OPINIÓN / Afilando columnas

Sostres se carcajea de los separatistas: «No es que España nos robe, es que sois muy tontos, chatos»

Manel Fuentes toma el relevo en la equidistancia: "En Madrid alguien debería entender que muchos catalanes se sienten huérfanos de España porque nadie da una respuesta ilusionante"

Leyendo las columnas de opinión de la prensa de papel del 17 de septiembre de 2013 a uno le da la impresión de que podrían haberse publicado perfectamente un día antes. De hecho, el tema dominante sigue siendo el mismo: el independentismo catalán. Eso sí, según se va alejando en el tiempo la Diada se habla cada vez menos de la famosa cadena humana y se comentan más otros aspectos.

En el auto proclamado ‘diario de la Catalunya real’, Manel Fuentes toma el relevo de Jordi Évole como portavoz del del izquierdismo equidistante y ‘buenrollista’ con el independentismo. Lo hace con su artículo Oye Mariano. Qué quiere usted que le diga, estimado lector. Es verdad que este humilde lector de columnas se refiere de forma habitual a Rajoy llamándole «el registrador de la propiedad que creíamos metido a gobernante», por lo que tal vez no debería dar lecciones, aunque tan sólo busca dar cierto toque de humor. Pero esto de titular un artículo con una expresión que parece más apropiada para referirse al amiguete con el uno se toma una caña, nos parece ya un poco excesivo. Ya puestos, pondría haber optado por algo más radical como: «Oye, tu, el barbas gallego». Pero no nos desviemos y entremos en materia:

Y mientras esta agua estancada va inundando los días, con un paro todavía desbocado y una economía que no encuentra el estárter para coger velocidad, la bandera que sube es la de la estrella, y el grito que más se escucha es el de ‘in-inde-independencia’, sin que haya otro cántico que le haga la réplica.

Tras decir que debería haber una propuesta alternativa «seductora, justa y decidida del conjunto del Estado» –qué manía con eso del Estado, lo que este señor ha escrito (aunque pretendiera otra cosa) es que la propuesta alternativa lo tienen que dar los funcionarios, desde los jueces hasta los ordenanzas y bedeles de instituto, mientras que quienes nos movemos en el sector privado nada tenemos que decir–, añade:

El foco está en Madrid, donde alguien debería entender que no hacer nada es la peor de las opciones. Entender que muchos catalanes se sienten huérfanos de España porque nadie da una respuesta ilusionante para un mejor futuro compartido. Ante el reto del nacionalismo catalán, la inacción y el silencio de Madrid resultan cada vez más desesperantes. El corsé de la ley no es suficiente. A la ilusión se la combate con ilusión. A la sensación de agravio, con justicia. Al desafecto, con afecto.

Compartimos que si se quiere impedir que aumente el independentismo hay que responder, convencer, pero eso de sustituir la ley por ilusión es una somera chorrada además de peligroso. Y no digamos eso de que al desafecto se le combate con afecto. Nos da la impresión de que si a Fuentes le sueltan un insulto, no responde dando un cariñoso abrazo al insultador.

Concluye:

¿Acaso la ciudadanía española no merece también una propuesta atractiva, justa y actualizada del Estado? Tal vez la mayoría silenciosa que esgrime la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, lo esté esperando.

Pasamos ahora a El Mundo, donde Salvador Sostres le dedica a los independentistas catalanes un artículo titulado La inteligencia:

Lo más desesperante del independentismo es el inmenso lugar común que como un charco se ha instalado en el centro del debate. Lo terrible del independentismo no es la independencia, una idea perfectamente legítima y válida, sino el -ismo con que los hombres demuestran su falta de vigor y se funden en el cliché hasta convertirse en turba, en carne amontonada, en masa. Las ideas se desvanecen, se extingue el debate intelectual y sólo hay consignas y propaganda.

Personas cuya inteligencia respeto y admiro se vuelven obvias hasta la vulgaridad cuando se ocupan de este asunto. El tópico les posee y se crecen dándose la razón los unos a los otros como quien intercambia octavillas.

Añade:

El debate sobre la independencia no existe en Cataluña. De un lado, los medios públicos proyectan sistemáticamente una sola idea de país formulado a través de un pensamiento único, y de unas personas también únicas que salen en todas partes, repetidas como cromos tengui. Del otro, los medios privados están casi todos subvencionados por la Generalitat, que quita y da en función de la obediencia demostrada. El consejero de la Presidencia, Quico Homs, tan bruto y rural, con lo acostumbrado que está a tratar con ovejas y cabras, controla perfectamente el negociado.

Continúa con dureza:

La falta de inteligencia con que los partidarios de la independencia abordan su tema es tal que todavía ni se han dado cuenta de que no hay realmente ningún proceso en marcha. Su seguridad en la victoria final les impide contemplar la menor posibilidad de derrota, lo que sin ningún tipo de duda la hace más probable.

Concluye:

Si reflexionaran sobre Cataluña con la misma precisión con que dirigen sus empresas o escriben sus artículos sobre otros temas; si aplicaran la misma templanza y la misma prudencia a su discurso soberanista que la que luego usan para discurrir sobre el amor, la amistad, la alegría de vivir o la nostalgia de morirse, ya haría tiempo que mi país sería independiente, porque con inteligencia siempre se gana y sin inteligencia siempre se pierde.

No es que España nos robe. Es que sois muy tontos, chatos.

En el ABC, Edurne Uriarte se refiere al Movimiento antiespañol:

¿POR qué es silenciosa esa mayoría catalana que se siente española y no quiere la independencia? Por mera cuestión de imagen. Resumida en las últimas horas por Albert Boadella y José Bono con una obviedad que aún no hemos repetido suficientemente. Que proclamar la españolidad sigue mereciendo el calificativo de «facha».

Se refiere con dureza a la respuesta dada a por los intelectuales y los partidos no nacionalista (menos Ciudadans) al independentismo:

Los intelectuales catalanes de sentimientos españoles están callados como muertos, salvo alguna honrosa excepción, lo que demuestra que los intelectuales son, por supuesto, tan cobardes como todo el mundo. Porque el PP catalán no acaba de tener un líder suficientemente bueno para representar y explicar todo esto con la eficacia con que sí lo hace Albert Rivera, de Ciutadans, por ejemplo. Porque el socialismo catalán ha desaparecido a la espera de que alguien lo resucite. Porque la izquierda del resto de España sigue dominada por los restos del antifranquismo y su viejo problema de identificación del españolismo con el franquismo. Y porque queda algún conservador con ganas de ser aceptado y encumbrado por todos los anteriores, léase, Margallo.

La identificación entre español y facha es una ‘batalla’, pero hay otra:

Pero si esa batalla va mal, la otra no va, sencillamente. La de llamar al independentismo por su nombre, lo que constituye una primera y elemental medida para desmontarlo. Como se hace con todos los extremismos dudosamente democráticos. Se trata del mismo problema que tenemos con la extrema izquierda, pero elevado al cubo.

Denuncia que quienes justifican el independentismo lo camuflan con otros nombres y, de paso replica a Jordi Évole y sus ataques al ABC —Un ‘equidistante’ Évole carga las tintas contra «algunos medios españoles»: «Pocas cosas son tan eficaces para el independentismo como un buen editorial del ABC»— :

En lugar de llamarlo por sus nombres, movimiento antiespañol, por ejemplo, o lo que en cualquier otro país llamarían populista, xenófobo y extremista. Por la mentira en torno a la discriminación, por el rechazo y expulsión de todo lo español, por el separatismo, por la exigencia de privilegios económicos, por la ilegalidad. Hay que llamarlo por su nombre, aunque Jordi Évole, ese chico que tanto se preocupó por entender a los proetarras, se ponga de los nervios tras leer el editorial de este periódico contra la sedición independentista.

Cerramos en la contraportada de La Gaceta, donde Kiko Méndez-Monasterio firma Saber gramática:

Lo mejor de la carta que Mariano Rajoy envió a Artur Mas es que estaba bien redactada. Teniendo en cuenta el momento político -donde todo gabinete está en crisis permanente-, es agradable comprobar que hay instituciones que mantienen respeto a la liturgia de la palabra escrita, que suele ser la última frontera antes del caos, porque una vez dinamitadas la sintaxis y la ortografía de una lengua, apenas quedan templos donde protegerse.

Añade:

Al menos no le podrán hacer reproches sobre la pulcra forma de la misiva enviada al catalán. El fondo es otra cosa. Algunos hubieran preferido una mano aún más extendida, una rendija de buen rollo por donde colar la consulta secesionista o sucedáneo similar. Otros -más, pero más silenciosos- echan de menos alguna referencia al Tercio de Armada de la Infantería de Marina, o por lo menos a la Guardia Civil. Puede que tengan razón, pero uno se conforma con que la carta no contuviera citas de Jorge Amado o Paulo Coelho, como sin duda hubiera sucedido si se lo encargan al anterior gabinete de Moncloa, en el que Zapatero sustituyó los bonsais por su planta de naranja-lima.

Concluye:

Dentro del Gobierno, el que no estuvo tan acertado fue García-Margallo, que cada día parece más campechano, sin darse cuenta de que esa ya no es virtud que se admire en nuestro país. Que incluso empieza a estar mal vista, gracias a Dios. Se equivocó el ministro al prestar su voz para el corifeo de la Diada, y ni se lo van a agradecer las milicias nacionalistas, ni se lo premiarán los cortesanos progres, así que ha hablado sólo a beneficio de su descrédito.

Quizá, aunque ocupase plaza de no comunitario, el Gobierno debería plantearse el fichaje de Sergei Lavrov, el ministro ruso de Exteriores, que ha detenido la intervención militar en Siria cuando ya estaban los dedos sobre los botones rojos. Si Obama tuviera decencia debería regalarle su premio Nobel al ruso, y luego meter en Guantánamo a John Kerry, para que conozca a los yihadistas a los que todavía quiere ayudar.

 

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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