(PD).- Algunos, ni fuera del campo aciertan. Emmanuel Petit, que jugó en el Barcelona hace ocho años, ha publicado un libro en el que no deja títere con cabeza. Mención aparte merece el capítulo en el que el jugador recuerda su estancia en el equipo español. Aquí van algunos de los extractos del libro:
En Inglaterra cobraba 150.000 euros al mes, por lo que pedí el doble a Gaspart. El dudó pero al final me dio su acuerdo. Todo iba bien hasta que llegué, donde fuí recibido por el consejo de administración; unos verdaderos liantes. Parecían vendedores de alfombras. Lo discutieron todo y yo les amenacé con volver a mi hotel si no llegábamos a un acuerdo. Al final, aceptaron mis condiciones a las 4 de la mañana.
Me incorporé al equipo más tarde, en el stage de Holanda. Llegué a la disputa de un partido amistoso y cuando entré para conocer a mis compañeros, la mayoría de ellos no me prestaron atención ni me saludaron. En poco tiempo vi que había tres clanes bien establecidos: los catalanes, los holandeses y los demás. Adiós a la unidad.
La noche de mi llegada, el ‘míster’ le pidió a Dutruel, el otro francés de la plantilla, que me hiciera de traductor. Richard, visiblemente avergonzado, me pidió que no me riera, pero que el entrenador quería saber cuál era mi posición en el campo. ¡No me lo podía creer! Pensaba que era una broma. Pero ahí tomé consciencia de que mi presencia formaba parte de las ambiciones políticas de Gaspart para trepar hacia la presidencia.
Serra Ferrer era un payaso y un incompetente. Jamás había visto una cabeza de canica como la suya.
Perdimos conta el Besitkas (3-0) jugando de forma catastrófica. En el avión de vuelta, los periodistas catalanes me preguntaron si eso era por falta de carácter y asentí con la cabeza. Al día siguiente, la prensa puso en mi boca ‘Al Barça le faltan cojones’. La reacción del vestuario no tardó en llegar. Antes del entrenamiento, Luis Enrique, Guardiola, Sergi y Abelardo me llevaron a una sala. Parecía la escuela, en pleno consejo de disciplina.
A partir de ese momento mi suerte estaba echada, me convertí en un apestado a quien no había que acercarse para no contaminarse.
En un partidillo entre titulares y suplentes, en el que ganábamos sin problemas, entraron en cólera cuando salvé un gol del contrario. Yo alucinaba. Le pedí explicaciones a Serra Ferrer y Bakero me pidió ser un poco más receptivo. Estuve a punto de partirle la cara a ese retaco, quien me había hecho soñar cuando era joven.
Pedí autorización a los técnicos para irme, cosa que rechazaron y me tomé muy mal. Tenía muchas ganas de mandarlo todo a la mierda. Incluso llegué al punto en el que tuve ganas de hacer daño a alguien. En mi garaje me instalé un ‘punching ball’ para librar adrenalina.
No tuve suerte; me encontraba en el peor periodo del Barça, en un grupo en declive, podrido por los clanes. Llegué a un punto de no retorno. Cuántas veces me fui del entrenamiento llorando. No eran lágrimas de tristeza, eran de nervios.
