EL ARTE Y LA BELLEZA ME SALVARON
DE CAER EN EL POZO DEL INFIERNO
Dicen que la experiencia es un grado, frase proverbial que le escuché pronunciar a mi piadoso padre, Eusebio, en numerosas ocasiones. Ahora bien, la vivencia del varapalo metafórico o real, físico, he comprobado que siempre deja huella; eso es, al menos, cuanto he sacado en claro tras percatarme de cada nuevo revés sufrido. El primero lo padecí a la temprana edad de los 16 años, y fue la muerte prematura de mi hermano José Javier, como consecuencia fatal de un accidente de tráfico. “Javi”, mi mecenas, el único que he tenido, ejerció también de mi primer muso. Le empecé a escribir poemas a él, el tú de mis versos, porque, una de dos, le echaba de menos a él, o notaba la falta de las comodidades que él me había procurado hasta entonces, nulas tras su desenlace funesto. Mientras vivió, nunca me faltó dinero para comprar un libro de lectura obligatoria. Luego vino Paco con sus sucesivas rebajas.
Al finalizar el COU, antes de realizar los exámenes de la Selectividad, vi cómo se fueron derrumbando, uno tras otro, todos los castillos de naipes que había ido edificando (no sobre suelo firme, sino sobre el aire); muchas ilusiones o sueños quedaron a la intemperie, inconclusos, truncados. Mi vocación religiosa naufragó estrepitosamente (abandoné la orden camiliana, porque la presencia femenina derivó en una constante causa de tentación); mi incipiente pasión por M. devino imposible; la carrera que había iniciado de Medicina supuso un fiasco morrocotudo. Todas esas derrotas o fracasos dejaron una muesca o señal indeleble en mi alma.
Ese cúmulo de contratiempos o suma de desgracias fueron el origen de una crisis existencial que me volvió un escéptico redomado, huyendo servidor, como de la peste, del romántico convencido que había sido hasta entonces, quien, no obstante sus escasos conocimientos de Ciencias, por haber cursado el BUP y el COU por Letras, se había decantado por estudiar Medicina, debido al trabajo social que coronaba cada sábado por la mañana en el asilo zaragozano que había en la calle Cartagena, y el amor al prójimo que había heredado de la humanitaria labor hospitalaria realizada en el siglo XVI por el santo de Buquiánico, Camilo de Lelis, del que, a pesar de los pesares, incluido mi ateísmo rampante (cada quien intenta salir indemne, o con los menos rasguños posibles, de las innúmeras contradicciones que acarrea consigo), lo confieso sin ambages, sigo siendo devoto.
Lo reconozco sin requilorios, el arte, la belleza o la literatura, si se prefiere esta opción a las dos previamente dichas, aunque, para mí, las tres dicciones son sinónimos y, por ende, intercambiables entre sí, me salvaron de caer en el pozo del infierno. Reproducir, desde mi peculiar perspectiva, el mundo, el paisaje y el paisanaje, que nos rodea, como hace el escultor, el literato, el músico o el pintor (ora sea o se sienta ella, él o no binario), fungir de semidiós, supuso mi refugio, donde hallé el sentido de mi vida y mi sitio, me suministró la satisfacción imprescindible, diaria, para poder seguir peregrinando por este valle de lágrimas (menos mal que alguna de ellas la propició haber reído a carcajada tendida) con cicatrices, pero con el propósito intacto.
Nota bene
Quien haya leído el epistolario de Gustave Flaubert quizá entienda cuanto he dejado escrito aquí arriba, negro sobre blanco, si pasa sus pupilas por estas pocas líneas del hacedor de “Madame Bovary”, quien, en una de sus cartas, redactó esto: “(…) el artista, que recrea el mundo, se iguala a Dios (…) Hay que buscar el Arte, la única cosa verdadera y buena de la vida y refugiarse en él, como en una orgía perpetua”.
Ángel Sáez García