Todos hemos oído hablar alguna vez, del retraso que lleva España con respecto a los países más evolucionados.
Esta rémora se suele cuantificar entre veinte y cincuenta años.
Cuando analizamos históricamente lo que ha representado España, en el concierto de las naciones, este retraso se nos hace incomprensible, pero lo bien cierto es que éste está ahí y negarlo no deja de ser una actitud típica de avestruz.
Hay quien opina que el origen podría estar en la propia religión.
Mientras que en los países católicos siempre se ha contemplado el trabajo como una maldición divina, en los países de tradición protestante, se ha visto a éste como una bendición.
Hay quien aduce también, razones climáticas.
Cuando más cálido es el clima, menos apetece trabajar, o, dicho de otra manera, en los países fríos hay que trabajar más para sobrevivir.
El frío incita al movimiento. El calor a la pausa.
Hay incluso quien justifica retrasos en base a criterios puramente racistas, confundiendo necesidad con inteligencia o capacidad.
Personalmente siempre me han gustado más los datos que la verborrea vana, y los datos son que en el año 1901, EE.UU. dedicaba al capítulo de instrucción pública, el 14% de su renta nacional, Alemania el 12%, Inglaterra el 10%, Francia el 8%, y España, nuestra querida España, el 1,5%.
Apliquen ustedes, en la actualidad, estos porcentajes, referenciándolos con el nivel de desarrollo que cada uno de estos países ha alcanzado en el ´ranking´ mundial, y se percatarán dónde se encuentra el ´quid´ del progreso.
A principios del siglo pasado, España contaba con una población de poco más de 18 millones de personas, de las cuales tan sólo 24.475 estudiaban.
En dicha cifra se incluyen tanto la enseñanza pública como la privada. ¿Empiezan ustedes a entrever dónde está el origen del retraso? Pues, verde y con asas; o blanco y en botella.

