Fernando Jáuregui – El Rey entra en el ruedo


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

¿Quién marca la agenda del rey? Sea quien fuere, y sospecho que algo tiene que ver en ello el nuevo jefe de la Casa, Jaime Alfonsín, he de reconocer que me está sorprendiendo gratamente. El príncipe de Asturias, que no cometió apenas un solo error mientras fue el heredero, sigue acertando en sus primeros pasos como Felipe VI. Lo digo aún impresionado por la actuación del jefe del Estado en su primera visita como tal a Cataluña. Y no solamente por su mensaje y por haberlo pronunciado en catalán; he recogido reacciones bastante favorables en ámbitos nacionalistas catalanes (y, por cierto, vascos): claro que Artur Mas el empecinado y su camarilla no están entregados a la dialéctica de Felipe VI, porque ni siquiera ha habido tal dialéctica. Pero no han tenido más remedio que considerar un buen acercamiento, en el fondo y en la forma, esta visita al epicentro del volcán, que abre, ni más ni menos, una nueva era en las relaciones entre la «Cataluña oficial» y la oficialidad del resto de España.
Y ese es el tema: que se abre una nueva era. En la principal institución del país, en el principal partido de la oposición, quizá en el partido que aún es socio de Convergencia Democrática en Cataluña. Pero ni en la propia Convergencia, ni en el Partido Popular que gobierna en España se sienten involucrados por el afán de cambio y de mejora que anida entre el resto de los españoles. Artur Mas, a quien vuelvo a llamar el empecinado, parece querer el suicidio colectivo de los catalanes, un viaje en el que muchos de ellos, increíble pero cierto, le acompañarán gustosos; Mariano Rajoy parece desear ese suicidio, que conducirá a Esquerra Republicana al gobierno y a la apertura abierta de hostilidades «con Madrid», o sea, con España. Ya sé que el presidente del Gobierno central actúa movido por una estrategia regida por el buena voluntad y el patriotismo; pero, a mi juicio, esta «estrategia de no mover ficha», está táctica de esperar a que todo lo malo se pudra, no son, ahora y aquí, las correctas.
Se necesitan dos gestos, procedentes de La Moncloa y de la plaza de Sant Jaume. Pero, mientras a Rajoy le viene bien, en el resto de España, la política de dureza, a Mas le conviene una similar estrategia de cerrazón de cara a su propio electorado. Nada bueno puede salir de ello, y ambos harían bien en observar con altura de miras el ejemplo dado por el rey, a quien ni se le caen los anillos por ir a Barcelona y sentarse en la mesa de Mas, ni por hablar en catalán de acercamiento, de diálogo, de unidad en la diversidad y todas esas cosas que gustan a los oídos nacionalistas, y ¿por qué no? El padre del rey dijo, tras encontrarse con el entonces presidente del Parlament, Ernest Benach, de la «línea dura» de ERC, que «hablando se entiende la gente». Su hijo, Felipe VI, ha recogido el testigo de la mediación que ya su padre no podía seguir manteniendo.
Pero, claro, esta labor moderadora, de acercamiento entre posturas encontradas, que lleva a cabo el jefe del Estado, tiene que encontrar correlación en las fuerzas políticas. El Partido Popular, en lo que se refiere a ofensivas políticas, está como desaparecido, en momentos en los que el PSOE está sin liderazgo. Vivimos un momento de indudable trascendencia histórica, y no estoy seguro de que podamos permitirnos este inmenso vacío que la clase política nos propicia. Desde luego, el jefe del Estado, pedaleando en solitario, no puede llenarlo.

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