Adiós al Tajo

O adiós a España, que es lo mismo. El fin del Trasvase del Tajo lo signó Zapatero al derogar el del Ebro, de la mano de la actual presidenta del PSOE, Narbona, a la que las lumbreras de su partido en la Región de Murcia, tras la última negativa a trasvasar del Gobierno de Fake Sánchez, acaban de pasear en procesión por estos andurriales, como una Virgen de la Sal.

Resultaba chocante verla en Jumilla, una zona a la que ella dejó sin la prevista agua del Ebro, allí, donde no hay otra ni la habrá en caso de ser necesaria. Cuando lleguen esas catástrofes horribles que anuncian desde la izquierda ‘catastrólica’, esas sequías que quieren combatir dejándonos sin coches, ¿qué van a hacer con la media región que no tiene ni tuvo nunca acceso al Tajo, y a la que acaso se podría haber atendido con los cientos de millones de litros que el Ebro tira al mar, que es el morir? ¿Qué podremos desalar, a más de cien kilómetros de la costa? ¿El bacalao?

Después de eso, se merecen cualquier cosa. Por ejemplo, el ridículo que tuvieron que sufrir el delegado y candidato Conesa y su plana mayor, el pasado miércoles, cuando se supo que, a partir de ahora, cada vez que caigan cuatro gotas dejará de venir agua. ¡Qué caretos, pobres, saliendo a decir que el Trasvase es irrenunciable el día en que les hacen oficial la renuncia! Hace años que debían haberse ido todos, exactamente el día en que Zapatero dejó a las regiones al sur de Cataluña condenadas a la sal, ya entonces por exigencia del nazional-socialismo culé y descangallado.

Y la pregunta viene desde ese instante, desde ZP: ¿Por qué el PSOE se pliega, hasta incluso hacerlos propios, a los intereses nacionalistas o regionalistas allá por donde va? ¿Por qué no hay mezquindad tribal, caciquismo paleto o feudalismo corrupto, como el catalán, que no encuentre acomodo, comprensión y apoyo en un partido que algún día fue español?

Recuerdo cuando, tras el acceso de Felipe González al poder, en 1982, la prensa internacional hablaba de un grupo de “jóvenes nacionalistas españoles” en un sentido muy distinto al de los “nacionalistas españoles” de hoy, que sólo quieren cargarse España; entonces significaba gentes que amaban su país y soñaban un futuro mejor, moderno, abierto, integrado en Europa y en el mundo.

Y el Trasvase, que no sólo riega parte de la provincia de Murcia, sino también Alicante y Almería, y hasta de Hellín, en la propia Albacete, fue concebido en la República, construido por Franco, culminado por UCD en la democracia, y administrado por el PSOE durante su puesta en marcha: era y es una verdadera obra nacional. Y por eso, claro, hay que cargársela.


Lo nefasto es la excusa, seguramente una de las ideas más peregrinas, tontucias y ruinosas de entre tantas que se han instalado entre nosotros en estos últimos años: la de la autarquía. Que Franco, por cierto, puso en marcha, forzado por el aislamiento internacional posterior a la 2ª Guerra Mundial. Pues bien, ahora, los antifranquistas sobrevenidos recuperan el franquismo –nadie lo es más que ellos- e instauran la nueva Expain de cada uno por su pelleja: que cada región se apañe con lo que tiene. Con lo cual, un ‘poner’, el centro de España le tendrá que echar a la comida puntas de pijo, porque sal no van a tener. Ni combustible, que entra por los puertos. Aunque, se supone, el futuro es que por los puertos no entre nada ni nadie comercie ni se ayude. Un Brexit universal. Y en el ideal ‘gilirevolucionario’ de la Transición Ecológica (que mira que son cursis), cada uno tendrá que autoabastecerse con lo que sea capaz de producir en su casa. O en su habitación.

En fin, desde que los romanos inventaron los acueductos, y los moros las acequias, está todo perdido de trasvases. Que, por cierto, sí son posibles dentro de cada región. Como, curiosamente, pasa en Cataluña, Vascongadas, la propia Castilla-La Mancha, Andalucía, Cantabria o Valencia. Sólo el Tajo-Segura (y el Taibilla) es una obra española. Todo es cuestión de mirada, de elevarse por encima del campanario para mirar. Y a España ya no la mira nadie.

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