Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

¿Laicidad, aconfesionalidad, o… depende?

 

El artículo 16.3 de nuestra Constitución establece lo siguiente: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.”

¿Es entonces España un Estado laico, aconfesional, católico, apostólico y romano o … depende?.

Antes quizá convenga aclarar las diferencias entre un Estado laico y uno aconfesional. Un Estado laico es el que practica la neutralidad en materia religiosa, por lo que no ofrece apoyo ni oposición explícita o implícita a ninguna confesión religiosa, siendo aconfesional el que actúa de forma similar a como se expone en el mencionado artículo 16.3 de nuestra Constitución.

Así las cosas, claramente podemos asegurar que, al menos sobre el papel, España es un Estado aconfesional, aunque en realidad está mucho mas cerca de ser un Estado puramente confesional, exageradamente confesional, un Estado en el que rige un Concordato con la Santa Sede firmado en 1953, hace ahora la friolera de 63 años, modificado por acuerdos de 1976 y 1979 relativos a la enseñanza, asuntos económicos, militares, etc. y con la explícita mención constitucional de la aconfesionalidad, aunque sea tal el contenido del Concordato, que en la práctica el país se encuentra bastante lejos de la aconfesionalidad y mucho mas lejos de la deseable laicidad para un Estado moderno actual, propósito perseguido por más de un gobierno en democracia, pero que finalmente ni uno solo, por temor electoral, se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato.

Hace unos días, publicaba en este mismo medio un par de artículos directamente relacionados con este que me propongo acometer. Al primero de ellos lo titulaba “Dignificar el calendario” y, “De reyes, reinas, reinonas y otras gilipolleces” al segundo. Ambos hacían referencia a algo que, afortunadamente, poco a poco la sociedad empieza a cuestionar, aunque como viene siendo habitual en esta sociedad de vacío intelectual que padecemos, de forma superficial, con resentimiento y sin alternativas razonables. Me refiero al cuestionamiento de unas fiestas de carácter religioso con apoyo oficial en un Estado tan aconfesional, como de España proclama nuestra Constitución.

En esta época del año, y en un intervalo de un par de semanas, se celebran tres fechas tradicionales en nuestra sociedad, dos de ellas religiosas (navidad y reyes) y la tercera puramente laica (cambio de año).

Lo curioso del caso es que ninguna de las tres responde al hecho en sí que pretende celebrar y que, sin embargo, con todas y cada una de ellas se ha estado engañando al personal desde siglos atrás, hasta el punto de formar incluso en ello a nuestros inocentes descendientes (el engaño y el adoctrinamiento siempre ha sido precoz en España), de tal forma que aun es mayoría el monte de ¡adultos! que sigue creyendo, a pies juntillas e incluso con intransigencia hacia posturas opuestas, en tales fantasías, por otra parte, sorprendentemente incuestionadas por parte de nuestros medios públicos de comunicación.

La primera, en la noche del 24 de diciembre y el siguiente día 25, conocida como la Navidad, celebra el supuesto nacimiento en Belén y en tal fecha de Jesús de Nazaret, ahora hace 2016 años.

Hoy sabemos, y podemos exponerlo sin riesgo de ser condenados a la hoguera, gracias a la independencia y la libertad de que goza la sociedad civil, que a ciencia cierta, casi nada se sabe sobre el personaje en cuestión y menos de su nacimiento, pues ni él mismo dejó nada escrito, ni existe historiografía sobre el particular, de manera que todo lo “conocido” es preciso beberlo en fuentes propias y parciales de sus discípulos, escritas cerca de un siglo después de acaecer, por quienes no conocieron de primera mano nada sobre el particular, en textos modificados, interpretados y reinterpretados con asiduidad a lo largo de los siglos, y siempre tras la obsesión judía de hacer coincidir todo lo remarcable con supuestas profecías a las que someterse, profecías que, por otra parte, regularmente solían fallar más que una escopeta de feria. Tal es así que de las investigaciones sobre el particular, podemos deducir con relativo rigor, que el personaje, realmente extraordinario e inimitable, no nació en Belén, sino en Nazaret y concretamente entre el año 4 al 7 a.C., con lo que hace 2016 años ya tendría alrededor de 6 años, que la época del año no parece ser esta, que no hubo ni burro ni buey (esto lo asegura incluso el propio Ratzinger), ni bastantes otras cosas, al parecer mas trascendentes para los creyentes, que configuran todas ellas el panorama navideño.

La siguiente de tales fechas es la que conmemora el final e inicio de año, esta ya de carácter laico pero también modificada y adulterada por la misma confesión religiosa, por su necesidad, a la hora de confeccionar el calendario gregoriano, de hacer que se cumplieran ciertas determinaciones de carácter religioso relacionadas con la pascua (ver de nuevo “dignificar el calendario”), cuando el inicio de año debería, a efectos astronómicos propios de un calendario, hacerse coincidir con el solsticio de invierno, unos 9 días antes, pues tal y como se regula no se corresponde con fenómeno astronómico alguno.

Finalmente, el tercero de esta tríada, lo constituye la celebración de la adoración de los reyes magos como cúlmen de la fantasía. Se trata quizá, sino del primero, si de los mas conocidos episodios de ciencia ficción jaleados a lo largo de la historia. Lo de una estrella iluminando un portal, es de una imaginación desbordante pero de una ignorancia alarmante, a la par que toda una serie de señores alados anunciando la buena nueva. Hoy sabemos, por otra parte, que no existe documentación histórica de visita alguna de reyes o magos al rey Herodes, y menos de una persecución de este a recién nacidos con su correspondiente matanza (la trascendencia del hecho hubiera sido objeto de cumplida documentación por parte de Flavio Josefo), ni de trayectoria con origen en oriente de tales personajes, cuyo proceder sitúa el propio Ratzinger sorprendentemente en la bética, en su pintoresco librito sobre la infancia de Jesús.

Es evidente que la religión católica ha tenido un protagonismo descomunal en nuestro pais, con una influencia absoluta sobre todo y sobre todos a lo largo de unos siglos en los que la intransigencia más absoluta ha presidido todo tipo de aleccionamientos, pero también lo es que el ciudadano ha evolucionado, que la fe, al cobrar menor efecto la amenaza de la Inquisición, el poder temporal de la Iglesia, los infiernos (negados por el propio Papa actual) e ir avanzando el conocimiento, va siendo ya algo residual e inversamente proporcional al propio conocimiento, pues ninguna fe se necesita en aquello de lo que ya se tiene certeza (nadie “cree” que dos y dos sean cuatro), por lo que ya no parece que proceda, al menos oficialmente, seguir con ese protagonismo de fantasía en un Estado aconfesional, y menos en uno laico, en una época en la que es harto conocida la irrealidad de tales efemérides.

Hoy estas fiestas se reducen a celebrar unos días de reunión y concentración familiar, de agasajos a los mas pequeños y de buenos deseos, algo que no precisa para nada de soporte religioso alguno, cuyas fantasías, no obstante, podrían perfectamente perdurar de ser tomadas como parte del recuerdo de una mitología histórico-religiosa, pero que son absolutamente impresentables en el momento en el que se les pretende dar autenticidad y transmitirlas como la celebración de algo real a nuestros hijos, en esos años de niñez en los que cualquier enseñanza cala y se asienta profundamente, con independencia de su valía o de su autenticidad. Nada tan fácil, por otra parte, de inventar o de sacarse de la manga de cara a los niños, y sin necesidad de engañarles, como cualquier motivo para seguir festejando algo que nos lleve a la alegría, la sorpresa, el regalo, la emoción, la solidaridad, los buenos deseos o la exaltación de cualquier otra virtud propia del ser humano, que nos invite a obsequiar a nuestros pequeños y a mantener la ilusión en unas fechas que para nada han de ser necesariamente dependientes de religión alguna. Tradiciones tan ajenas a las nuestras como Papá Noel, Halloween, o el recuperado Carnaval, producen similares motivos de alegría en nuestros menores sin necesidad de hacerles creer fantasía alguna.

No se trata de ridiculizar una creencia, mas o menos infantil, tal y como se ha empezado a manifestar con cabalgatas de reyes y reinas, o de reinas en exclusiva, disfrazadas de lagarterana de barra americana o de pitonisa televisiva nocturna. Estamos en un Estado aconfesional pero también democrático, en el que cualquier opinión, creencia o teoría, han de ser expresables, toleradas e incluso respetado su proceder, siempre y cuando no pretendan imponer tales creencias, sus consecuencias y manifestaciones a una colectividad, como ha venido siendo norma a lo largo de los siglos. Afortunadamente y gracias a la libertad que la sociedad se ha dado, las religiones disponen hoy en día en España de locales suficientes como para albergar en ellos todo tipo de manifestaciones propias de unas creencias que bien pueden sustentar sus destinatarios.

A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, por lo que si ese es el camino, marcado sabiamente por el propio nazareno cuyo reino decía no ser de este mundo, caminemos, pero con el suficiente respeto y consideración, dejando que los creyentes practiquen su credo en sus casas y en sus instituciones y que la sociedad civil celebre con la misma alegría aquellas virtudes que nos lleven a vivir en paz, en tolerancia y sin enfrentamientos, respetándonos, bien si se practica una religión, otra o ninguna, pero dejemos ya de tratar creencias como si de verdades incuestionables se tratase, sobre todo de cara a los mas indefensos, a quienes se les incita a comulgar con historias mitológicas de dudoso fundamento.

Una cosa es ser un Estado aconfesional, en el que los medios públicos de comunicación informen sobre ser estas unas fiestas en las que los católicos celebran su creencia en el nacimiento de su Dios y en la adoración al mismo por parte de unos reyes magos, creencia que celebran con una cabalgata en la que escenifican los supuestos hechos, y otra muy distinta es asegurar en todos los medios el nacimiento del Dios hecho hombre, adorado por unos reyes magos en Belén, para lo que el ayuntamiento de que se trate ha organizado y pagado (con los impuestos de todos) una cabalgata para la celebración de tal acontecimiento, pues esta última información y sus correspondientes hechos, caracterizan claramente a un Estado confesional como lo es el nuestro en realidad.

Es evidente que un futuro gobierno ha de plantearse de una vez por todas la denuncia del Concordato, la modificación de la Constitución para, entre otras cosas, convertirnos en un Estado laico de verdad, como lo son actualmente los mas avanzados, garantizar la libertad de culto y establecer un acuerdo de Derecho Internacional con el Estado Vaticano en el que se puedan contemplar acuerdos económicos y de servicios perfectamente equilibrados en orden a compensar servicios sociales prestados por la Iglesia Católica (justo es reconocerlo) con la ayuda a la preservación del enorme, magnifico, e insustituible patrimonio digno de conservación con el que cuenta el Vaticano en España, dejando para las Iglesias y colegios asociados, la práctica de sus creencias en plena libertad de culto.

De momento, España en materia religiosa… depende.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

Lo más leído