Durante los 20 últimos años de su vida mi difunto padre nos instaba machaconamente a los hijos a comer apio. «¡Come apio!» era su obstinada exhortación. Ante la desaprobación de mi madre, él lo mascaba a todas horas como si fuera una barra de regaliz. Imagino que el buen hombre había leído algo sugestivo sobre las propiedades de este vegetal y quería compartirlo aunque de una manera un tanto obsesiva.
Provocó lo contrario: me desdije del apio, de su sabor amargo…y era una excelente manera de llevar la contraria a mi padre y agradar a mi madre.
(Estoy esta semana en el Hotel Catalonia de Santo Domingo e impepinablemente empiezo la jornada con un desayuno para el que pido un zumo hecho en el acto que incluya…apio. Lo sorbo lentamente y visualizo el rostro complacido de mi padre en las aguas que diviso, justo delante mío, en el Malecón dominicano. Y haciéndolo así el apio se me antoja dulce aunque el recuerdo sea un tanto triste).