Desde el año pasado, la rusa Aliya Mustafina no tiene rival en la gimnasia mundial. Es la campeona del mundo y el viernes luchaba en Berlín por su primer título continental con dos puntos de ventaja sobre sus rivales. Pero tras volar sobre el potro su rodilla izquierda ha cedido y la pequeña gimnasta de ojos enormes y moño estirado, la que devolvió el año pasado el orgullo al renacido equipo soviético, ha abandonado el pabellón entre lágrimas, agarrándose con dos manos la pierna herida y en brazos de dos de sus entrenadores …
Lea el artículo completo en www.elpais.es