La Denominación de Origen Rueda está viviendo una auténtica revolución de calidad. Si hablamos de las botellas más especiales que han salido al mercado últimamente, hay una que acapara todas las miradas. Se trata del nuevo lanzamiento de Palacio de Bornos: el Gran Vino de Rueda Colección de Familia Sergio Hernández.
No es un vino cualquiera. Es el primer “Gran Vino de Rueda” que elabora la bodega. Y también su creación más premium y exclusiva hasta la fecha.
¿Qué es exactamente un “Gran Vino de Rueda”?
Para entender la magnitud de esta botella, hay que mirar la etiqueta. Esta nueva categoría no es inventada. La D.O. Rueda la creó hace unos años (para la añada 2020) con el objetivo de situar a sus mejores caldos en la alta gastronomía .
Los requisitos son durísimos:
Uvas procedentes de viñedos de más de 30 años.
Rendimientos inferiores a 6.500 kg por hectárea.
Un ratio de transformación máximo del 65% (es decir, se desperdicia mucha uva para concentrar la esencia) .
Estos vinos llevan una contraetiqueta especial en dorado y negro que los distingue en la tienda. Palacio de Bornos ha cumplido con creces, porque en este caso han ido incluso más allá: las uvas vienen de viñedos en vaso de más de 50 años.

El encuentro entre el vino y el arte
Este vino pertenece a la gama Colección de Familia del grupo BORNOS Vinos & Licores. La idea es sencilla pero potente: unir la excelencia de una bodega con la obra de un artista de prestigio internacional.
En esta ocasión, la etiqueta reproduce la obra “Sin título (2016)” del mexicano Sergio Hernández. Su trazo, lleno de luz y viveza, dibuja el origen de todo: el grano de uva y el racimo.
Es una edición muy limitada. Solo existen 2.574 botellas en todo el mundo.
Así se elabora esta joya de 94 puntos
El vino ya ha sido puntuado con 94 puntos por el crítico Tim Atkin en su reportaje TOP 100 de la D.O. Rueda. No es casualidad.
La elaboración es casi artesanal. Comienza con una doble selección de la Verdejo: primero en el campo, luego en la bodega. La clave está en la vinificación: se hace mediante fermentación alcohólica espontánea en ánforas cerámicas.
“Usamos levaduras autóctonas y la fermentación maloláctica también es natural”, explica la bodega. El vino reposa sobre sus lías finas durante nueve meses con batonages (removidos) controlados. Y ojo, porque una vez embotellado, se queda otros nueve meses durmiendo antes de salir a la venta.

Nota de cata: ¿A qué sabe?
Vista: Amarillo pajizo con ribetes verdosos. Es limpio y brillante.
Nariz: Alta intensidad. Notas de fruta blanca y esos toques herbáceos típicos del Verdejo, pero aquí se mezclan con matices de mantequilla, brioche y un fondo mineral que le da la ánfora.
Boca: Es estructurado, untuoso y sedoso. El paso es amplio pero equilibrado. Tiene un largo retrogusto y, aunque se puede beber ahora, tiene una clara vocación de guarda. Evolucionará bien en la botella.
En resumen, es un vino para vivir una doble experiencia: la de beber un pedazo de historia de la D.O. Rueda y la de coleccionar una obra de arte líquida.
PVP es de 24,20 €
