
Me ha producido profunda pena el saber que, por iniciativa del Ministerio de Defensa, ha sido suprimida del Museo del Ejército, situado ahora en el Alcázar de Toledo, la sala dedicada precisamente al asedio de éste durante la Guerra Civil por las tropas republicanas. Instalado en él el general Moscardó, junto a varios centenares de personas –incluidos muchas mujeres y niños–, aguantó desde el día del Alzamiento hasta que Franco lo liberó en una acción simbólica que, sin duda, retrasó la llegada del bando nacional hasta un Madrid que tuvo tiempo de defenderse e impulsar el ‘No pasarán’. Era la sala más visitada, con mucho, del museo. Pues bien, el Gobierno ha decidido cargársela. ¿Por qué? ¿Apología franquista? ¿Quién? ¿El qué? ¿La Historia?
¿Llegará un día en que se pueda ver la Guerra Civil desde un prisma exclusivamente histórico? ¿Cuántas generaciones han de pasar aún? ¿Cuántas décadas… o siglos? La Historia, lo quiera quien lo quiera, no cambiará por cercenar los museos. Al revés, hemos de recordarla. En la desgracia que implica a veces, sí.
Esto me recuerda algo que viví hace unos años. En Arganda del Rey (Madrid), donde vivo. Llegó una expedición de veteranos de las Brigadas Internacionales a uno de los lugares clave de nuestra Guerra Civil. Entre Arganda y Rivas, a unos 20 kilómetros de Madrid, allí fue la conocida batalla del Jarama; la que en parte, por cierto, se dio por el “retraso” del ejército franquista en llegar a Madrid, tras detenerse a liberar el Alcázar. Disfruté de una entrañable mañana acompañando a esos ancianos extranjeros que cantaban La Internacional puño en alto y tiraban rosas rojas por el mítico puente de metal que separa ambos pueblos. Sin ser, en absoluto, “de los suyos” –como tampoco puedo serlo “de los otros”, dada la ridiculez de ser de uno u otro décadas después de que todo aquel drama acaeciera–, miraba con respeto a los que combatieron por unos ideales que consideraban justos en un país que no era el suyo. Subido en el bus con ellos, aprecié la emoción con la que cantaban en italiano el ‘Vincere o morire’. Un holandés octogenario me repitió que “los españoles jamás debéis dejar que aquello vuelva a ocurrir”. Fue muy emocionante, sí.
¿Por qué robar el derecho de conocer toda la Historia, sin prismas ideológicos ni recortes interesados, a las generaciones futuras que aún deben aprenderla para no revivirla?
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
PD. También he estado varias veces en el Valle de los Caídos. Una de ellas, un 20-N, aniversario de las muertes de Franco (1975) y José Antonio (1936). Contemplé un mar de camisas azules, banderas rojinegras falangistas y emblemas carlistas. Al igual que ante los veteranos brigadistas con sus rosas rojas y sus puños en alto: en silencio y con respeto. Con respeto a la Historia y a unas personas con ideales que no son los míos. Pero que defendieron hasta la muerte. Hasta morir y hasta matar. Gran tragedia la humana. Ya pasada en ese capítulo: por eso es Historia.

