MI SED DE ETERNIDAD ESTÁ SACIADA
Tengo la refractaria sensación de que se ha convertido mi bitácora en una plaza o coso de espontáneos, quiero decir, de audaces maletillas. Son varios los lectores que descubren cada nueva jornada mi tribuna y gozan cuando leen mis escritos, bien trenzados en prosa, bien en verso, aunque para advertir la diferencia entre ellos se requiera Dios y ayuda.
No falta el que educó su oído métrico y ha descubierto mi mejor secreto, que tenía guardado a buen recaudo (hubiera optado ayer por “bajo llave”) en la segura caja de mi pesquis, al que suelo llamar también cacumen, clave de mi verbal carpintería, la presencia copiosa, en serie o tira, de versos de once sílabas unidos cual meros eslabones de cadena.
Uno me ha toreado con capote, y otro sin el mentado ni muleta, porque se ha dedicado a hacerme cortes o recortes con quiebros de cintura o saltando mi baja cornamenta.
“Además de opinar, usted compone cadencias musicales suculentas, que raudos saborean sibaritas. Que no le dijo el director del coro del menor seminario, Arteaga, pero de él aprendió a domar el ritmo y este en su anatomía penetró, recitando un sinfín de ajenos versos, que en los dos Siglos de Oro compusieron los mejores poetas del momento”.
“Cuando en voz alta leen sus escritos mis alumnos en clase, experimentan que la armonía fluye como el agua, libre, del manantial, liberadora. No saben cómo lo consigue usted, pero sí que encadena bellamente frases y acentos que al oído humano resultan memoriosos y agradables”.
Bastantes son dos párrafos escritos para saciar mi sed de eternidad.
Ángel Sáez García