Krishnamurti decía que “el sexo puede ser tan casto como el cielo azul sin nubes; pero con el pensamiento, la nube llega y oscurece el cielo.”
Y es que cuando existe amor, el sexo se siente, no se piensa, como tampoco se piensa cuando cogemos de la mano a la persona amada, o simplemente, y sin pensar, un día sabemos que ha llegado la hora de regresar a la búsqueda de aquel mágico principio, que, con el tiempo, fuimos dejando atrás.
El amor y el sexo son como ese abrazo sincero, que lo sentimos, pero no lo pensamos; no lo racionalizamos.
En cualquier caso, la zorra mente tiende a invadirlo todo, intentando racionalizar no solo los pensamientos, que es lo que le toca, sino también las emociones, midiéndolas y buscando en ellas certidumbre y seguridad personal en el tiempo; ahora y después; en el presente y en el futuro. Algo tan justo y humano, como previsible y vulgar.
Porque la pelandusca mente y el tiempo, ¡vaya par!, andan cogidos de la mano, marcando el ritmo de un camino calculado y trillado, donde hasta el amor debe encajar en el momento que toca… Edad de fiesta y amigos… Edad de sentar la cabeza… Edad de preguntarse en qué nos equivocamos… Edad de comenzar a mirar atrás y regresar.
Y es que el amor, como el resto de sentimientos, no entiende de años; ni de meses; ni de días… Porque el amor no sabe, ni quiere saber, de tiempo, sino de su negación: LA ETERNIDAD.
La Eternidad; el sempiterno lugar de reencuentro de los amantes. De aquellos inseguros debutantes, que un día, sin pensar y con un toque de locura, se atrevieron a conjugar el verbo amar, y comenzaron a bailar.

