Tintín es un héroe del catolicismo, impregnado del ideal del escultismo
(Denis Tillinac, en L’Osservatore romano).- Tintín no es un católico identificable como tal. No reza a Dios cuando la muerte lo amenaza, y nunca se lo ve en una iglesia. Una breve alusión a san Juan Evangelista refleja un cierto residuo de catecismo. El ángel custodio del capitán Haddock y el de Milù, en guerra abierta con un diablo imaginario, suscitan una sonrisa. La religión – Incas, culto del Sol, budistas, musulmanes- es la de los demás, hay que respetarla, perpetúa una cultura y, en este plano, Hergé sería más bien relativista.
El tesoro de los Incas (El Templo del sol) o la sepultura de los faraones (Los puros del faraón) deberían quedar al margen de la curiosidad de los occidentales. Sólo dos veces un «¡Que Dios tenga su alma!» se le escapa a Tintín, cuando llega a saber de la muerte de un japonés maléfico (El Loto azul) y de dos filibusteros de altamar (El Tesoro de Rackham el Rojo). Por lo que atañe al milenarismo, tuvo lo que se merecía con aquel ilustrado que, en La Estrella misteriosa, anuncia el fin de los tiempos sonando su gong.
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