Mientras Soraya Sáenz de Santamaría visitaba las tropas españolas en Afganistán, Mariano Rajoy hacía un viaje mucho más corto y menos bélico. El presidente del Gobierno se tuvo que desplazar la noche de 15 de diciembre de 2014 tan sólo a 14 kilómetros de la Puerta del Sol. En concreto, acudió a la Cena de Navidad del PP de Madrid, donde fue acompañado por casi un millar de afiliados a la formación de la gaviota.
Eso sí, tanto el jefe del Ejecutivo como el resto de comensales estuvieron debidamente protegidos de los periodistas. Tales eran las medidas de aislamiento que se aplicó a los profesionales de los medios que pareciera que desde Moncloa les consideraran más peligrosos que los talibanes.
Al menos algo tuvieron en común los periodistas con los talibanes. Si los segundos seguramente pasan frío en las montañas durante el invierno, los primeros lo pasaron durante más de una hora (eso los afortunados) a la espera de tomar las primeras fotos a los V.I.P. del PP.
La convocatoria a los medios era clara. El evento comenzaba a las 8 y media de la noche, pero los periodistas debían acreditarse en persona como poco una hora antes.
Algunos cumplidores se presentaron en el polideportivo que acogía el evento en torno a las 7 de la tarde, y tuvieron que esperar al menos hasta y media para poder entra, sin entender por qué se les había convocado antes. Una vez dentro, comenzaron las sorpresas.
Recogida la acreditación, le enviaban a uno por unas escaleras, donde llegaba al hall de una grada convertido en improvisada sala de prensa con dos plasmas. Comenzaban a sonar las alarmas en la cabeza del periodista. Un pequeño paseo por la zona hace que las sirenas mentales comiencen a ulular con gran estruendo. En la zona de las gradas se encuentra con unas pocas mesas y unas cortinas negras que tapan cualquier vista de la cancha, donde se ha preparado las mesas donde cenarán las autoridades y los afiliados al PP.
Quedaba claro que se había corrido un tupido velo entre los comensales y los informadores. Igual se consideraba un serio peligro que algún avispado reportero viera a lo lejos cómo se le podía caer un poco de salsa en la corbata a Ignacio González o Mariano Rajoy.

Tocaba bajar las escaleras y preguntar. Los temores se confirmaban. Estaba todo diseñado para que los periodistas no se mezclaran con los miembros del PP.
Poco a poco fuimos conociendo los detalles. La estricta separación era orden de La Moncloa, desde Presidencia del Gobierno no se quería que los profesionales de los medios estuvieran en el mismo espacio que los invitados a la cena. Esta es una de las explicaciones que se nos dieron:
Habrá mucha gente cenando, si los periodistas estuvieran en las mesas podrían contar muchas anécdotas.
Se ve que las anécdotas son como se querría que fuera la relación entre García Legaz y el ‘Pequeño Nicolás’, algo que se quedara de puertas a dentro del Partido Popular. Intuimos que algo más se querría evitar.
Como la entrada era el único espacio de contacto entre las dos castas que no se han de mezclar, allí nos quedamos a la espera de hablar con alguna de las personas que iban llegando. Y claro, en esas conversaciones se oían ‘confesiones’ que no gustarán en Génova ni La Moncloa.
Por ejemplo, una persona que ocupa un cargo de confianza confesó que existe preocupación ante las próximas elecciones. A las altas instancias no les ha de gustar que un periodista pueda dejar constancia del pesimismo en las filas ‘populares’ ante los comicios que se acercan.

Y, entre conversación y conversación, se esperaba a la intemperie la llegada de Ignacio González, Esperanza Aguirre, Ana Botella y Mariano Rajoy. Y no quedaba más remedio que hacerlo al aire libre. El photocall se había colocado sin otro techo que las nubes y las estrellas. Eso sí, se compartía espacio con un infatigable joven del PP de Carabanchel que ofrecía Lotería de Navidad de su sede de distrito a todo el que llegaba al evento. Unos aterrizaban de forma discreta y amigable, pero no faltó alguna concejal de La Rozas que se hizo anunciar como si del mismísimo Rey Sol se tratara.
Pasaba el tiempo y se seguía esperando. No llegaba ningún V.I.P., ni tan siquiera un ‘Pequeño Nicolás’ o un Jaime García Legaz que llevarnos a la boca o a las cámaras. A eso de las 8:30 aparecía primero Ana Botella. Poco después lo hacían, con una diferencia de pocos segundos que daba la impresión de estar planificada, Aguirre y González.
Se quedaron a un lado, alejados y protegidos de los periodistas, a la espera del presidente del Gobierno. Cuando este llegó, a las 9 menos cuarto, posaron junto a Carlos Floriano y el alcalde de Alcobendas, Ignacio García de Vinuesa, en el photocall de campaña.
La espera de más de hora y cuarto al aire libre había terminado. Eso sí, los guardas de seguridad tenían que contener a unas quince de personas de séquito y pelotas varios, incluyendo algún diputado poco conocido, que hacían lo posible por arrimarse a los jefes.

(Fuente: Europa Press).
Una vez tomadas las fotos, sin posibilidad de hacer pregunta alguna, llegó el momento de rodear todo el polideportivo para ver a Rajoy, Aguirre, González y Botella saludar a los cocineros y catar un pequeño trozo de algo tan típicamente madrileño como una empanada gallega.
El presidente del Gobierno tenía gesto de preocupación: se notaba que no sabía cómo posar llevándose ese manjar de su tierra a la boca. A partir de ese momento tocaba ya el ‘apartheid’ periodístico definitivo. Pareciera que alguien hubiera decretado: «Nosotros a las mesas de la cancha, vosotros a la grada tapados por un negro velo».
A este cronista trataron de convencerle para que se quedara con la promesa de pularda y delicateses varias. No lo lograron y recorrió a pie casi un kilómetro para poder tomar el autobús en una aislada parada del kilómetro 13,700 de la Carretera de Burgos en sentido de Plaza de Castilla.


