
Cinco y media de la mañana, Cuenca. La iglesia de El Salvador se abre y la talla de Jesús cargando con la cruz es recibida con una estruendosa salve a base de tambores y clarines. Es la procesión de las turbas, conocida popularmente como la de “los borrachos”. A lo largo de las siguientes siete horas, ya con el sol reinando sobre la oscuridad, el Cristo recorrerá las empinadas callejuelas de la ciudad sacudido por la electricidad de una turba beoda que amenazará con derribarle a cada paso. Será pitado e increpado por una legión de nazarenos que chocarán sus palos con vehemencia y ritmo creciente, para avisarle de que el Gólgota está cerca.
A las doce y media, tras cruzar Carretería y un breve descanso en la Plaza Mayor, la masa borracha deja a Jesús al pie de la iglesia de la que salió entre sombras. Todo apunta a que la procesión ha acabado y el Cristo volverá, al menos durante otro año, al silencio y el culto de los habituales feligreses. Pero entonces surge el grito de un quinceañero, porro y mini en mano: “¡Crucifícalo!”. En cuestión de segundos, la animosa aglomeración troca su silencio por un estallido de vísceras: “¡Muerte, muerte, muerte!”. Al no haber Pilatos que la decrete, un hombretón de casi dos metros dicta la sentencia final y, al tiempo, se ofrece como verdugo.
Cuando separa a Jesús de la cruz con la que carga y lo despoja de su túnica, no se rompe la talla. Es ya un cuerpo humano, de carne y hueso. Mas a nadie parece sorprenderle el hecho. Así, cuando, con la ayuda de Marta y María, dos estudiantes de Magisterio entregadas con pasión a su vocación de trabajar con niños, el fortachón consigue clavar al Cristo en su cruz y, al momento, la sangre aflora, la ovación de la masa recuerda a un gol de su equipo en la final de la Copa de Europa. “¡Muerte, muerte, muerte!”.
Jesús no habla. Pero es el único que sabe lo que en verdad está ocurriendo. No está en Cuenca, sino en Idomeni, el punto que separa a Grecia de Macedonia y que ejemplifica como pocos el crimen de Europa contra los refugiados que llegan clamando a sus puertas para huir de una muerte segura. Jesús no habla, pero ve lo que ocurre: el quinceañero del porro y el mini es el primer ministro de Polonia; el hombretón es el mandatario húngaro; las dos estudiantes de Magisterio son el presidente del Parlamento Europeo y el organizador de la última cumbre “para analizar la crisis de los refugiados”. El nazareno apoyado en una esquina es el presidente de la República Francesa, la joven de camiseta azul es el presidente del Gobierno de España…
Jesús no habla. Podría hacer como cuando expulsó a los mercaderes que corrompían el Templo. Podría clamar por las pobres mujeres de Jerusalén… Pero prefiere mirar uno a uno a los responsables de este crimen producido dos milenios después de su muerte. Al fin y al cabo, Él sabe que también murió por esto. La sangre de su crucifixión también lava este gran pecado. Jesús no habla. Prefiere hacer ver que muere otra vez en Cuenca ante una turba borracha. Es menos bochornoso que la realidad. Solo Él sabe que son unos malhechores aún mayores los que le vuelven a crucificar. En Idomeni. Donde muere abrazado a miles de inocentes. Hombres, mujeres, niños, cristianos, musulmanes, ateos. Víctimas de la barbarie, esencia negra del alma humana.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
