Joaquim Vandellós Ripoll

‘Mas’ que un club

'Mas' que un club
Joaquim Vandellós Ripoll. PD

En tiempos de la Roma Imperial, cuando un gobernante ávido de poder pretendía ganarse el favor de sus gentes a la vez que tranquilizaba sus espítirus inquietos, procedía al evergetismo: la transferencia de bienes desde el poder hasta la masa social.

Sus efectos eran somníferos: adormecido su espíritu crítico, los dirigentes no tenían que dar rédito de sus acciones ni relatar detalles escabrosos de su actividad política.El ciudadano, preso de los placeres del mundo sensible, se convertía en mera pieza de un gran engranaje, sin capacidad (ni ambición) de cambiar el orden establecido.

El archifamoso «panem et circenses» es la materialización de esta deshumanización del hombre, satisfecho con manjares y divertimentos varios de baja calidad y carente de metas de mayor embergadura.
Uno de los grandes éxito del nacionalismo ha sido la asimilación del Barça con Cataluña.

La expresión «Más que un club» no sólo refleja un proyecto futbolístico, sino que encarna una serie de valores extradeportivos como la tolerancia, el respeto y el esfuerzo. El éxito del club es el éxito del » nou país», el de una Cataluña independiente.

Artur Mas ya ha reiterado en varias ocasiones porque considera que es más que un club: embajador de Cataluña en el mundo, con su equipación en forma de senyera hace un acto de servicio al país y con sus victorias hace que nos sintamos orgullosos de un país que merece la pena.

A pesar de que popularmente se considera al Barça como estandarte en la defensa del catalanismo político, la verdad histórica diverge estrepitosamente de dicho relato. Partiendo de unos orígenes donde la catalanidad brillaba por su ausencia, fue fundado en 1899 por un suizo ,Hans (no Joan) Gamper quien formó un equipo de extranjeros donde no podían jugar jugadores españoles y por lo tanto tampoco catalanes.

En palabras de Ucelay Da Cal: «era un nido de protestantes suizos, alemanes e ingleses», espíritu totalmente ajeno al catalanismo moderado y conservador de la época. Tal fue su huella extranjerizante y acatalana que los colores de la camiseta fueron escogidos del cantón de Ticino y del FC Basel.

Con el paso de los años , el Barça se ha convertido en símbolo de la resistencia antifranquista. Pero no siempre fue así.

Al terminar la contienda guerracivilista, fue el primer club a la entrada de cuyo estadio se erigió un momento a los caídos «Por Dios y por España». No hubo problemas en encontrar catalanes afines al régimen para ocupar los puestos directivos del club. Prueba de ello fueron presidentes como Francesc Miró-Sans o la concesión de dos medallas a Franco por su ayuda en la construcción del Palau Blaugrana y en motivo del 75 aniversario de su fundación.

Hace ya unos meses, en la final de la Copa del Rey, un aquelarre de corderos enfurecidos silbó al sonar el himno nacional. Mayor no podía ser su regocijo: pletórico de éxitos el club de sus amores, se les presentaba la oportunidad de insultar y hacer sorna del símbolo de su opresión.

Creyéndose haberse liberado de una rémora, apretaron fuertemente los grilletes que los mantienen presos. Supuso la subordinación del último ámbito de la sociedad civil al poder político, del que ya no escapa ni un evento deportivo. Constituyéndose en masa acrítica, ninguno cuestionaba la gestión de sus líderes nacionalistas ni se preguntaba qué medidas emprenderían para sofocar la debacle económica.

Siendo el odio su alimento y el fútbol su divertimento, demasiado sería pedir que enfocaran su mirada hacia horizontes más lejanos.
Decía Abenjaldún que el pasado y el futuro se parecen como dos gotas de agua.

El relato histórico culé es un gigante con pies de barro: siendo motivo de orgullo colectivo, parte de unas premisas falsas que distorsionan la realidad histórica. Es difícil creer que el Barça sea más que un club cuando la verdad es algo negociable y comerciable en función de intereses partidistas. Más aún ilusionarse con el futuro de un nuevo país pretendiéndose construir este en base a la mentira. El falso relato nos condena, la verdad nos libera.

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