Rajoy, una pieza más del ajedrez.

Barroso, Merkel, Sarkozy, Katainem, Rompuy o Geithner son algunos de los alfiles y caballos de este inmenso tablero de ajedrez, interlocutores de Rajoy en esta partida global cuyo desenlace aún está por ver. Corre peligro el euro, los 27 de la Unión versus los 17 de la Eurozona, Leonetti contra las agencias de calificación, y todos al borde de un ataque de nervios. Ni siquiera quienes dirigen la partida conocen el final con precisión porque hay que contar con los imponderables e imprevistos que pueden aparecer cuando menos se espere y aguar los objetivos. Lo cierto es que Mariano Rajoy está hecho un jabato compartiendo desgracias con otros mandatarios –tan perdidos como él en esta jungla salvaje de mercados—, defendiendo a España frente a los conquistadores económicos. Con la armadura del Cid y la espada de Gonzalo Fernández de Córdoba llegó Rajoy a los campos de Europa, dispuesto a batirse por el euro y que España no ceda soberanía frente a la voracidad del dios Mammon. Pero los Tercios españoles, otrora tan poderosos, solo existen en el recuerdo de los nostálgicos, y España, según el decir de algunos, vive momentos de liquidación y cierre, aunque prefiero mantener viva la esperanza.

Merkel es la más poderosa, quizá una reina en este tablero, pero reina o torre también se sacrifican si el jugador lo juzga oportuno. Standard and Poors no sólo se atreve con los débiles, sino que osó amenazar con rebajar la calificación a la poderosa Alemania, y Merkel tuvo que explicar a los suyos que estos de las agencias se estaban pasando. Claro, no es de extrañar que “la rubia de acero” no se levante de la silla hasta que no encuentre apoyo para sacar adelante propuestas como un sistema fiscal global, el compromiso de déficit y otras medidas dignas de provocar el llanto, no ya de ministras, sino de todos. Pero, ¿quién manda entonces en Europa? Pues mandan los de siempre; los que desde la sombra han colocado sus peones para ir diseñando el mundo de acuerdo a su plan estratégico. Sus nombres los encontramos asociados a acciones filantrópicas y fundaciones de doble faz, que actúan al más puro estilo del doctor Jekyll y el señor Hyde: por un lado, matan a niños de hambre, y por otra les regalan cartones de leche. Así se escribe la historia.

La historia del clan Rockefeller es tenebrosa. Llevan varias generaciones diseñando el exterminio de las razas inferiores, pagando proyectos para desprestigiar a la Iglesia católica y los valores tradicionales, y tratando de esclavizar a la humanidad creándole necesidades artificiales. Otra de las familias asociadas al dominio de la humanidad es el clan Rothschild. Ambos –con otras familias económicamente fuertes—forman parte de la Trilateral, el Club de Roma, los Bilderberg, y de varios think tanks encargados de restar influencia a la doctrina social de la Iglesia y de imponer ideologías de tenor masónico-iluminista. Muy bien pagados y como servidores fieles, los grandes tecnócratas realizan sus trabajos sucios, como son organización de guerras, masacres, genocidios o hundimientos de economías. Pero no es éste el momento de entrar en detalles. Sólo decir que “ellos” son los constituyentes de la denominada “sinarquía iluminista” y los que gobiernan los designios del mundo.

Hace un tiempo, cuando desde algunas líneas de pensamiento decíamos que a los presidentes no los pone ni los quita el pueblo, sino un poder oculto, que está detrás, que es quien realmente gobierna, se oía por parte de los seguidores de la oficialidad, como algo curioso cuando no excéntrico. Sin embargo, hoy ya va calando que las cosas no son como nos las cuentan.

Estas citas pueden ilustrar nuestro planteamiento. Poco tiempo después de acceder a la presidencia de los Estados Unidos, Roosevelt le escribía a House estas reflexiones: “Como usted y yo sabemos, la única verdad del asunto es que, desde los días de Andrew Jackson, un sector financiero ha tomado las riendas del poder en los centros más importantes”. Su hijo Elliot escribiría más tarde: “Dentro de nuestro mundo, tal vez solo una docena de organizaciones son las que determinan el rumbo de nuestros destinos tanto o más que los gobiernos legalmente constituidos”. El arquitecto e inventor, Richard Buckminster Fuller, escribió en 1983: “Nada puede ser más patético que el papel que debe desempeñar el presidente de los Estados Unidos, cuyo poder es aproximadamente cero. Sin embargo, los medios de comunicación y la mayoría de los ciudadanos de mediana edad de esta nación creen que el presidente ostenta el poder supremo”.

No estábamos acostumbrados a bregar con estos postulados hasta que los mercados y las agencias de calificación, esos entes ambiguos y poderosos, entraron en nuestras vidas desencadenando una serie de hechos para los que no estábamos preparados; ni los gobernados, ni los gobernantes elegidos libremente en las urnas. Los ejemplos los tenemos estos días.

Se viene diciendo, incluso por personas de buena voluntad, que la culpa de la crisis la tenemos todos, por vivir por encima de nuestras posibilidades; por firmar créditos que no podíamos pagar para tener pisos que las inmobiliarias construían sin parar, y coches que las empresas fabricaban como churros. ¿Para quién? Pues para todo el mundo. Era el estado del bienestar y así se nos vendió. Pero los culpables no son los que firmaron créditos sin garantía, con datos falsificados por los propios asesores del banco, sino los gestores, que sabiéndolo empaquetaron las famosas subprime en paquetes y los vendieron como fondos de inversión. Eso sí es de cárcel. Y, de momento, nadie de ellos pasó por el trullo, ni de visita.

Aquella jugada del Lehman Brothers puso el mundo financiero en jaque. Lo malo es que muchos de los que participaron en el hundimiento de la economía –al mandato, claro está de la sinarquía iluminista—siguen en primera línea como peones de los que dirigen el mundo, esos a los que aludía el presidente Roosevelt. Una simple ojeada a los movimientos políticos de las últimas semanas nos da la clave. En Grecia, por ejemplo, tras la obligada dimisión de Papandreu, llega Lucas Papademos, impuesto por el poder financiero. ¿Y quién es Papademos? Pues currículo no le falta y muertos en el armario tampoco. En primer lugar, desde 1998 es miembro de la Comisión Trilateral, organización neoliberal fundada por el citado Rockefeller para oscuros fines de dominio mundial. Fue nada menos que gobernador del Banco de la Reserva Federal de Boston entre 1993 y 1994; vicepresidente del Banco Central Europeo de 2002 a 2010. Fue también Gobernador del Banco Central de Grecia entre 1994 y 2002. Y lo más sangrante es que con la ayuda de Goldman Sachs falseó las cuentas de déficit público del país, una de las causas de su hundimiento económico.

Tras la dimisión, también obligada, de Berlusconi, los designios de Italia, la octava economía mundial pasan a ser dirigidos por Mario Monti –impuesto también por los mercados—, ex director europeo de la Comisión Trilateral y miembro del Club Bilderberg.

El sustituto de Jean Claude Trichet como presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi fue director ejecutivo del Banco Mundial entre 1985 y 1990 y vicepresidente para Europa de Goldman Sachs entre 2002 y 2006, periodo en el que se falsearon las cuentas griegas.

¿Qué tienen en común estos tres personajes? Pues, curiosamente, como acabamos de ver, los tres trabajaron o tuvieron una estrecha relación con Goldman Sachs, uno de los mayores bancos de inversión mundial, corresponsable con la agencia de calificación Moody´s y otras organizaciones de la crisis actual, y uno de sus máximos beneficiarios. En el 2007 sus beneficios rondaron los 4.000 millones de dólares. Es paradójico que los que crearon la crisis se nos presenten ahora como salvadores. (Hablamos de estos tres porque en estos momentos son protagonistas visibles de la noticia, pero podemos extender la lista a una docena e incluso más).

Como decíamos al inicio de la columna, nuestro Rajoy, se encuentra ahora con los titanes de la economía, o para ser más exactos y concretos, con las piezas del ajedrez gigante. En la partida caerán peones, alfiles, torres y reyes. Del fin no sabemos ni el cómo ni el cuándo, pero todo apunta a que el camino emprendido no es el recto. Porque la solución no está en un capitalismo salvaje que nos ha convertido en esclavos, condenados a trabajar de sol a sol para cubrir las necesidades y lujos del estado del bienestar, sin tiempo apenas para la familia, los hijos, o el cultivo de la filosofía o las artes, a los que Platón denominaba “los divinos ocios”. La solución debe partir de una visión holística del ser humano y de la humanidad, con Dios presente, a través de la razón, los valores sociales y las virtudes espirituales. Una solución que devuelva a los seres humanos su condición más genuina y les devuelva su libertad permitiéndoles ser dueños de su tiempo, uno de los bienes más escasos hoy. La solución nos la ofrece el auténtico liberalismo, que promueve la libertad de mercado para conseguir el bien común, estimulando la generosidad de los que más tienen. No hay que olvidar que “liberal”, aunque se confunde con salvajismo económico, según el Diccionario de autoridades de 1732, significa generoso, que da y socorre, no solo a los menesterosos sino a los que no lo son tanto, haciéndoles el bien.

El bien común del mundo es de categoría superior al bien de cada Estado. Sería bueno que los economistas releyesen las tesis del fundador de la Escuela de Salamanca, Francisco de Vitoria, el primero en desarrollar una teoría económica sobre el ius gentium (derecho de las gentes). Sería una manera de ir encontrando el rumbo.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora
Directora de Ourense siglo XXI
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
www.magdalenadelamo.com
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(9/12/2011)
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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