Javier Milei llegó a Davos con un mensaje provocador.
El presidente argentino no busca consensos ni alianzas diplomáticas convencionales. Su objetivo es romper con cadenas ideológicas, tal como afirmó desde el estrado del Fórum Económico Mundial.
Su intervención fue una declaración de guerra contra lo que él denomina la «agenda siniestra del wokismo», la cual, según su perspectiva, ha invadido las instituciones occidentales y desviado a Occidente de su auténtico camino: aquel que promueve la libertad, los mercados libres y el liberalismo clásico.
Lo que Milei propone es una reconfiguración del liderazgo ideológico global.
Argentina, un país que hace solo un año era considerado un ejemplo de fracaso económico tras más de un siglo de declive, se presenta ahora como modelo de una «nueva forma de hacer política». Una política fundamentada en decir las cosas sin tapujos, en cortar con el intervencionismo estatal y en abrazar el capitalismo sin reservas. El mandatario argentino no menciona reformas graduales ni transiciones suaves. Se refiere a erradicar un déficit fiscal del quince por ciento del PIB, a reducir la inflación del 300 al 30 por ciento y a disminuir la pobreza del 57 al 27 por ciento. Cifras que, según su narrativa, evidencian que su modelo tiene viabilidad.
Sin embargo, Milei va más allá de las cifras.
Su meta es profundamente ideológica. Acusa a Occidente de haber sucumbido al socialismo y haber adoptado una culpa colectiva que lo conduce hacia la «colonización inversa» mediante la inmigración masiva.
Critica lo que denomina la «mía culpa» que se exige a los países occidentales, esa penitencia constante por ser supuestamente responsables de todos los males históricos.
Para Milei, esto equivale a un suicidio colectivo.
Propone una alternativa: regresar a los valores judeocristianos, a la herencia grecorromana y a una libertad plena.
Invita a los líderes mundiales a desprenderse del «guion de los últimos cuarenta años», el cual, según él, ha perdido su validez. Es momento de atreverse, de crear nuevos relatos y de ser «extemporáneo» en un mundo donde todos repiten lo mismo y se equivocan juntos.
El reto de Trump: Groenlandia, tarifas y la reconfiguración del orden atlántico
El presidente estadounidense dedicó gran parte de su intervención en Davos a reiterar su interés por Groenlandia, un territorio ártico danés que considera crucial para la seguridad estadounidense. Donald Trump no vino a pedir permiso; vino a dejar claro que Estados Unidos «necesita» ese territorio y que aunque afirma no querer recurrir a la fuerza, las amenazas comerciales y diplomáticas están sobre la mesa.
«No necesito usar la fuerza. No deseo usarla. No utilizaré la fuerza», afirmó, pero añadió rápidamente que si Dinamarca y Groenlandia no colaboran, habrá repercusiones.
Llamó ingratos a los daneses por no reconocer que fueron los estadounidenses quienes defendieron la isla durante la Segunda Guerra Mundial. Insistió en que solo los Estados Unidos pueden garantizar la seguridad de una isla «sin defensa en una ubicación estratégica». El mensaje es claro: la seguridad tiene un precio, y ese precio es la soberanía territorial.
Pero Groenlandia es solo el inicio del debate. Trump también aprovechó Davos para proclamar un crecimiento económico estadounidense sin precedentes. Citó pronósticos que apuntan a un crecimiento del 5,4 por ciento para el cuarto trimestre de 2025 y una inflación del 1,5 por ciento. Prometió un «crecimiento como nunca antes se ha visto». Enfatizó sus políticas arancelarias contra naciones que han estado «robando» a Estados Unidos durante más de tres décadas. Además, destacó el liderazgo estadounidense en inteligencia artificial y prometió duplicar la generación eléctrica para alimentar las plantas de IA del país, con especial énfasis en energía nuclear.
El mensaje de Trump difiere del de Milei pero presenta ciertas similitudes complementarias.
Mientras Milei aboga por cambios ideológicos y civilizacionales profundos, Trump se centra en poder e intereses nacionales estadounidenses dentro de una reconfiguración geopolítica más amplia. Ambos comparten una visión común: Occidente debe despertar y dejar atrás las políticas implementadas durante las últimas décadas para adoptar nuevos modelos. Para Milei ese modelo es el liberalismo clásico; para Trump representa un nacionalismo económico centrado en la supremacía estadounidense.
Milei ofreció una narrativa ideológica que complementa perfectamente lo planteado por Trump; mientras este último habla sobre poder e interés nacional estadounidense, el argentino enfatiza libertad y rechazo frontal al «wokismo». Juntos representan una ofensiva contundente contra ese consenso progresista predominante durante décadas en Occidente; aunque no hay alianza formal entre ellos sí existe convergencia entre intereses visiones redefiniendo así nuestro mapa político global.
Europa en apuros: el mensaje sobre el rumbo errático del continente
Los discursos tanto de Milei como de Trump transmitieron un mensaje implícito pero contundente: Europa va mal. Trump fue directo al señalarlo al afirmar que «Europa no está avanzando en la dirección correcta». Criticó a la OTAN, sugiriendo que sin los Estados Unidos, esa alianza no podría defender ni siquiera Groenlandia. Además, amenazó con represalias comerciales si los europeos no colaboraban con sus planes.
La respuesta europea fue defensiva pero también desafiante. Emmanuel Macron, presidente de Francia, propuso realizar ejercicios militares en Groenlandia como respuesta ante las amenazas lanzadas por Trump. Por su parte, el presidente finlandés aseguró que Europa puede garantizar su defensa sin depender de los Estados Unidos. Más directo aún fue António Costa, presidente del Consejo Europeo: «Cuando un presidente estadounidense amenaza con ejercer presión comercial sobre un territorio europeo eso no es diálogo; es coerción». Advirtió sobre una elección sencilla: «sumisión o soberanía».
Dinamarca, cuyo territorio está en medio del conflicto, consideró enviar hasta mil soldados a Groenlandia en 2026. Aunque no constituye una respuesta militar directa ante Trump, sí representa un gesto firme; es señal clara de que Europa no está dispuesta a ceder sin luchar.
De Davos surge así una Europa dividida y debilitada frente al eje Washington-Buenos Aires, que plantea una reconfiguración radical del orden occidental actual. Los europeos discuten sobre defensa, soberanía y unidad; sin embargo sus palabras parecen débiles comparadas con la determinación mostrada tanto por Trump como por Milei. Europa se encuentra en posición defensiva ante iniciativas externas sin contar con propuestas propias capaces de competir en este nuevo mercado global donde se redefinen ideas y poder.
