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¿Descarrila España?

¿Descarrila España?

Todo comenzó con el atentado de los trenes de Atocha en el año 2004. En cualquier democracia del mundo se habrían suspendido las elecciones que se celebraron después, al menos hasta conocer a sus responsables, por ser evidente el propósito de los autores de influir en el resultado electoral. ¡Aquí no! Nos pudo la conmoción.

Le dimos paso a lo peor que ha podido sucederle a España en los últimos 50 años: la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al poder. A partir de entonces, todo cambió para mal. Desde reverdecer un discurso obsoleto y ya superado de las dos Españas, poniéndonos a mirar hacia atrás para levantar las costras de heridas guerra civilistas ya cicatrizadas; enemistarnos con gestos impropios con países tradicionalmente aliados, como no levantarse al paso de la bandera de los EE. UU.; hasta establecer un nuevo esquema de relaciones privilegiadas con la narcodictadura chavista.

Los beneficios económicos eran el gran atractivo y lo siguen siendo. El PSOE dio un giro inmoral a la izquierda para compartir —ellos desde el Gobierno español, con los Iglesias, Errejón y Monedero, que ya medraban por aquellos lados— en el expolio de los recursos de los venezolanos, logrando suculentas comisiones en la negociación de buques de Navantia para la Armada venezolana, por citar solo un ejemplo.

Entre tanto, en España comenzaban a abrirse tumbas para rescatar la Memoria Histórica con la que Zapatero embriagó de nuevo a la sociedad, sin atender las señales de alerta que desde Europa le advertían acerca de la necesidad de un rescate a la economía, que rechazó reiteradamente.

En estas estábamos, con Chávez y el «¿Por qué no te callas?» de SM Juan Carlos I, cuando en 2008 nos estalló frente a nuestras narices la crisis más grave que se ha vivido en los últimos 25 años. El «estallido de la burbuja inmobiliaria», con sus severas consecuencias de paro y recesión, que aún sufrimos.

Dos millones de personas se bajaron de las grúas que inundaban nuestras ciudades para abultar las listas del paro y convertirse en una pesada losa de la que aún hoy no nos hemos podido librar. Y lo que es peor: sorprendieron a un Gobierno miope e incapaz de buscar soluciones, pues le preocupaba más gestionarse apoyos en la izquierda con la amenaza que significó la aparición de los movimientos del 15M, germen de la irrupción podemita.

Hoy, cuando se habla de la crisis de la vivienda, no cuesta mucho entender dónde está la causa y el motivo de esta situación actual. La parálisis de la construcción condujo al déficit de viviendas que, 17 años después, nos agobia, pues al mismo tiempo que éstas dejaron de construirse, niños siguieron naciendo —como era lógico—, los jóvenes se fueron haciendo adultos y hoy, cuando quieren casarse e independizarse, no encuentran dónde vivir.

Como era de esperar, el balance que dejó aquel «Mr. Bean» de la política española no podía ser peor. Aquello se unió a la aparición de nuevas organizaciones políticas de izquierda, centro y derecha —Podemos, Ciudadanos y VOX—, con la consecuente fragmentación del arco parlamentario español, que recomendó, inteligentemente, la abdicación del rey Juan Carlos I y la llegada de Felipe VI.

El cóctel de las crisis económica, financiera y política estaba servido, con poco margen para la actuación del nuevo Gobierno de Mariano Rajoy, pese a sus denodados esfuerzos por reconducir la situación. Severos recortes, rescate europeo y reformas estructurales, y junto a ello, el desafío independentista catalán.

Así llegamos a mayo de 2018, cuando Pedro Sánchez —otro aventurero de la política española, aupado por la financiación proveniente de saunas y prostíbulos— presentó una moción de censura y desbancó a Rajoy de la jefatura del Gobierno.

A partir de entonces comenzamos a presenciar el ataque más furibundo que jamás habíamos visto contra las instituciones tradicionales de nuestra vida política. Pedro Sánchez no dudó en aliarse con independentistas, golpistas y los herederos de ETA para hacer estremecer los cimientos constitucionales del Estado español.

La estrategia ha pasado por la captación de los poderes públicos y el ataque a los principios que rigen la nación española desde 1978: la integridad de su territorio, el respeto al Estado de derecho y la igualdad entre españoles. De ello tenemos múltiples ejemplos, pero algunos de los más significativos son la inconstitucional ley de amnistía; la ruptura del equilibrio del pacto autonómico; la utilización de la Fiscalía General del Estado como arma política; y la expansión de la corrupción en los órganos públicos, en períodos de especial sensibilidad, cuando la pandemia del COVID hacía estragos entre los nuestros. No ha habido escrúpulos de ninguna especie.

Todo ello disfrazado con el discurso zapateril en su máxima expresión, ejemplificado en la exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos y en enarbolar las banderas del feminismo más hipócrita, la lucha por el medio ambiente y las energías renovables, sin que se construyera una vivienda ni por equivocación.

Llama la atención que en la lucha feminista han ido de la mano de los podemitas más calificados, quienes al poco tiempo de pisar moqueta terminaron denunciados por sus propias compañeras por acoso o violación sexual. No se quedaron atrás los máximos líderes socialistas del Gobierno, de quienes no terminan de aparecer casos de corrupción en los que se tejen redes que pasan por la utilización de la prostitución como destino de los dineros de todos los españoles.

Los escándalos abrazan al círculo íntimo y familiar de Pedro Sánchez, quien busca en Donald Trump un escape para desviar la atención del inevitable derrumbe de su Gobierno, con su mujer, su hermano y más cercanos colaboradores esperando el banquillo, mientras gran parte de los españoles lucha frenéticamente por llegar a fin de mes.

Como colofón de esta trágica historia volvemos a los trenes. Sánchez no solo ha desdibujado la imagen de España en el exterior, también lo hace con sus empresas más emblemáticas. Renfe, otrora marca de exportación, hoy se derrumba entre hierros retorcidos que han causado muerte y dolor a los españoles, sin que Óscar Puente, el ministro de Transportes, pueda dar una explicación creíble. Todo le parece extraño.

A nosotros no, lo tenemos claro: mientras dure el sanchismo/PSOE un poco más en el Gobierno de este país, ¡la que va a descarrilar es España!. Y si ello llega a pasar, también tenemos claro quiénes son los responsables: Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero, dos accidentes en la historia española

 

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