Por José María Arévalo

(Quintana Lacaci a a izquierda, y Tejero en Las Cortes)
Cuando a finales del pasado febrero Sánchez desclasificó los papeles del 23 F, todo el mundo habló del papel fundamental del Rey Juan Carlos para evitar el golpe de Estado, incluso con ese motivo el Partido Popular ha planteado la conveniencia de que el emérito regrese a España, pero nadie se ha referido a otra figura esencial para evitar el golpe, el general Quintana Lacaci, hombre clave que impidió el 23-F al detener la salida de los tanques de la División -Acorazada Brunete que pretendía el general Milans del Bosch, otro de los sublevados con Tejero.
Algo me sonaba de su intervención pero la verdad es que también a mí me había pasado estos días desapercibida su intervención hasta que leí un artículo de El Español que titulaba “El gallego que fue clave para impedir el 23-F: «Nunca sabrá España lo que te debe» y explicaba: El ferrolano Quintana Lacaci se negó a mover las tropas de la División Acorazada Brunete, manteniéndose fiel al rey Juan Carlos por lealtad al difunto Franco: “El caudillo me ordenó obedecer a su sucesor”. ETA lo asesinaría tres años después. Veamos los detalles,
El ferrolano Guillermo Quintana Lacaci -explicaba El Español- fue uno de los gallegos más decisivos –y discretos– de la historia reciente de España: su negativa a sacar los tanques a la calle el 23-F fue clave para que el golpe fracasase. Cuatro décadas después, su nombre sigue siendo mucho menos conocido que el de otros protagonistas de aquella noche larga de febrero.
Cuando el Rey Juan Carlos le agradeció su actuación durante aquellas horas críticas, el general respondió recordando una consigna recibida del propio Franco: “El caudillo me ordenó obedecer a su sucesor”. Así, por lealtad al fallecido dictador, este gallego defendió la existencia de la incipiente democracia española. Tres años después, sería cobardemente asesinado por ETA en pleno centro de Madrid con trece disparos a quemarropa.
La noche del 23-F: el gallego que frenó los tanques
La tarde del 23 de febrero de 1981 sorprendió a Quintana Lacaci al frente de la Capitanía General de Madrid, con la unidad más poderosa del Ejército español bajo su responsabilidad: la División Acorazada Brunete. Cuando el teniente coronel Antonio Tejero irrumpe en el Congreso y Milans del Bosch saca los carros de combate en Valencia, en Madrid todo depende de una decisión: si la Brunete ocupa la capital, el golpe puede volverse irreversible.
Quintana acata de inmediato las órdenes del Rey de no mover las tropas a su mando y de mantenerse fiel a la legalidad constitucional. El general José Juste, jefe de la Brunete, le llama para comunicarle que va a ocupar Madrid por orden de Milans; el capitán general le ordena revocar las medidas y mantener la división acuartelada, haciendo regresar a aquellas unidades que ya hubiesen salido o se dispusieran a hacerlo. A partir de ahí comienza un tenso “forcejeo telefónico” con los jefes de regimiento, que habían obedecido la orden de tomar la ciudad y ahora se resisten a cumplir la contraorden.
La intervención del ferrolano frena en seco la movilización total de la Brunete y, con ello, impide que los tanques cercen la capital en apoyo de los golpistas. Distintas crónicas lo señalan como el mando del que partió la primera orden efectiva para impedir la salida de unidades de la División Acorazada, convirtiéndolo en uno de los hombres que hicieron descarrilar el golpe desde dentro del propio estamento militar. Horas después, también ordenará que el general Luis Torres Rojas, llegado desde Galicia para ponerse al frente de la DAC, abandone inmediatamente Madrid.
Un ferrolano en el centro del poder militar
Guillermo Quintana Lacaci nació en Ferrol en 1916, en el seno de una familia de fuerte tradición castrense. Ingresó en la Academia General Militar en 1935 y combatió en la Guerra Civil integrado en el bando sublevado, primero como alférez y después como teniente provisional de Infantería. Más tarde se alistó a la División Azul que luchó en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial, una experiencia común a una generación de oficiales que marcaría su carrera.
Su trayectoria fue la de un militar profesional que ascendió peldaño a peldaño: capitán en 1941, general en 1972 y general de división en 1976. Antes de llegar a la cúspide, mandó la Brigada de Alta Montaña de Jaca y dirigió la Academia General Militar de Zaragoza, además de ocupar destinos clave en Galicia como segundo jefe de tropas, subinspector de la VIII Región Militar, gobernador militar de Pontevedra y de A Coruña. Ese vínculo constante con Galicia acompañó siempre a un oficial que, al ascender a teniente general, fue nombrado capitán general de la I Región Militar, con sede en Madrid, en 1979: el puesto desde el que se jugaría su papel histórico.
El olvido y el asesinato
Pese a su papel en el 23-F, la trayectoria de Quintana Lacaci se desarrolló siempre en la discreción, lejos de los focos mediáticos. Tras cesar en la Capitanía General de Madrid, pasó a la situación B y ejercía como asesor de la Armería Real cuando ETA decidió convertirlo en objetivo. El 29 de enero de 1984, pistoleros de la organización terrorista lo asesinaron en Madrid, truncando la vida de un militar de 67 años que había contribuido a sostener la joven democracia española. Le dispararon trece veces a quemarropa en presencia de su mujer, un domingo tras salir de misa.
La paradoja es evidente: uno de los generales que se plantó frente al golpismo terminó cayendo bajo las balas del terrorismo que también pretendía dinamitar el sistema constitucional. Hoy, su nombre aparece en listados y guías sobre los protagonistas del 23-F como el capitán general de la I Región Militar cuyas directrices impidieron que la Brunete se sumase a la asonada, pero sigue lejos del reconocimiento popular del que gozan otras figuras.
“Nunca sabrá España lo que te debe”
En Ferrol y en Galicia, la figura de Quintana Lacaci resume una biografía llena de matices: la de un oficial formado en la guerra y en el franquismo que terminó siendo un muro para quienes quisieron frustrar la transición democrática. Desde su tierra natal hasta la misma puerta del Congreso, la sombra de ese ferrolano recorre algunos de los capítulos más delicados del siglo XX español.
Cuando se recuerda el 23-F, la luz suele enfocarse sobre el Rey, sobre los golpistas o sobre algunas imágenes icónicas de aquella noche, pero detrás hubo una red de decisiones individuales, muchas de ellas silenciosas, que marcaron la diferencia. Entre todas ellas, la del capitán general que se negó a sacar los tanques es una de las más claras. Su origen coruñés y su larga relación con Galicia añaden además un elemento de memoria propia a una historia que nos toca de cerca.