La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Mi hijo Marcos conoce a las musas

Llevaba días pensándolo, pero al fin me he animado a afrontar la aventura. En el día en que mi hijo Marcos ha cumplido los tres meses y 21 días, una edad más que razonable, he aprovechado el anochecer para cogerle de la mano y llevarle a conocer a mis musas. Como todo padre, uno siempre sueña con que le fascine lo que a uno le embriaga y así poderlo compartir miles de veces.

Primera parada: una callejuela cualquiera de Granada, iluminada con el fuego de una ciudad realmente única. Estrella Morente canta a su padre. Llora. No le ve, pero el maestro Enrique Morente acompaña sus palmas huecas y aflora junto a ella un aullido gutural que, en apenas unos segundos eternos, rasga cien guitarras. Completa la escena Carlos Cano, más alma que nunca. Todos ellos, la viva y los muertos, elevan una oración queda por Federico García Lorca. Resuena Alta va la luna: “Al estanque se le ha muerto / hoy una niña de agua. / Está fuera del estanque, / sobre el suelo amortajada. / De la cabeza a sus muslos / un pez la cruza, llamándola. / El viento le dice ‘niña’, / mas no puede despertarla”. En este instante, no puedo evitarlo, me rompo desconsolado, entregado en ofrenda abierta en canal a esta belleza insuperable. Escondidos sobre una charca, flotando en la invisibilidad, miro el rostro de mi hijo. Un hondo bostezo por toda respuesta. Quiero esperar a Concha Buika y su flamenco roto, a Mariza y su fado de las entrañas, mas sé que esta batalla está perdida. Toca probar otra cosa. Volamos…

Segunda parada: Plaza de Las Ventas del Espíritu Santo, Madrid. El cartel es el más grande de todos los tiempos: Manolete, José Tomás y Curro Romero. Los tres torean a la vez a un toro de mil kilos que, frente a lo que pudiera pensarse por mor de la moda actual de los minotauros cebados y parados, vuela como una centella y embiste como un titán. Manolete saca a relucir lo más esencial y revolucionario de su toreo vertical, José Tomás es más asceta que nunca y engaña a la bravura que roza sus costillas sin mover un milímetro sus zapatillas clavadas en la arena… Y Curro Romero es el Curro de las tardes escogidas, el que hace olvidar al golfo de las mortecinas y decide medirse a los dioses con un trozo de tela en la mano. La faena es colosal, hasta el punto de hacer vibrar a una grada vacía en mitad de la noche. Los tres toreros, abandonados como nunca, lloran mientras enamoran al mejor morlaco que jamás ha saltado a un ruedo. Yo, que esta vez he prescindido del puro y el vinillo para que la ceremonia sea solo profundidad y no festividad, también lloro por dentro. Ilusionado, miro a Marcos. Esboza una de sus habituales muecas risueñas. Tras unos segundos de duda, llega el definitivo aldabonazo: se ríe. La derrota es dolorosísima: toca volver a volar…

Tercera parada, el todo o la nada: Amsterdam, 20 de mayo de 1998. La final de la Copa de Europa contra la Juventus, el partido esencial de mi vida. Me arriesgo a rebobinar y a revivirlo, con la posibilidad de que nuestro Real Madrid pierda la Séptima y todo lo vivido en estas casi dos décadas, hasta la Undécima de la agonía, sea fruto de la imaginación. El todo o la nada: salen las musas a jugar. Najwa Nimri en la portería; María Valverde en el lateral izquierdo, Cayetana Guillén Cuervo en el derecho y Penélope Cruz y Amy Winehouse de centrales; el centro del campo es para Scarlett Johansson y Aura Garrido, con Maribel Verdú en el ala izquierda y Monica Bellucci en la derecha; la delantera es para Claire Danes y Keira Knightley. La entrenadora es Natalie Portman. Toda la carne en el asador, todo mi fuego, toda mi pasión. Mi Real Madrid aliado con mis musas: nada puede fallar. Y más cuando, fieles a la historia, en el minuto 66, el mismo de Pedja Mijatovic, Monica Bellucci remata a gol un centro medido de Maribel Verdú. Mientras Gaspar Rosety vuelve a entrar en el Guinness de los récords dejándose la voz al locutar durante más tiempo un gol, me abrazo emocionado a mi chiquitín. Es un momento único, mágico, eterno. Pero me lo encuentro dormido… Es la hora de volver. A casa. La derrota es absoluta y mi tristeza abismal.

Entramos en silencio. No queremos despertar a mamá. Pero, torpe como siempre, tropiezo al entrar volando por la ventana. El ruido hace que ella se incorpore. Con solo mirarle, Marcos también abre los ojos. Y los brazos. Ahora es él quien, de un salto, vuela hasta su madre con una sonrisa plena. Cinco segundos después, los dos duermen abrazados. Caigo en la cuenta de que, desde el día en que nació, ambos compartimos y compartiremos a la única y gran musa de nuestra vida. Feliz como nunca, me meto en la cama y duermo como hacía años que no lo hacía. En silencio. En paz.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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