
A veces me agarro enfados muy gordos leyendo ciertas cosas en las redes sociales que me hacen percibir que son mayoría los que no valoran el hecho de vivir en democracia (una excepción en la historia de España) y desprecian con frivolidad la ingente labor hecha por los políticos de la Transición. Sin embargo, puedo prometer y prometo que no volveré a dejarme llevar por la falsa imagen que nos transmiten ciertas imágenes o comentarios facilones. No, tras lo visto hoy, me fiaré mucho más de lo que me enseñan mis propios ojos.
Apenas hace un rato que he llegado a casa. Después cuatro horas y media, he conseguido entrar en el Congreso de los Diputados y postrarme solo unos segundos ante el féretro de Adolfo Suárez, cubierto por la bandera nacional. He tocado la Historia con las manos y he comprobado cómo el pueblo español ha dado una lección de civismo que los medios son incapaces de reflejar en toda su dimensión. Había que estar ahí para verlo. Sí, por mucho que las voces de algunos resuenen con un estruendo histrión, el agradecimiento silencioso de miles y miles de personas, desfilando en una cola interminable por el puro afán de dar las gracias a quien un día hizo algo que sienten que hoy marca el día a día de sus vidas, resulta un homenaje purificador. A mí al menos me ha congraciado con esta España nuestra.
Delante de mí, una mujer de unos 60 años y su hijo han venido desde Tarazona, se han empapado los huesos de frío y cansancio y ahora conducen de vuelta a casa, que mañana hay que currar. Detrás, tenía un matrimonio joven con su hija, de unos 10 años, a la que han traído “para que vea algo que siempre recordará”. Emocionados, todos los que hemos compartido una tarde inolvidable, pese al agotamiento, nos hemos despedido como buenos amigos, conscientes de haber vivido algo único, preñado de ilusión y positividad.
Digan lo que digan las apariencias, son clara minoría los que quieren romper lo que la mayoría defendemos como un tesoro. Hoy me voy a la cama muy contento. He visto cómo ha triunfado la revolución de la sensatez. Nunca dejes de hacerlo. Habla, pueblo, habla.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

