Como buen ´sigma´, soy hombre parco en palabras y austero en gestos; la antítesis viviente de las películas italianas clásicas.
Me gustan los gestos en su justa proporción, sin restar ni añadir, y tal vez sea por ello que me resulta chocante el ver durante la Santa Misa a oficiante y feligreses entonar el ´mea culpa´, ´fustigándose´ por los pecados cometidos, mediante el gesto litúrgico de darse palmaditas en el pecho.
Se ha desvirtuado el origen de una acción física y real, recogida en el Evangelio (Lc 18, 9-14), al permutar la ´acción real´, por un ´gesto teatral´. No es lo mismo golpearse el pecho con el puño cerrado que palparse éste con la palma de la mano.
De hecho, raro es el día (un servidor es de misa diaria, salvo los domingos) que no me venga a la cabeza el siguiente pensamiento: “Si las palmaditas en el pecho que se dan oficiante y feligreses, fueran proporcionales en intensidad a las maldades cometidas, alguno saldría de la iglesia con más de una costilla rota.
Posiblemente algún correligionario encuentre un tanto irreverente este pensamiento, pero lo cierto es que cuadra a la perfección con el espíritu del discurso de Jesús que viene recogido en los Evangelios, y si no lo ve, le recomiendo que se los vuelva a leer como hace un servidor a diario.
Postdata: Esto va también por la purpurada jerarquía eclesiástica, porque hasta donde yo sé, para Dios no existen aforados.

