Hoy, 26 de junio de 2025, la República Islámica de Irán atraviesa uno de los momentos más inciertos y frágiles desde su fundación en 1979. La prolongada desaparición pública de Ali Khamenei, líder supremo del país, mantiene en vilo tanto a la élite política como a millones de iraníes. Los rumores sobre su estado de salud, agravados tras el intento de asesinato del pasado mayo y reforzados por informaciones médicas que apuntan a un deterioro irreversible, alimentan la percepción de que la tiranía de los ayatolás se tambalea y crecen las voces que pronostican un inminente cambio de régimen.
La situación ha escalado aún más tras la muerte inesperada, el 19 de mayo, del presidente Ebrahim Raisi en un accidente de helicóptero. El vacío dejado por Raisi fue cubierto provisionalmente por Mohammad Mokhber, vicepresidente sin base popular ni control real sobre el poderoso Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC), el verdadero eje del poder en Irán. Esta transición improvisada ha acentuado las grietas internas y dejado al régimen expuesto a una crisis sucesoria sin precedentes.
La tiranía bajo presión: crisis interna y amenazas externas
El actual panorama iraní es el resultado de años de presión interna y asedio internacional. Las sanciones económicas han asfixiado a la población y minado la legitimidad del sistema teocrático, que nunca había parecido tan vulnerable desde la guerra con Irak en los años ochenta. Las protestas periódicas —como las masivas movilizaciones de 2023— reflejan un descontento social estructural que ni la represión ni el nacionalismo defensivo logran disipar por completo.
La represión ha sido constante, pero los desafíos se multiplican. La ausencia prolongada del líder supremo refuerza la sensación de vacío y acelera las maniobras entre facciones rivales para controlar la sucesión. El IRGC aparece como garante último del régimen, pero las divisiones internas entre pragmáticos e ideólogos radicales dificultan una transición ordenada. Algunos analistas sitúan en torno al 35% la probabilidad de colapso sistémico, aunque lo más probable es una gestión permanente de crisis donde el Estado mantenga su cohesión gracias al control militar y al respaldo internacional de aliados como Rusia y China.
Escenario regional: guerra en la sombra e impacto global
El escenario regional tampoco ayuda a estabilizar Irán. La guerra abierta con Israel tras los ataques cruzados sobre instalaciones nucleares y objetivos civiles ha desbordado el tradicional enfrentamiento indirecto entre ambos países. El ministro israelí Israel Katz comparó recientemente a Khamenei con Hitler, acusándole directamente de ordenar ataques contra hospitales y civiles israelíes. Estas declaraciones han elevado el tono bélico y disparado las amenazas desde aliados clave del régimen iraní como Hezbollah, que advierte contra cualquier intento occidental o israelí de eliminar físicamente al líder supremo.
Estados Unidos oscila entre presionar para frenar el programa nuclear iraní —bombardeando instalaciones clave— e insinuar posibilidades reales de un cambio político en Teherán. El propio presidente Donald Trump dejó entrever esta semana que “Irán podría cambiar de régimen”, aunque sin comprometerse explícitamente con esa meta. Washington insiste en que su prioridad es evitar que Irán desarrolle armas nucleares, pero advierte que cualquier represalia pondría en riesgo la supervivencia del régimen actual.
La tensión se proyecta también sobre los mercados energéticos globales. Un colapso súbito podría desestabilizar aún más Oriente Medio, disparar los precios del petróleo y forzar a potencias como China o Rusia a posicionarse abiertamente para garantizar sus intereses estratégicos.
¿Reforma, continuidad o implosión?
La pregunta central —qué ocurrirá cuando Khamenei reaparezca o desaparezca definitivamente— no tiene respuesta clara. El propio líder supremo ha intensificado recientemente sus mensajes contra Israel, prometiendo “no mostrar piedad” hacia lo que denomina “identidad sionista malvada”. Sin embargo, sus asesores reconocen que su sucesor podría ser aún más radical o incluso abandonar la tradicional contención nuclear impuesta por una fatwa personal.
Se barajan varios nombres para sucederle, desde su hijo Mojtaba hasta figuras militares vinculadas al IRGC. Pero ninguna opción garantiza estabilidad: la lucha interna podría derivar en fracturas profundas o incluso en una revuelta popular si se percibe debilidad real en el aparato represivo estatal. Las protestas latentes pueden encontrar impulso ante un vacío efectivo en el liderazgo.
Para millones dentro y fuera del país, el futuro inmediato depende no solo del estado físico del ayatolá sino también de la capacidad del sistema para reinventarse o resistir otra oleada más intensa de presión social e internacional.
Un país distinto espera al líder supremo
Cuando Khamenei emerja finalmente —si es que lo hace— encontrará un país muy distinto al que gobernó durante décadas: más polarizado internamente, más aislado internacionalmente y con una élite política atenazada por el miedo a una implosión súbita. La tiranía instaurada tras 1979 ya no es incuestionable; los rumores sobre un cambio inminente son hoy parte central del debate público e internacional.
En este clima tenso y volátil, cualquier movimiento —una reaparición pública o una noticia sobre su fallecimiento— puede desencadenar cambios imprevisibles. Mientras tanto, Irán sigue siendo epicentro geopolítico global: su destino condiciona no solo el futuro regional sino también equilibrios internacionales clave.
