“NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA” ES ASERTO
QUE ACARREA APODÍCTICA VERDAD
Esta madrugada, en uno de los episodios oníricos que ha tenido a bien improvisar (y con el que me ha decidido obsequiar) mi inconsciente (experto en absurdidades o disparates, sucesos sin pies ni cabeza, sin sentido, como el que he advertido esta mañana, ya en estado de vigilia, cuando descendía la tudelana calle Miguel Eza, sí, mujer/hombre, sí, la cuesta del extinto cine “Regio”, este, que algún genio, a quien le faltaban o sobraban —discrepan las/os opinantes al respecto— algunas anfractuosidades o circunvoluciones de su selecto cerebro, ha elaborado la ocurrencia sutil de sacar de donde debería estar una tapa del suelo y desplazarla veinte o treinta metros —servidor, alcanzada la Plaza Nueva o de los Fueros, se disponía a llamar a la Policía Municipal, para referirles lo acaecido, por el peligro que entrañaba, cuando he escuchado primero y más tarde visto cómo mi amiga Maribel, a quien acababa de saludar, junto a su marido, Vicente, y darles cuenta a ambos del hecho bárbaro, mejor, deshecho, ayudándose de su zapato, procedía a desplazarla a ras de suelo y tapar el hueco correspondiente—), mientras estaba durmiendo a pierna suelta en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, he soñado de viajaba de Tudela a Madrid en un Alvia (tren). Podría mentirles, cual bellaco, a los atentos y desocupados lectores, ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios, de estos renglones torcidos, pero no lo hago. Del amplio abanico de opciones que la realidad me ha presentado, he decidido escoger la varilla que más me ha apetecido, la del desconocimiento sobre la causa o motivo de dicho desplazamiento, y no voy a dar la razón del viaje de mi sueño a la capital porque, la verdad, no la sé.
Cuando he subido al vagón que me correspondía, el tercero, tras dejar la valija en el lugar habilitado para colocar el equipaje, he ido a mi asiento, el 6A, que, felizmente, estaba libre (doy el dato, porque en dos ocasiones anteriores me ocurrió lo mismo, que mi plaza estaba ocupada por sendos congéneres durmientes y tuve que despertarles). Mediado el trayecto, en la estación ferroviaria de Calatayud ha accedido al tren y se ha sentado a mi lado una graduada en Psicología, doctoranda, Tomasa, con quien he tenido oportunidad de charlar de modo amigable.
Durante los prolegómenos del diálogo enriquecedor que hemos mantenido, ha salido a relucir esa expresión o locución castellana que dice que “no hay mal que por bien no venga”, con la que ambos abundábamos o estábamos de acuerdo. Le he recordado a Tomasa (a quien le gusta más que se refieran a ella con su hipocorístico, ”Tomi”) que he redactado varios textos en prosa sobre el tema en cuestión. Y ella me ha comentado que la idea para la tesis doctoral que estaba escribiendo la había sacado de un artículo de opinión que había leído en el blog de Otramotro. Y entonces me he visto en la obligación de no jugar con ella, no, que ha sido mi primera intención, sino confesarle la verdad, que el citado Otramotro era yo. Le he asegurado que celebraba haber conocido a otra santa Tomasa, versión femenina del discípulo incrédulo de Jesús de Nazaret, que no se creía lo que sus compañeros le decían hasta que vio, tocó y creyó. No le he criticado cuando me ha pedido que le enseñara el documento nacional de identidad, aunque ella ha usado el acrónimo, DNI, para cerciorarse. He accedido a mostrárselo y se ha quedado de piedra. ¿Por qué lo posible nos parece imposible? A ella le parecía imposible que yo fuera Otramotro, y a mí me parecía imposible que se escribiera una tesis sobre el susodicho enunciado.
Tomasa (el mismo nombre llevó su abuela materna y su madre, una impecune herencia familiar) no me había reconocido con razón, porque, desde 2006, que empecé a escribir a diario en mi bitácora de Periodista Digital, no había cambiado nunca la foto por otra más reciente. No especulo con lo evidente, que tengo que haberme avejentado. Lo aseguro. No soy una excepción a la regla.
—Póngame, fray Ejemplo, uno de muestra —me ha pedido con guasa la zumbona.
Y lo solicitado yo he cumplido:
Los ruidos que originan los vecinos que viven en el piso superior (que aquí solo denota al que está arriba; cuánto primor ha puesto hoy la taimada abuela en generarlos con esmero) una de obstáculos carrera forman, con ría que hay que superar y vallas. Urdir un texto en prosa en semejantes condiciones adversas, de ochocientas palabras, más o menos, cuánto esfuerzo requiere; ese ochomil no es poca cosa.
—“Te hace más fuerte lo que no te mata”, adujo Friedrich Nietzsche y dejó escrito. ¿Ironía es la loa que les haces? —me ha replicado Tomi con gracejo.
—Sarcasmo no es; ni lo será en tu tesis —he juzgado oportuno recalcar.
Ángel Sáez García