Quizás Rajoy fuera el mejor presidente posible en una democracia luterana, aburrida, nórdica. Es sensato, dialogante, incapaz de alzar la voz por encima de su puro. Pero eso, que hubiera sido perfecto en momentos de estabilidad para un país proclive al fanatismo, es lo que le incapacita para dirigirnos hoy, cuando la nación está siendo cuarteada, humillada, ofendida.
Están llamando ladrones a los españoles, y el Gobierno es incapaz siquiera de una leve defensa, de un acto de dignidad.
Las democracias no necesitan caudillos, que suelen acabar con ellas, pero sí, al menos, alguien que parezca tener un rumbo, firmeza, un orgullo elemental que nos sostenga frente al desaliento de esta hora triste. Un grito contra el desgobierno. Felipe González acaba de darlo: no habrá independencias. Yo estoy en la posición contraria, pero me ha hecho recordar que estamos mandados por los segundones. Uno de Aznar, Rajoy; y otro de González, Rubalcaba, que es más bien un tercerón, mancillado por sus servicios al Innombrable del chalet. Son sucedientes, más que sucesores. La exaltación de la mediocridad propia de las socialdemocracias, esa inmensa LOGSE que es hoy España, nos ha llevado a donde estamos, a una decadencia tan visible que comienza por sus cabezas. Lo que necesitamos es una coalición González–Aznar, aunque al acabar se maten a florete. 