Cuando pensamos en los grandes logros del Imperio romano, solemos imaginar acueductos, calzadas infinitas o colosales anfiteatros. Sin embargo, hay un protagonista silencioso y aromático que acompañó a legionarios, campesinos y ciudadanos a lo largo de siglos de historia: la castaña.
Este fruto modesto, proveniente del árbol Castanea sativa, se convirtió en una pieza clave tanto en la dieta como en el paisaje europeo durante el auge y declive de Roma.
Lejos de ser solo un tentempié otoñal, las castañas fueron testigos directos —y comestibles— de los cambios sociales, económicos y ambientales que marcaron la historia antigua.
De hecho, su expansión por el continente está tan entrelazada con las rutas romanas y la ingeniería agrícola que hoy los arqueólogos pueden trazar el avance y retroceso del imperio casi como si siguieran las huellas de sus árboles.
El bosque reinventado: cómo los romanos transformaron Europa
En tiempos prerromanos, el castaño ya era conocido por griegos y pueblos itálicos. Pero fue con el empuje de Roma cuando este árbol adquirió estatus de “cultivo estratégico”. Los romanos no solo expandieron sus ciudades y su influencia militar; también modificaron radicalmente los bosques europeos. Así, el castaño se plantó masivamente en regiones tan dispares como Galia (hoy Francia), Hispania o Britania.
- La razón era sencilla: este árbol proporcionaba un fruto nutritivo, fácil de conservar y apto para moler y convertir en harina. En momentos de escasez de trigo o cebada, las castañas se convertían en pan para pobres… y para soldados.
- La transformación fue profunda: allí donde antes crecían robles o hayas, surgieron “soutos” o bosques de castaños cuidadosamente gestionados por generaciones. El paisaje rural europeo cambió para siempre bajo la sombra de estas copas.
Una economía bajo la corteza: alimentación y rituales
No todo era pan duro ni sopa aguada. Las castañas también tenían su lugar en banquetes rurales e incluso rituales religiosos. En época romana, durante los festivales dedicados a Cibeles o Ceres —diosas asociadas a la fertilidad— estaba prohibido consumir cereales; las mujeres sustituían entonces el pan tradicional por panecillos de harina de castaña. Y aunque algunos autores antiguos como Galeno advertían sobre sus efectos secundarios (“hinchan y provocan ventosidades”, decían con sorna), nadie negaba su valor energético ni su capacidad para mantener a raya al hambre.
Pero ¿cómo sabemos todo esto? La respuesta está en la arqueobotánica: cientos de excavaciones han sacado a la luz restos carbonizados de castañas en villas, campamentos militares e incluso bajo las cenizas de Pompeya. Curiosamente, este hallazgo ha generado debates científicos sobre la fecha exacta de la erupción del Vesubio: ¿fue en verano u otoño? La presencia de frutos otoñales como granadas y castañas sugiere que quizá ocurrió más tarde de lo que se pensaba tradicionalmente.
Ciencia entre ramas: curiosidades modernas sobre un fruto milenario
Hoy sabemos que las castañas aportan hidratos de carbono complejos, potasio, fósforo y vitaminas del grupo B. No contienen apenas grasas, lo que las diferencia notablemente de otras nueces o frutos secos. Frescas son difíciles de digerir (según Galeno “dan dolor de cabeza si se comen muchas”), pero cocidas resultan ideales para dietas hipercalóricas o incluso como remedio suave para estómagos delicados. Durante siglos fueron “el pan de los pobres” en regiones montañosas del norte peninsular hasta la llegada masiva del maíz y la patata tras el siglo XVI.
¿Y sabías que…?
- Una castaña aporta unas 37 kcal según estudios nutricionales modernos.
- En Lugo y Ourense se cultivan hoy algunas de las variedades más apreciadas del mundo.
- El término “landras de Júpiter” fue usado por griegos antiguos para referirse a ellas; Plinio consideraba que eran alimento propio tanto para los humildes como para los dioses.
Ecos del pasado: legado botánico e incógnitas históricas
La expansión romana del castaño no solo sirvió para combatir el hambre. También dejó una huella genética: estudios actuales demuestran que muchos bosques europeos son descendientes directos de aquellos plantados por ingenieros imperiales hace dos mil años. Incluso hoy algunos “castañares” centenarios marcan antiguas rutas militares o delimitan viejas villas romanas.
Por si fuera poco, el debate sobre Pompeya sigue vivo gracias —en parte— a este fruto humilde. Investigaciones recientes han demostrado que es arriesgado aplicar nuestros modelos agrícolas actuales a épocas antiguas: los ciclos climáticos eran diferentes y las técnicas de conservación podrían haber permitido consumir castañas frescas incluso fuera del otoño. Así pues, cada vez que pelamos una castaña asada podemos estar masticando un pequeño misterio histórico.
Anécdotas y curiosidades científicas:
- En el siglo XVI hubo años tan duros en Italia que no quedó ni una sola castaña sin recolectar para hacer pan.
- Los gallegos usaron harina de castaña como base alimenticia hasta mediados del siglo XX.
- Dioscórides recomendaba las castañas como antídoto contra ciertos venenos (aunque no hay evidencia científica actual que lo respalde).
- Algunos árboles plantados por legionarios aún viven en bosques europeos: auténticos testigos vegetales del paso romano.
- Científicos han conseguido rastrear cambios climáticos históricos estudiando los anillos milenarios del tronco del castaño.
En definitiva, pocas veces un fruto tan sencillo ha estado tan ligado al destino —y al declive— de una civilización entera. Como diría un romano tras una larga jornada: Nihil sub sole novum… salvo quizás encontrar otra historia tan sabrosa bajo una simple corteza marrón.

