La respuesta es, penosamente, obvia: porque no existe alternativa ni, por tanto, esperanza. La izquierda, que es la que maneja las calles, insiste en su demanda de un aumento del gasto público y del tamaño del Estado, que es el disparate que nos ha traído hasta aquí: comunidades, diputaciones, veguerías, mancomunidades, ayuntamientos, sindicatos y empresas públicas de todas y cada una de estas instituciones, creadas bajo la especie de agilizar la administración, y convertidas en la práctica en los nichos de empleo de esas únicas empresas de España que son los partidos políticos y los chupetines sindicales. Y la derecha liberal, que es la que debiera haber encabezado el desmontaje del socialismo (desnatado, zapatero, burgués, pero socialismo, lo de arriba, el Hiperestado) que ha llevado a España a la ruina, se desangra atrapada en su propio clientelismo, en las estructuras creadas por los socialdemócratas de las regiones, no tanto por razones ideológicas (que también, en el caso de los muchos socialcristianos del PP), sino por razones personales y familiares, el nepotismo tradicional de la Hispania imperial, extremado por las luchas partidarias y la perversa necesidad de reocupar las sociedades previamente tomadas como botín por los socialistas. 
Si a esto le añadimos el nacionalismo, que es totalitario por definición, y cuyas demandas incesantes obligaban (sí, para ser iguales, sí, señor Lara, estamos hasta los mismísimos de aguantar que sólo vascos y catalanes tengan derechos) a las demás regiones a obtener las mismas prebendas, cerramos el círculo nada virtuoso de una nación deshecha por un Estado gigantesco, informe, inmanejable y ruinoso.
Justo al revés de lo que la Historia nos enseña: las naciones siempre fueron construidas, ‘formateadas’, por los Estados. España es, una vez más, originalísima en su modo de hundirse: en primer lugar, porque su tragedia es que nunca llegó a ser un verdadero Estado moderno, igualitario, pues que no la dejaron los vascolanes. Y, en segundo, porque es ese no Estado el que acaba con ella, convertido en un cáncer de crecimiento imparable. El Estado es el cáncer de España, un tumor con el que nadie se atreve y en el que la corrupción no sólo es inevitable, sino que es su alimento y su consecuencia. Cuanto mayor sea su tamaño, cuanto más dinero maneje, cuanto más intervenga en las relaciones económicas y las vidas de las personas, más posibilidades hay, porque es humano, de que se dé la corrupción. Necesitamos justo lo contrario: un Estado pequeño, decente y fuerte, no este Estado-elefante y a la vez disgregado, débil y, por ello, corrompible y corrompido. 
Y lo que más desalienta es la confusión a que cretinos y canallas que se dicen revolucionarios han llevado a un pueblo que pide más cáncer, payo, que tengo poco. ¿Cómo se puede hablar de austericidio (erróneo término, pero acertado por sociata ignorancia logse: no es el asesinato del pueblo a manos de la austeridad, sino al revés: la muerte de la austeridad, aunque se diga lo contrario) cuando España en 2012 ha gastado 70.000 millones de euros más de lo que ingresó? Sin contar lo de los bancos. ¿Qué pijo de austeridad es ésta? Pero, claro, la izquierda (y traen como alternativa al ¡Partido Comunista!) no se atreve a desmontar el Estado porque es el suyo y es de lo que come. Y la derecha tampoco se atreve, además de por los propios, porque les tiene pánico a los nacionalistas, en lugar de ponerles el puente de plata que tantas cosas nos resolvería, empezando por aclararles a vascos y navarros que se acabó el concierto y que aquí tocamos todos o les van a pagar a ustedes las pensiones en Kosovo. 
Y así vamos, con una economía hecha estatua de sal y unos bancos que cogen dinero barato del Banco Central Europeo (la malvada Merkel, que nos paga las putas, con perdón, y nos quejamos) para comprar deuda cara del Estado, cuya inacabable necesidad de financiación drena la pasta que debería ir a la gente y a las empresas. Pero Espanya nos roba. Y es cierto. Lo que pasa es que viendo la deuda de cada comunidad, la que más nos roba es Cataluña. No, perdón, Catalunya, que es otra cosa.