Europa ha muerto

Al menos para nosotros, Europa es hoy un cadáver fresco. Ningún español decente podrá volver a creer en un espacio compartido de derecho y libertades. Mucho menos en un espacio unido por el respeto a la Ley. Schleswig-Holstein y Bélgica, y Finlandia, Suiza, Dinamarca u Holanda, acaban de sancionar que España sigue siendo para ellos «el demonio católico», el país vestido de negro que oprime cuanto toca. Así que si alguien en la Europa protestante se subleva contra el ordenamiento constitucional, proclama la independencia de una parte del país (por ejemplo, Schleswig-Holstein), desobecede a los tribunales de Justicia, trasgrede incluso las leyes regionales, aplasta los derechos de la oposición, y dicta leyes a su capricho destinadas a destruir la legalidad vigente y proclamar un nuevo estado ¡con el 47 por ciento de los votos!, eso no es rebelión ni alta traición. Pues será ‘baja traición’, pero algo será, salvo en España, la malvada, que se merece todo lo que le ocurra.

Cien años esperando otra vez a Europa -el sueño del Emperador Carlos, del que salimos ampliamente trasquilados y empobrecidos para siglos- y que este sea el resultado: que nuestras guerras civiles nos las resolvamos solos, porque ellos no van a mover una sentencia. El encanto de Europa ha muerto. Otra vez, como siempre, nuestra historia termina mal. Hoy estamos ante la decepción más grande del último siglo: Europa no era la solución, era el problema.

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