ELEGÍA A MIGUEL HERNÁNDEZ,
cuyos ojos al morir no pudieron cerrarse.
Yo quiero ser cantando
el aprendiz de tu pericia en lunas
y en rayos que, incesando,
truecan las horas brunas
en luz y llama que en el verso aúnas.
Tu doble ojo en ausencia
la canción y el romance habrán helado,
mas la muerte en presencia
quiere ver, por tu vado,
fe, amor, pasión, vida que tú has mirado.
Labrador de más aire
y pastor de palabras que destellan,
perpetras el desaire
a penas, que se sellan.
Por faro en tu pluma, lumbre centellan.
Viento del pueblo has sido
y así aún resuena tu dulce aliento,
después de ser herido
por el temible acento
de guerra, celda, frío y sufrimiento.
Nanas de la cebolla
le diste a tu hijo hambriento de posguerra,
después que tu otra joya
matara el hambre, en guerra
contra España, contra ti y con la Tierra.
(Seguirá hasta 4 Partes)
Publicada en el libro «Castilla, este canto es tu canto. Parte II», julio 2014.


