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Reflexioné sobre el camino que había seguido aquel trozo de hierro, hasta convertirse en duro acero; en templada espada. Y vi que el camino era el de la fragua y el yunque; el fuego y el agua.
El del golpe sobre golpe, en un mundo de chispas y brasas.
Entonces me pregunté si quería ser hierro, o acero de espada, y al hacerlo comprendí que la vida es fragua, y que cada golpe que de ella recibimos, nos fortalece…, nos duele pero no mata.
Y me quedé absorto contemplando mi imagen reflejada en el espejo bruñido de aquella perfecta arma, cuyo templado filo, más que amenaza, era promesa de dolor… pero también de fortaleza y esperanza de alcanzar cumbres más altas…; de partir en dos nuestra atávica aprensión hacia la muerte y su guadaña.

