José María Redondo Tortosa nos manda el articulo de rabiosa actualidad:
En este artículo no pienso alabar ni criticar (si es que hubiera sido necesario) a quienes tienen la responsabilidad de elaborar, proyectar y realizar los actos de esta fiesta tan entrañable, sobre todo para los niños.
Ni me pareció mejor ni peor que la de años precedentes, estuvo entretenida y los niños se divirtieron de lo lindo porque ellos no saben comparar, ni creo que lo harían si supieran hacerlo. Su ilusión estuvo a tope y sus risas nos alegraron el alma a los que los acompañábamos.
Con mi esposa, mis consuegros y mi hijo (mi nuera trabajaba) llevamos a mi nieto -que todavía no tiene dos años- y lo pasamos en grande al verle palmotear y asombrarse cuando veía las carrozas, se montaba en un burro y nombraba a los Reyes Magos por sus nombres, aunque con su media lengua.
Miraba a mi nieto cuando, en brazos de su abuelo materno o de su padre, señalaba con su dedito al camello de cartón que iba en una carroza, o a los pajes, a los músicos, las carrozas o cualquier elemento que le causara sorpresa por ser la primera vez que llegaban a su mente las imágenes que tan gratas le resultaban.
Y acudían a la mente mis años infantiles, allá en mi pueblo andaluz, en aquellos tristes años de la posguerra. Y mis ya cansados ojos volvían a nublarse porque el salitre intentaba surgir. Miraba a mi nieto y se me alegraba el alma porque él va a tener muchos regalos que le harán sus padres, sus cuatro abuelos y sus muchos tíos.
Ha nacido en un país muy distinto al de su abuelo; su yayo no tuvo nunca un juguete, todo lo más que llegaron a llevarle los Reyes Magos fue un puñado de caramelos que, eso si, le sabían a gloria bendita.
Ahora los Reyes Magos tienen un trabajo descomunal, deben transportar miles de toneladas de juguetes y llevarlos a los niños y niñas de todas las ciudades, pueblos, aldeas y villas de España. La tecnología moderna les ayuda en tan ímproba labor, de no ser así los niños españoles se quedarían como nos quedábamos nosotros, chupando el caramelo con delectación.
Fueron más de dos horas de pie en las aceras de la calle Aniceto Coloma con la tarde-noche algo fresquita. Los pies se me helaron y tuve que estar constantemente dando pequeños saltos, bailoteando como si tuviera el mal de San Vito para que no se me conjelasen, pero lo soporté todo por mi nieto. Al llegar a casa llené con agua muy caliente un vidé y los tuve dentro hasta que desapareció el helor.
Pero tuve tiempo para pensar, en algo había que entretener la mente, y como el protagonista era mi nieto lo miraba y le pedía al Topoderoso que le diera salud, felicidad y bienestar. Que nunca perdiera la ilusión en los Reyes Magos.
Carlos, las generaciones de tus abuelos y de tus padres le han cambiado la piel a España; de un país con las fronteras cerradas a cal y canto, que nosotros heredamos, te dejamos una sin fronteras, unida a la Europa de la abundancia y del bienestar. Tú no sabras -se lo pido a Dios, lo que es el hambre, el frío, los harapos, la falta de libertad y aunque sigan existiendo desigualdades, podrás denunciarlas y criticarlas, nosotros teníamos que aguantarlas y callar.
Regresar a aquello es casi imposible, ya no dependemos de nosotros solamente, estamos enganchados al carro de una de las partes del mundo más importantes y ricas, y espero y deseo que para siempre.
Pero debo volver a la cabalgata. Cuando los vi aparecer si que lloré, era irremediable que las lágrimas aflorasen porque los considero lo más puro de esta sociedad hipócrita y malsana donde pululan personajillos que con su asqueroso proceder ensuncian todo cuanto tocan. Pero a éstos no los contaminan porque tienen el alma de terciopelo.
Creo que ya habrán averiguado a quienes me refiero. Si, eran los hombres y mujeres acogidos en Asprona que iban aporreando los tambores, con sus sonrisas, con su alegría, con las mismas ilusiones que mi nieto. Su dignidad hizo que me sentiera un alfeñique a su lado.
Son mis amigos desde que, hace ya algunos años, les di una conferencia en la antigua sede de Asprona. Desde entonces, cuando me ven, se paran para saludarme y hablo con ellos y se acrecienta más si cabe el cariño y el respeto que infunden unos seres que, como mi nieto, están limpios de maldad, de hipocresía, de falsedad.
Son ángeles a los que solo les faltan las alas.
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