Jordi Pujol y los duros de CDC pidieron a Artur Mas' dar «el paso a un lado»

La CUP queda por los suelos con un cisma en toda regla y Ada Colau se fortalece

Un día antes de expirar el plazo, Junts pel Sí y la CUP alcanzan un acuerdo para que Carles Puigdemont sea presidente de la Generalitat y evitar así una repetición de las elecciones

La CUP queda por los suelos con un cisma en toda regla y Ada Colau se fortalece
Ada Colau. BC

Le aconsejaron que no se apartara del Gobierno catalán, proponer a alguien de Convergència y «cortar cabezas» en la CUP

Acorralado al máximo y abandonado hasta por los suyos, Artur Mas tuvo que dar ese «paso al lado» que reclamaban sus adversarios. La clave de su renuncia arranca el pasado jueves 7 en un despacho del Parlament de Cataluña.

Tras un raquítico Pleno para elegir a los senadores autonómicos, un desesperado Artur Mas convocaba una nueva reunión para suplicar su investidura. Rodeado de los «halcones» de su partido, Josep Rull, Jordi Turull y Josep Luis Corominas, junto al cabeza de lista de «Junts pel sí», Raül Romeva, tenía enfrente a Oriol Junqueras y Marta Rovira por Esquerra Republicana.

Como explica Pilar Ferrer en ‘La Razón’ este 10 de enero de 2016, en un último esfuerzo por convencerles, Mas ofreció una grotesca patochada: compartir Gobierno en funciones con ERC hasta las elecciones del 6 de marzo. Ello agotó la paciencia de Junqueras, que consideró la propuesta un fraude democrático. Fue entonces cuando, según fuentes de los negociadores, el líder republicano le espetó un buen dardo a Mas, secundado por los convergentes:

«Si no cedes, estréllate tú solo».

El desencuentro fue total y los de CDC le lanzaron un ultimátum:

«Hasta aquí hemos llegado».

La tensión llegó al máximo cuando los propios dirigentes de Convergència le conminaron a cambiar de actitud. Sabedor de su poder de control, Oriol Junqueras hurgó aún más en la herida: «Si no cedéis, ya no estaréis en el Gobierno», les dijo el líder de ERC a los convergentes en una clara advertencia de que, en caso de convocar nuevas elecciones, las encuestas vaticinan un buen resultado para Esquerra y el frente de izquierdas, con un derrumbe de Convergencia.

«Fuera del poder estos tienen pánico y no son nadie», llegó a comentar la dirigente de la CUP Gabriela Serra antes de la reunión, para que Junqueras apretara a Mas. El guante fue recogido por Josep Rull, Jordi Turull y Corominas que intentaron disuadir a Mas. Este pidió unas horas de reflexión y, según su entorno, telefoneó a Jordi Pujol.

El patriarca, salpicado por la imputación que le llevará junto a su esposa ante la Audiencia Nacional, aconsejó a Mas mantener una doble vara de poder: no apartarse del Govern, proponer a alguien del partido y «cortar cabezas» en la CUP.

Dicho y hecho. Al filo de la medianoche del viernes, en una reunión de urgencia en el Palau de La Generalitat, Artur Mas comunicó su decisión forzado por las presiones de los suyos, las amenazas de Junqueras, el consejo de Pujol y la chulería de la CUP que, en palabras de su círculo íntimo, «le sacaba de quicio». Ante la acusación de ser el responsable de encallar el «procés» ya sin remedio, optó por una nueva muestra de indignidad, algo sin precedentes.

«¿Dónde se ha visto que un presidente acepte bajar a ser el número dos?», se preguntan con estupor muchos convergentes.

Pero le quedaban pocas salidas, toda vez que los dirigentes de ERC se tomaron muy mal su última oferta de pedir a Junqueras que le acompañase en funciones en una lenta agonía hacia unas nuevas elecciones. Todos los negociadores en este bochornoso espectáculo coinciden: Mas es el gran perdedor con un partido hecho trizas. Oriol Junqueras el triunfador, cumplidos sus compromisos sin abrasarse.

La CUP queda por los suelos con un cisma en toda regla. Y desde la barrera, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, observa con placidez cómo su figura se fortalece. El surrealismo de la política catalana ha llegado al máximo y Mas queda «a la altura del betún», dicen en sectores políticos y económicos catalanes.

Ante la negativa de Neus Munté para encabezar este sainete, Mas y el núcleo duro de Convergència pensaron en Carles Puigdemont, alcalde de Girona y presidente de la Asociación de Municipios Independientes (AMI). Un antiguo periodista militante del ala radical de Convergència, con muy buenas relaciones con Muriel Casals, presidenta de Omnium Cultural y una de las mayores activistas secesionistas.

El nombre de Puigdemunt fue consensuado con ella y aceptado por la CUP, a cambio de que los diputados contrarios a la investidura de un convergente también den un paso atrás.

Es decir, Mas presenta una victoria pírrica y delirante. Aparece como un mártir de la causa, se sacrifica por el «procés», alama las deserciones de los suyos y se lleva en bandeja la cabeza de algunos cuperos que le han humillado hasta la saciedad. Y por ende, mantiene el aforamiento necesario ante los sumarios judiciales que se avecinan.

El vodevil es antológico. Mas vuelve a lo que un día fue con Pujol, conseller en Cap, para seguir su desafío al Estado. Una vez consumado el disparate, se prevé un Pleno incendiado del Parlament con una declaración expresa de independencia y desconexión total con España. Algo que pone en bandeja a Mariano Rajoy su invocación de gran Pacto de Estado.

¿Qué hará ahora Pedro Sánchez? ¿Seguirá con sus veleidades? ¿Cuál es su respuesta a tamaño dislate? El escenario se avecina convulso y en Moncloa y el PP reiteran su apuesta por un pacto de estabilidad y un Gobierno sólido. Si el secretario general del PSOE no está a la altura de este desafío, será su tumba política, opinan dirigentes del PP.

La desolación en el sector empresarial catalán y los partidos constitucionalistas es enorme. «Nunca se había degradado tanto una institución como la Generalitat de Cataluña», se lamenta. La deriva de Artur Mas ofrece un balance desastroso: «Ha roto el partido, la Federación de CIU, el PSC, la sociedad catalana y hasta la CUP».

Todas las encuestas que obran en poder de los partidos catalanes vaticinan un derrumbe de CDC con Mas de candidato y un buen resultado para Esquerra Republicana que podría formar un frente de izquierdas junto con la formación de Colau, «En Comú Podem». Por ello, Mas ha preferido esta humillación hacia atrás «decapitado por los suyos», en palabras de los críticos.

El verdadero vencedor es Oriol Junqueras, que en un futuro podrá aspirar a la Generalitat en solitario «sin hacerse un rasguño», dicen los convergentes.

El ridículo de los últimos días, las idas y venidas de la CUP, el espectáculo de los antisistema con sus mochilas al hombro jugando al despiste, el patético papel de Raül Romeva y el fiasco de las movilizaciones callejeras a cargo de la ANC y Omnium revelan que nadie quería levantarse de la mesa y cargar con la culpa de paralizar el «procés».

La figura de Artur Mas ha llegado a niveles de humillación increíbles. Un dirigente crítico de Convergència lo define bien:

«Es como Platanito, aquel torero a la puerta de Las Ventas suplicando una oportunidad aunque sea de subalterno».

En efecto, el escarnio es enorme, forzado por el horizonte judicial que le atenaza. Mas necesita imperiosamente el aforamiento por los sumarios en marcha, y aún acrecienta su inquietud la imputación de Jordi Pujol y su esposa, que declaran ante la Audiencia Nacional el 10 de febrero. «Mientras esto no se desatasque, Mas no puede irse a su casa», reconocen fuentes jurídicas. El panorama es bastante negro para el «hereu» de Pujol y el partido que fundó.

El desacuerdo ya se ha vestido y vencido, dicen los negociadores. Según estas fuentes, la tensión ha sido muy fuerte entre Junts pel sí y las dos activistas de la CUP, Gabriela Serra y Eulalia Reguat, delegadas de los antisistema en las conversaciones.

Dos «auténticas rapaces», en palabras de Convergència. Tras el chusco empate de sus asambleas, la profunda división y algunas dimisiones como la anunciada por Antonio Baños de boquilla, los cuperos han visto muy lastrada su imagen, por lo que endurecieron mucho sus posturas.

La diputada Gabriela Serra, ubicada en el sector más radical de la formación, fue muy clara: «Si mantenéis el nombre de Mas como presidente, esto dura dos minutos», les espetó con dureza a los miembros de Junts pel Sí. Fue la última advertencia de que o Mas cedía o la ruptura era definitiva.

Aparcadas las elecciones de marzo, Cataluña está en manos de dos políticos con gran ambición personal, Ada Colau y Oriol Junqueras.

Aunque públicamente lo niegan, la sonora humillación de Mas confirma sibilinas maniobras en la sombra de la alcaldesa de Barcelona y el líder de ERC para cuajar sus respectivos intereses de poder.

Las encuestas pronostican un avance de Esquerra Republicana y la extrema izquierda, lo que propicia este acercamiento.

La alcaldesa tiene ya un pie colocado en Madrid con su hombre de confianza, Xavier Domenech, al frente de «En Comú Podem» en el Congreso. Doce diputados que aspiran a tener grupo parlamentario propio y que van a marcar muy de cerca a Pablo Iglesias.

El líder de Podemos es rehén de este pacto en Cataluña, al que debe sus buenos resultados. La exigencia de la formación de Colau sobre un referéndum de autodeterminación condiciona la política nacional y sus posibles alianzas con Pedro Sánchez. En todo caso, en La Moncloa y Génova esperan su reacción ante el nuevo desafío catalán.

El horizonte queda definido. Un Artur Mas fracasado y con la cabeza arrancada por quienes un día le jalearon. Un Oriol Junqueras reforzado. Un bloque secesionista de nuevo como adversario y víctima ante Madrid. Y un frente popular de extrema izquierda cada vez más potente como posible gobierno en Cataluña.

Es el triste legado de un político que cumple aquella frase emblemática de Churchill: «De victoria en victoria, hasta la derrota final».

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