Era la 01:30 horas del domingo cuando el silencio de Mar-a-Lago, la lujosa residencia de Donald Trump en Palm Beach, se quebró con el eco de unos disparos. Entre palmeras, reflectores y protocolos de seguridad, un joven de 21 años —blanco, delgado, quizás desorientado— había logrado adentrarse a pie en el perímetro interno del complejo presidencial.
Se llamaba Austin Tucker Martin , natural de Carolina del Norte. Había desaparecido días antes; su familia lo buscaba sin respuestas. Nadie imaginó que su rastro terminaría a las puertas del retiro más vigilado del país.
Portaba una escopeta de gran calibre y una bombona de gasolina. Según el sheriff Rick Bradshaw, del condado de Palm Beach, los agentes le advirtieron que soltara el arma y el combustible. El joven obedeció solo a medias: dejó la lata en el suelo, pero levantó la escopeta, apuntando. La reacción fue inmediata. Tres detonaciones cortaron el aire. El intruso cayó abatido en el mismo recinto.
El Servicio Secreto y la Policía local desplegaron un amplio operativo de madrugada, mientras Mar-a-Lago permanecía cerrada al público. Trump, según confirmó la Casa Blanca, se encontró en Washington durante el suceso. “El Servicio Secreto actuó con rapidez y decisión para neutralizar a un individuo armado que irrumpió en la residencia del presidente Trump”, resumió la portavoz Karoline Leavitt en un escueto comunicado.
El FBI ha asumido la investigación. Los primeros indicios apuntan a que Martin emprendió un viaje solitario desde Carolina del Norte hacia Florida, adquiriendo el arma en el trayecto. Los agentes encontraron la caja de la escopeta en su vehículo. Su acceso al complejo, explican, se produjo en un descuido momentáneo: aprovechó que un coche abandonaba por la entrada norte. Apenas avanzó treinta metros antes de ser interceptado.
Ningún agente resultó herido. Sobre el pavimento, junto a la escopeta y la bombona de gasolina, quedó el cuerpo del joven, ahora símbolo oscuro de una noche de tensión en la fortaleza de Trump.

