Decepción Hormigos y el Interviú

Lo que nos fascinó de Hormigos, de Olvido, fue la veladura, sus pechos preciosos sobre un cuerpo que se adivinaba delgado, pero contundente. Lo que nos fascinó fue lo que no veíamos. Sabíamos lo que hacía, sentíamos (en su doble y preciosa acepción popular) sus gemidos, pero no veíamos su mano acelerando y frenando, bajando y entrando, apretando tan dulce como el Olvido de su nombre. Estremecía su belleza de hembra entera y adúltera, y nada más abismal para un placer extremo que el pecado.
Desde Adán, saben las Evas que se nos pierde con lo prohibido, con lo ajeno, con la mujer que mira al otro y lo llama negándose. Olvido era para perderse, y no con el primer futbolista sin seso que apareciese. Ella era para mucho más, para un hombre que supiera arrastrarse por ella, sí, pero también arrastrarla, llevarla al olvido. Al de sí misma. Una mujer dispuesta a romper con todas las convenciones, tan caliente como para exhibirse gozando y prometiendo el gozo, una promesa de entrega absoluta, de delicadeza y navaja, de humedad acerada, condensada hasta el grito, no podía convertirse en una mera muñeca vulgar, digitalizada por ordenador y no por las manos sabias de un hombre que sepa lo que toca. Olvido era para indagar. Para recrearse, para recorrerla hasta el último rincón, para alzarla como enigma y canción.

Su Interviú la convierte en lo que, penosamente, sospechamos ahora que siempre fue: una chica sin más complejidad que la de aquellas que en mi juventud se liaban con los viajantes de comercio. Esa foto de portada, esos labios rojos que te sobrepasan de vulgaridad, ese pelo falso, destruyen toda aquella miel que intuíamos, y te convierten, querida, en otra rubia más de botellón. Has querido volver a ser tuya, sin entender que ya eras un poco nuestra. Tu vídeo te había convertido en patrimonio de los que amamos a las mujeres libres y sagaces, a las hembras que nos saben atar al Deseo. A la promesa, al celo, al vicio que nos renueva y no se agota nunca. A las que huelen a hembra, a la carne mortal y no la de ficción. Te hicieron creer que era tu cuerpo lo que nos atraía, una belleza que hoy sabemos banal. Pero eras tú. Pudiste ser una diosa, pero nadie te advirtió de que las diosas nunca se muestran.

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