«Viaje por Guadalajara», novela. Cap. I

Inicio de la novela «Viaje por Guadalajara», una de las mías de las que más satisfecho me encuentro, y por la que recibo frecuentes felicitaciones incluso de estudiantes canadienses y norteamericanos que conocen la ciudad de Guadalajara a través de esta novela.

 

 

CAPÍTULO 1.
ANTE, BAJO, DESDE Y SOBRE EL PALACIO DEL INFANTADO

ANTE LOS OJOS DEL VIAJERO, que ha recitado estos versos, ha ido apareciendo la fachada principal, de estilo gótico tardío, del Palacio de los duques del Infantado, de Guadalajara. Nos encontramos enfrente de ella, poco después de las diez de la mañana de un día agradable, ya menos caluroso, de finales del mes de agosto.

Hay viandantes que transitan en una y otra dirección. Algunos entran al palacio, pues sus puertas se hallan abiertas, viéndose en parte el patio de los leones del edificio ducal.

El tráfico de la ciudad es sosegado, soportable, intermitente. Hay automóviles que vienen, sobre todo, por la Avenida del Ejército y, al llegar a la altura del Infantado, se desvían a derecha o izquierda. Unos, hacia la calle Miguel Fluiters, en dirección al centro de la ciudad; otros, en cambio, hacia la calle Madrid, que baja a la estación de ferrocarril y a los polígonos industriales.

El Viajero, que frisa los cincuenta años, de pelo entrecano, algo grueso de cuerpo, más alto que bajo, y que semeja ser una persona apacible y reposada, se queda contemplando un buen rato la fachada gótica del palacio del Infantado y piensa que en materia de ornamentar la portada de un edificio mediante piedras en pico, estos puros clavos o puntas de diamantes engastadas en trece hileras góticas son sin duda uno de los bravos lujos áulicos de España.

Esos clavos decorativos, a la luz de la mañana, aparentan ser las cumbres puntiagudas de unos montes horizontales, iluminadas más bien por su vertiente este, mientras que, al otro lado de las puntas de piedra, la noche de las sombras todavía bosteza con notable negrura y lobreguez, como si le costara despertarse y abandonar del todo la opacidad de las tinieblas en que ha pasado las horas atezadas y brunas anteriores.

No obstante, la fachada del Palacio de los duques del Infantado se va constituyendo ya, como cada día, en un deslumbrante motivo de atracción para los oriundos de la ciudad y para los turistas, los cuales, inevitablemente, elevan los rayos de su mirada hacia tales diamantes de piedra engastados en el edificio.

El plació se halla coronado de parte a parte por una galería gótica corrida donde se alternan los balcones de arcos prodigiosos, a los que sólo les faltan las damas que se asomen por ellos, con los garitones saledizos del mismo estilo, para que el resguardo y protección de los vigilantes o centinelas de la casa-fortaleza.

A esas horas de la mañana, ya hay turistas saboreando y disfrutando esta mara-villa en piedra que edificó el genio del pre-renacimiento que se llamó Juan Guas, y allí se quedan contemplándolo durante un buen rato, con la expresión más de pasmo, asombro y aturdimiento por la belleza que es capaz de crear el ser humano que de indiferencia o desafecto.

El Viajero se para a contemplar los velludos hércules que sostienen las armas de los Mendoza y Luna, en honor a su constructor, Íñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, los cuales dos velludos y gigantescos varones, es-tán puestos en dicho lugar y función, como seres prehistóricos, para expresar la antigüedad del linaje cuyas armas portan.

Los dos gigantes, más bien dan la impresión de acabar de subirse a las grandes columnas que los sostienen, a ambos lados del portón de entrada, después de haber ayudado a los operarios humanos de la madrugada a remachar la faena de los clavos, para que todo estuviera previsto y concluido al despuntar los primeros rayos de la mañana.

Bajo la protección de las sombras que el zaguán o vestíbulo del palacio le ofrece, entre el portón de entrada exterior y el postigo o puerta pequeña que da ac-ceso verdadero al interior de la suntuosa residencia, el Viajero se adentra en el patio de los leones del palacio.

Lo que se encuentra, cuando llega al otro lado del vestíbulo, es una doble arquería que semeja un bosque de arcos góticos en doble curva ascendente; en la arquería inferior, dos leones rampantes caminan hacia la cima de cada uno de los arcos; en la superior, son los alados animales mitológicos llamados grifos, mitad águilas, mitad leones, quienes realizan esa función de escalar por parejas los arcos.

Pero los leones no prestan atención ninguna al ascenso por la arquería que están acometiendo. Al contrario, a quien otean fijamente, contorsionando con violencia sus cabezas para mirarlo de frente, es a todo aquel visitante que entra en el patio, el cual es afluente inmediato de sus miradas, que lo escrutan y escudriñan detenidamente, examinándolo con detalle.

Se trata de veinticuatro leones en piedra gótica que atisban al Viajero desde lo alto. A diente abierto. En hostil facies nada sonriente. Dulces o fieros o tristes o fatuos o burlones, diversos en ojos, en gesto y en facciones, pero todos ellos amenazantes, aunque de una belleza tan gloriosa como sólo el estilo gótico puede darnos.

La inquietante arquería superior otra distinta alarma alada implanta, los puntiagudos grifos giran también la cabeza hacia el visitante que se aventura a adentrarse en el patio. El cuerpo es de león, de águila sus semblantes. Esta galería cimera es quizá aún más bella que la de los leones, por encima exactamente de ellos. Torvo el pico, la garra y el ala amenazantes de cada uno de los seres mitológicos de piedra entre dorada y blanca.

El Viajero piensa que, aunque la belleza del lugar es deslumbrante a aquella primera hora de la mañana, nadie debería pasar en semejante patio una noche entera, a solas. “Seguro que espanta cruzar por entre las tinieblas de la noche aquí dentro, pernoctar entre su negrura”, se dice para sí, “uno se imagina que las fieras quizá bajen de las columnas, dueñas de las sombras, y paseen por el patio, abriendo sus rugientes gargantas”.

“Y que tan sañudas aves sobrevolarán la intemperie misteriosa de unos cielos opacos, rasgando con sus garras las cortinas de las sombras entre un sobrecogedor y estruendoso aleteo, quedando expuesto quien aquí esté, bajo rugientes fauces y alas, a los carnívoros rugidos y a los picos en vuelo que estas columnas y arquerías guardan durante el día”.

“No, no quisiera pasar una noche a solas en el patio rectangular, alargado del palacio gótico isabelino de los duques del Infantado, en Guadalajara”.

Desde casi el centro geográfico del rectangular patio de los leones del palacio del Infantado, de Guadalajara, más largo que ancho, a esas horas luminosas de la mañana un guía turístico, alto, treinteno, con barba recortada y ademanes de conocer muy bien lo que dice, está señalando, a un grupo de unos quince visitantes que le rodean, una delgada y prolongadísima banda o estela tallada que desde allí se divisa.

La estela tallada sirve de separación entre las pezuñas de los leones y el remate de los arcos dobles, formados por siete lóbulos cada uno, y lleva inscrita, en hermosos caracteres góticos y gustoso castellano que aún tiene por doblar la es-quina lingüística del siglo XV, la siguiente ondulante leyenda :

El yllustre señor don yñigo lopes de mendoça duque segundo del ynfantazgo, marqués de santillana, conde del rreal e de saldaña, señor de Mendoça y de la Vega, manda faser esta portada. Año del nascimiento del nuestro salvador Iesu-cristo de MCCCCCLXXXIII años… Seyendo esta casa edificada por sus antecesores con grandes gastos e de sumptuoso edificio, se puso toda por el suelo, y por acrescentar la gloria de sus proxenitores y la suya propia la mandó edeficar otra vez para mas onrrar la grandeza de su linaje. Año myl e quatrocientos e ochenta y tres años.

El Viajero, mientras recorre las distintas dependencias abiertas del palacio, donde halla muy interesantes frescos renacentistas, ya del siglo XVI, con escenas bíblicas y mitológicas, y una exposición bibliográfica sobre la provincia, prosigue con sus meditaciones personales, que es a lo que esencialmente ha venido a Guadalajara, a reflexionar sobre sí mismo y a poner en orden algunas cuestiones sobre su vida que necesitan ser revisadas.

Una cámara cinematográfica que estuviera grabando en estos momentos la es-cena que comentamos, además de rodar la planta baja y el primer piso del Palacio del Infantado, de Guadalajara, iría recogiendo también el color bermellón de las paredes, en uno y otro piso, y efectuando un barrido muy rápido iría registrando horizontalmente la facies inquietante de los leones, mostrando sus muy distintas expresiones de aviso y advertencia, para a continuación enfocar la arquería mitológica de los grifos, pasando de aquellos más claros e iluminados por el sol a los que, estando todavía en sombras, conservan mejor la negrura propia de la noche de la que aún están desperezándose.

Posteriormente, a partir de un primer plano de la cabeza, dorso y alas de uno de los amenazantes grifos, la cámara cinematográfica se iría elevando hasta tomar un plano medio del mencionado patio, ligera, oblicuamente picado de arriba hacia abajo, que captara al grupo de turistas en el centro del patio, rodeando al guía, y a un hombre que frisa los cincuenta años, de pelo entrecano, que semeja ser una persona apacible y reposada, separado del anterior grupo por muy poca distancia.

Por último, la cámara ejecutaría una rápida ascensión hasta recoger una panorámica general de los aleros y saledizos del patio, de los primeros tejadillos de color rojizo, del tejado general del palacio-mansión…,

Y luego tomaría ya una panorámica general de los jardines y corralizas del mismo, que casi triplican su extensión, incluido un central laberinto de altos sotos que trazan figuras geométricas para el solaz, en su momento, de las damas y caballeros del palacio y, en estos tiempos, de todos los visitantes que tengan a bien acercarse hasta el mismo para disfrutar de su verdor, de sus calles o de sus pasillos.

El Viajero, en tanto recorre las diversas dependencias del palacio, prosigue su declamación, en una especie de monólogo interior rimado, que no es oído por el resto de los visitantes. Un tiempo después se pone en marcha, sale del palacio y camina hacia el centro de la ciudad.

Juan Pablo Mañueco,

Novela:

http://aache.com/tienda/es/542-viaje-por-guadalajara.html

 

 

«Viaje por Guadalajara» en la Universidad de Toronto:

https://search.library.utoronto.ca/details?10559065

VIAJE POR GUADALAJARA: Un viajero llega a la ciudad de Guadalajara a las 10 de la mañana de un día de finales de agosto. Se marchará a las 10 de la noche, durante esas 12 horas que transcurren visita los principales monumentos, camina, recorre, recuerda, se encuentra con personas reales de la ciudad, entra en sus establecimientos y restaurantes…. Y narra la crónica exacta de lo que lo que le ocurre en la ciudad durante esas 12 horas.

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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