El Bernabéu fue un volcán dormido que, a punto de estallar, se contuvo sobre la bocina. En el minuto 100, cuando la bronca ya calentaba las gargantas, Mbappé asumió el último balón, engañó a Batalla desde los once metros y liberó la tensión en un suspiro. El Madrid ganó. Pero ganó de milagro.
El arranque prometía otra historia. Vinicius, tan señalado como imprevisible, pidió palmas en vez de pitos y respondió con un golazo de museo: dos amagos, una escuadra y un beso al escudo. Parecía el bálsamo perfecto para reconciliarse con su gente. Sin embargo, ni su destello ni la efervescencia inicial alcanzaron para cambiar un partido que pronto se torció.
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— Real Madrid C.F. (@realmadrid) February 1, 2026
La lesión de Bellingham a los ocho minutos enfrió el ánimo. Sin su brújula, el Madrid volvió a su versión más plana. El Rayo, descarado, aprovechó los espacios y empató en la reanudación con un zapatazo de De Frutos tras una jugada trenzada por Álvaro García. En el Bernabéu volvieron los silbidos, cada vez más densos, cada vez más impacientes.
Ceballos, entrado al descanso, fue lo más parecido a un faro en mitad del desconcierto. Dirigió, empujó, rozó el gol. Y también sufrió una entrada temeraria de Pathé Ciss que dejó al Rayo con diez. A partir de ahí, el Madrid se lanzó al todo o nada: un tiro al palo de Camavinga, una mano salvadora de Batalla, un Bernabéu que cambiaba la pitada por el rugido.
Hasta que, en el minuto 98, Brahim cayó en el área ante Mendy. El penalti fue tan claro como desesperado. Mbappé tomó la pelota con gesto seco y mirada fría. Su disparo, ajustado, salvó tres puntos y evitó una catarsis.
El Madrid sigue ganando, pero no por fútbol: lo hace por inercia, por coraje o por destino. Arbeloa, con el gesto tenso, respiró hondo al escuchar el pitido final. El Bernabéu no aplaudió: apenas se dio media vuelta. El alivio no fue júbilo. Fue resignación envuelta en victoria.

