Religión Digital y Redes Cristianas han organizado el primer encuentro público entre víctimas y representantes de la Iglesia española

José Cobo, obispo auxiliar de Madrid: «Sueño con una Iglesia que sea territorio seguro para los menores»

Juan Cuatrecasas, padre de la víctima de Gaztelueta: "El abuso es una bomba de relojería en el interior de un menor"

José Cobo, obispo auxiliar de Madrid: "Sueño con una Iglesia que sea territorio seguro para los menores"
Los participantes, entre ellos el padre de la víctima de Gaztelueta (izda.) y el obispo auxiliar de Madrid (centro)

Raquel Mallavibarrena: "Queremos ir a una Iglesia de iguales y sin estamentos y el clero es un estamento de poder y de superioridad"

(José Manuel Vidal).- «Es muy doloroso que vayas en el metro y te llamen pederasta», confiesa José Cobo, obispo auxiliar de Madrid. Y a renglón seguido añade: «Sueño que la Iglesia que es parte del problema sea parte de lo solución». A su lado, Juan Cuatrecasas, padre de la víctima del colegio Gaztelueta del Opus Dei, asiente y pide que la Iglesia ofrezca a las víctimas «cariño afecto y protección».

La emoción se palpa en el salón de actos del Colegio Mayor Chaminade. El momento es casi histórico. Por vez primera se juntan en una mesa redonda ante el público víctimas y compañeros de los verdugos o encubridores. Nadie sabe cómo va a resultar el experimento, aunque a los participantes se les supone buena voluntad y capacidad de diálogo sincera.

En el acto, organizado por el Redes Cristianas, asociación de comunidades de base, y por nuestro portal, Religion Digital, ocupaban la mesa el ya citado obispo auxiliar de Madrid, José Cobo; el secretario general de la Conferencia de Religiosos de España (CONFER), Jesús Miguel Zamora; el padre de la víctima de Gaztelueta, Juan Cuatrecasas; la representante de Redes Cristianas, Raquel Mallavibarrena, y nuestro redactor jefe, Jesús Bastante, que ofició de moderador.

Como era lógico, todos los ojos estaban puestos en el obispo y en el padre de la víctima. Y los dos colmaron, con creces, todas las expectativas. El padre de la víctima por su serenidad y entereza, no exenta de denuncia y de libertad para poner en evidencia las lagunas de la institución ante esta lacra. Incluso con nombres y apellidos.

El obispo por su saber estar, su capacidad de encajar y, sobre todo, su humildad para aceptar las críticas y compadecerse con el dolor de las víctimas, asi como su profundo espíritu evangélico, que le permitió entonar el mea culpa y, sobre todo, ofrecer esperanza, reparación y vías de salida. Sin ponerse a la defensiva y sin el clásico mecanismo de defensa clerical del ‘en otros estamentos, más’.

Para enmarcar la reunión, Jesús Bastante leyó el siguiente pasaje del evangelio de Mateo 18, 6: «Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar».

 

Juan Cuatrecasas y José Cobo

El texto evangélico sonaba duro, como duros son los sufrimientos de las víctimas de los abusadores, que no sólo cometen un delito, sino también un pecado y, especialmente, una traición en toda regla al Evangelio que dicen profesar.

En un acto de estas características en el que esté presente un obispo, por protocolo, se le suele dar a él la palabra en primera instancia, pero, para empezar marcando las diferencias y el objetivo de colocar a las víctimas en el centro, el primer turno de palabra correspondió al representante de las víctimas.

Juan Cuatrecasas es el padre de Asier, víctima de abusos sexuales -entre 2008 y 2010, cuando el niño tenía entre 11 y 13 años- en el colegio del Opus Dei Gaztelueta. Un profesor numerario del colegio de Leioa fue condenado en noviembre a once años de prisión por la Audiencia Provincial de Bizkaia.

Con delicadeza, sin crispación, pero con rotundidad, comenzó señalando desde le principio la gravedad de este delito, que «tiene muchas cosas en común con los casos de violencia de género». Porque el abuso es «una bomba de relojería en el interior de un menor» que, como consecuencia de los abusos, se convierte «en un ser insociable, lleno de ansiedad, de pesadillas, de convulsiones y de taquicardias».

Tanto es así que «algunos nunca dejan de llorar. Son como muñecos rotos, quizás porque, para ellos, la sanación total no existe y lo único que pueden hacer es recolocar las piezas rotas de su puzzle vital».

A pesar de haber sufrido tanto dolor y tanto calvario, Cuatrecasas asegura que no pretende «incendiar la Iglesia, sino colaborar a limpiarla, porque es indigno que siga manteniendo a delincuentes en sus filas, que exista el encubrimiento, que se mire para otro lado, que se nos ningunee o, lo que es peor, que se nos ofenda».

Y sin pelos en la lengua, Cuatrecasas puso nombre y apellidos a los clérigos, que a su juicio, han ofendido y siguen ofendiendo a las víctimas. Algunos, con sus declaraciones, como el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, o el actual obispo de Ávila, José María Gil. Otros, por su inhibición en su caso personal, como el colegio de la Obra, «que sigue negando los hechos, a pesar de la sentencia condenatoria» o «la actuación del obispo de Bilbao, monseñor Iceta, que ha sido bochornosa».

«En muchos casos, hay mala fe manifiesta», añadió el padre de la víctima. Y contó el caso de Miguel Hurtado, víctima de abusos por parte de un monje de la Abadía de Montserrat. Pues «los monjes seguían alabando al abusador en un libro, publicado en el 2007, mientras a la víctima le daban siete mil euros para terapia en el 2004».

Pero Juan Cuatrecasas cargó sobre todo, contra el sacerdote Silverio Nieto, asesor jurídico de la Conferencia episcopal española y miembro de la recién creada comisión antipederastia. «El señor Silverio Nieto se personó en mi casa con trampas, diciendo que venía a traernos el afecto del Papa, pero se dedicó a hacerle a mi hijo un interrogatorio en toda regla, cuyas conclusiones pasó después al colegio», explicó. Y añadía: «¿Cómo voy a confiar en la Iglesia y en su comisión antipederastia, cuando este señor forma parte de ella?»

Aunque, tanto en Bilbao como en el resto de España, también hay prelados y clérigos que se han puesto al lado de las víctimas. Y Cuatrecasas citó al ex vicario general de la diócesis bilbaína, Ángel María Unzueta, o, a nivel nacional, a los cardenales Omella, Blázquez y Osoro. «Y, por supuesto, el señor obispo, que se ha prestado a reunirse aquí con nosotros», matizó el presidente de Infancia robada.

Según Cuatrecasas, las víctimas esperan de la Iglesia «reconocimiento de los hechos, perdón público y resarcimiento moral y también económico, aunque éste no sea el prioritario en sus reclamaciones, pero la verdad es que todos los abusados necesitan terapias, que suponen costes grandes, que no pueden abordar».

Eso sí, que el perdón «no se aun mero soniquete y que incluya el acompañamiento real de las victimas». A todos los niveles y desde todos los ámbitos.

Si no es así, las víctimas nunca confiarán en la institución, porque «la desconfianza de las víctimas en la Iglesia es absoluta. Piensan que, unos por acción y otros por omisión, son todos iguales». «Yo desde mi posición de victima indirecta no he perdido la fe. Sigo creyendo en el Evangelio y en Dios, en lo que no creo es en el jerarquía eclesiástica de este país», matizó Cuatrecasas.

Con empatía, José Cobo, conectó desde el principio con Juan Cuatrecasas, al que tenía a su lado. «Cuando escucho a las víctimas experimentó conmoción, vergüenza, dolor y se me queda el corazón encogido».

Ya como párroco, en diversas parroquias de Madrid, acompañó a gente abusada en su propio círculo familiar. Después, como obispo reciente (no lleva ni un año con el pectoral) estuvo en Roma, como todos los demás obispos recién ordenados, para asistir a diversos cursos con el cardenal O’Malley, arzobispo de Boston, y con el jesuita Zollner, experto en estos temas.

En el Vaticano les enseñaron que lo prioritario para ellos en este tema tenía que ser «la escucha del infierno de las víctimas», porque «el cambio en la Iglesia no vendrá sólo con normas y reglas, sino con el cambio del corazón, para acoger, escuchar y generar una cultura nueva».

El obispo reconoció que los abusos «nos duelen y sufrimos, no tanto o no sólo por lo que empañan la imagen de la Iglesia, sino, sobre todo, por lo que hacen sufrir a las víctimas y porque los abusos manchan la imagen de Dios».

Y, por eso, el obispo ha marcado unas pautas a seguir. Lo primero, «condenar la cultura del abuso»; lo segundo, «encontrarnos con las víctimas, para que nos vayan enseñando»; lo tercero, «pedir perdón, pero hacerlo de forma práctica».

En parecidos términos se pronunció el secretario general de la Confer. Jesús Miguel Zamora ha reconocido que «no lo hemos hecho bien en algunos casos y a veces tenemos la sensación de no saber por qué. No hemos sabido afrontar situaciones que, a veces, nos superaban y lo que hemos hecho ha sido ocultar o pensar que esto no iba con nosotros o no nos iba a ocurrir».

El religioso de La Salle confesó que «esto nos duele en el alma, pero sabemos que la confianza está rota y, por eso, estamos en el disparadero, porque hemos perdido credibilidad y no hemos hecho bien las cosas y hemos pecado de prepotentes».

Por eso, ha afirmado que su objetivo es «que estas situaciones no se vuelvan a repetir e ir arbitrando cuáles son los fallos para que vayamos poniéndoles remedio», escuchando siempre a las víctimas. «A veces intentamos arreglar las cosas desde planteamientos o estructuras y se nos olvida que el dolor principal está en las víctimas», ha dicho, para añadir: «Muchas instituciones tienen sus propios protocolos y códigos de conducta. Quizá nos falta otro paso más, que es facilitar la conexión de las victimas con las instituciones».

Por su parte, la representante de Redes Cristianas, Raquel Mallavibarrena comenzó agradeciendo la presencia de los miembros de la mesa redonda y deseando que iniciativas como ésta se repitan «en otras muchas diócesis españolas y congregaciones españolas donde a este tema se le dé la máxima urgencia y se tienda la mano a las víctimas».

En Redes Cristianas no quieren que la institución desvíe el tema de los abusos «estigmatizando a los homosexuales» y piden que «se favorezcan las denuncias y que se vaya a las causas del silencio y del encubrimiento, que «han multiplicado el número de víctimas».

En este sentido, ha pedido comisiones en las diócesis, en las que en las que «intervenga no solo la jerarquía, también las víctimas, expertos, laicos, mujeres y hombres». En la misma línea, ha reclamado mayor presencia de los laicos frente al clero, un «estamento de poder y de superioridad». Porque «queremos ir a una Iglesia de iguales y sin estamentos y el clero es un estamento de poder y de superioridad».

La representante de Redes también se pronunció a favor del celibato opcional, porque éste, «aunque es un don, como dijo el Papa, no se puede imponer», al tiempo que pedía a la jerarquía que «vea si la formación que se está recibiendo en los seminarios respecto a la sexualidad se está dando de manera adecuada y no se trata de un tema tabú».

Y es que, como decía Cuatrecasas, en el Iglesia hay lo mejor («la Iglesia de los pobres, de Cáritas, de los misioneros) y lo peor: «Me he tenido que enfrentar a auténticos diablos» y a clérigos que «cambian la cruz de madera por el crucifijo de cristal».

¿Qué hacer, para que la Iglesia pueda recobrar la credibilidad perdida?, planteó el moderador. Para el obispo auxiliar, en primer lugar «buscar ante todo el bien de la víctima». En segundo lugar, determinación, para ir cambiando la estructura y, como decía Nicodemo, «nacer de nuevo». Y en tercer lugar, «restaurar y sanar», es decir «condenar el mal y colaborar con las autoridades civiles, asi como trabajar en la implementación de la reparación, en la prevención yen la actualización de los protocolos».

Sólo así, «se podrá cumplir mi sueño de que la Iglesia sea la abanderada de la defensa del menor y, por lo tanto, un territorio seguro«. Es decir, una opción preferencial y verdadera por las víctimas.

Para Jesús Miguel Zamora, la credibilidad de la institución se recupera «adelantándose a los acontecimientos». Y, para Juan Cuatrecasas, «denunciando de oficio los casos, porque, si no lo hacen, se convierten en encubridores» y, además, revictimizan a las víctimas.

Y el presidente de Infancia robada volvió a insistir en que la Iglesia no desconfíe de que las víctimas denuncien por interés crematístico. «Porque no hay dinero en el mundo que pueda indemnizar la infancia y la adolescencia, las etapas más bellas de su vida que mi hijo se ha perdido».

Al final, el padre de la víctima reconocía que en el acto se encontraba a gusto y daba las gracias a «Religion Digital, por lo mucho que hizo y está haciendo por las víctimas», a Redes Cristianas, asi como al secretario de Confer y al obispo. Y se ponía a disposición de la Iglesia, para «ayudarle a limpiar su lámpara y que su luz vuelva a brillar».

José Cobo

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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