidad de la institución hasta límites insospechados.

Los pocos curiosos que se acercan al «corralito» de informadores que cerca el Aula Pablo VI, apenas preguntan qué sucede, si ha salido ya elegido papa, si ha vuelto el anterior… La mística, el misterio, apenas se asoma. Sólo interesa el morbo, el saber si éste o aquél cardenal pide el sacerdocio femenino, el fin del celibato, o si algún otro renuncia tras el enésimo escándalo.

Y entre tanto, en las congregaciones, los purpurados no sueltan prenda. Hay pocas intervenciones, la mayor parte de ellas técnicas si nos atenemos al relato diario de Federico Lombardi, la única fuente oficial de lo que allí ocurre. El juramento de silencio no es obligatorio en el precónclave, y sin embargo, la dupla Sodano-Bertone (enemigos íntimos y responsables de devenir del inmediato futuro de la sede de Pedro), ha conseguido que, al menos esta vez, vuelva a funcionar el muro de silencio. El mismo que algunos de ellos -tal vez con el nuevo Papa sepamos la verdad- se encargaron de quebrar con el robo y publicación de secretos pontificios. Aunque oficialmente la culpa, como en las novelas de Agatha Christie, que no Dan Brown, sea del mayordomo.

Cae la tarde en Roma. Anochece antes que en Madrid. Y el silencio sólo se rompe con los ruidos de los cláxones -tras varios años, todavía resulta difícil de explicar, y de entender, el modo de conducción de los romanos-, las ambulancias y alguna que otra oración. A lo lejos, apenas a treinta kilómetros, el hombre que fue Pedro reza en silencio antes de regresar a su vida recientemente anónima y ya nunca más libre.

Mañana por la tarde, algunos cardenales también rezarán en el altar de la basílica de San Pedro, en el centro de la Cristiandad. Un lugar que está dejando de ser relevante a los ojos del viandante, del comerciante, de quien sale a correr por la mañana y no se explica por qué tanta cámara enfocando al Vaticano.

Y es que Roma, como decía el secretario de aquel cardenal no elector pero que quiso, y nadie pudo impedirlo, participar en las reuniones que podrían decidirlo todo, está triste, y a un paso de dejar de ser eterna. Y hace falta un cambio de rumbo. En las formas. Y en el fondo.

 

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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