e acerca a los cincuenta y esta mujer muestra en su porte, en el cuidado de su persona, en sus formas educadas y en la riqueza de su vocabulario de dulce acento centroamericano que tuvo una vida confortable antes de ser limpiadora itinerante de pisos, a 9,95 euros la hora, seguros incluidos.
Trabaja para una empresa que envía a personas diferentes cada vez que se le demandan y esta era la primera vez que venía a nuestra casa a esta señora venezolana, que mostraba natural, inconscientemente, una antigua distinción.
Inspiraba curiosidad y le preguntamos por su vida y su país. Era farmacéutica, universitaria, tenía empleados, y no se había preparado, digámoslo en la clasista expresión española, “para servir”: tenía quienes le hacían ese trabajo mientras atendía su céntrica botica caraqueña.
Recibió a Hugo Chávez y su presidencia de 1999 con una mezcla de curiosidad y aprensión, pero no con hostilidad: el antiguo militar juraba que eliminaría la corrupción del país y repartiría bienestar.
Pero enseguida todo fue a peor, con más corrupción, con el país…
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