Se escucha un fogonazo en los ojos (Relatos de barbarie)

Se escucha un fogonazo en los ojos (Relatos de barbarie)

SE ESCUCHA UN FOGONAZO EN LOS OJOS (Relatos de barbarie)

La historia de Constantino C.

de Juan Pablo Mañueco

Vídeo sobre el autor:

https://www.youtube.com/watch?v=HdKSZzegNN0

-TÚ, CONSTANTINO C., TE ha tocado hoy hacer el primer servicio del día. ¡Arriba, haragán, que es hora y tiempo para que trabajes!

-No puede ser. Aún no hace dos horas que me he acostado.

-Llevas más de cinco tumbado en el catre. Si no te has dormido, es problema tuyo, pero ahora tienes que levantarte antes que las gallinas. Para eso eres miembro de una de las compañías más laureadas de todo el regimiento. O te levantas o al calabozo, tú decides.

Constantino C. abrió los ojos y vio que al otro lado del barracón estaba nevando. Los copos se desplomaban como una porción de cielo que se desprendiera blanda, despeñándose desde lo alto como un río sin rumor que resbalara por el aire en busca de un suelo en que posarse, como busca un escuadrón de paracaidistas silenciosos una superficie de terreno sobre la que descansar de la fatiga del blanco vuelo.

Quizá Constantino C. hubiera permanecido unos segundos más viendo el planeo sedoso y uniforme de la nieve mientras caía al patio del barracón, porque era un espectáculo sedoso y manso que gustaba de ser contemplado, como primera gala con la que quería vestirse el día.

Pero no hubo lugar para ello. El vozarrón del mando repetía.

-¡Arriba, haragán! Hoy tienes trabajo.

“¿Y cuándo no?”, pensó para sí Constantino C. Pero nada dijo. Ni estaba para esas bromas él mismo, ni su jefe le hubiera pasado por alto el comentario.

“Ayer tuve que llevar a unos cuantos al tribunal. Hoy ya sé la tarea que me sobreviene. Son cosas concatenadas por la rutina. Llevamos así ya muchas semanas”

Tampoco dijo nada. Porque al que iban a fusilar no era a él.

En cambio, si se atrevía a rezongar cualquier cosa, a refunfuñar cualquier queja, a protestar cualquier lamento, a refunfuñar una reclamación, a protestar un solo quejido de insatisfacción, las cosas podían volverse muy en su contra.

Definitivamente, no era adecuado mascullar ni el más leve signo de contrariedad. Aquel invierno había comenzado muy crudo, y los descontentos se pagaban con el calabozo en cuanto se le presentase la oportunidad a algún superior de descargar sobre él su cólera o su malhumor debido a lo que fuera, a la nimiedad más insignificante que quisiera desatarse sobre él, mero subordinado.

El mando seguía despertando a la tropa que debía cumplir su misión de aquel día, con los malos modos que le permitían ser quien mandaba:

-Arriba tú, incompetente, cernícalo verde al que han dado un uniforme sin que te lo merezcas. Ya es hora de que sirvas a quienes te dan de comer, zopenco venido de donde Cristo perdió las sandalias, por lo bestia y rudo que pareces.

-Sí, señor –se apresuró Constantino C. a aplacar a aquella garganta atronadora, que, si no se le amainaba, prometía proferir más dulces maitines aún, a poco que se le dejase-.

Y el sonajero de la mañana acompañaba con algún golpe la orden de mando que acababa de exhalar su gañote, en voz tan alta como le parecía, sabiendo que aunque otros oyeran vociferar a su gaznate y no solamente el aludido por los cañonazos de su garguero, seguirían remoloneando en los camastros, haciéndose los adormilados, con tal de no escuchar las órdenes que se estaban dando en el desfiladero de la hoz de su cuello.

-“Definitivamente”, pensó Constantino C., mientras se ataba las botas y se ajustaba los botones del atavío áspero que le habían dado por uniforme de faena, “el ser humano no es tan malo. A nadie le gusta, formar parte de un pelotón de fusilamiento”.

“Mal hablado, sí; basta con ver el congosto de mala sombra con que se ha despertado el jefe para no dudar de ello”

“Eso es un desfiladero de sílabas que se van asustando las unas a las otras, para que ninguna vuelva la cabeza, según se enuncian, como un desfile mañanero”.

“Pero el ser humano no es tan malo, como los actos que a veces tiene que cometer”.

“Ésta es la prueba. Nunca hay voluntarios para formar parte de un pelotón de fusilamiento”.

Y como aún le quedaban correajes que ajustarse para sentirse plenamente un miembro de los cuerpos armados, al tiempo que miraba por el ventanal a los grupos de soldados que montaban guardia y que se habían acercado a una lumbre de leños que ardían en el centro del patio, para darse calorcito en las manos y en el cuerpo, le dio tiempo a pensar:

-En unos tiempos como éstos y en un destino como el mío, se ve claramente que no hay en el mundo lugar alguno para la verdad.

Se apretaba el cinturón cuando se dijo:

-Aquí dormimos cuando podemos, comemos lo que nos dan, hacemos lo que nos mandan, detenemos a quien nos ordenan, lo llevamos al tribunal que nos indican, fusilamos a quien nos ponen delante del paredón, cada mañana que nos toca servir a la nuestros superiores de este modo. ¡Y el resto del día cantamos que luchamos y lucharemos por la libertad…!

Le faltaba por añadir algo a su pensamiento:

-Pero si he de ser sincero, ni sé lo que es la verdad, ni el ideal por el que luchamos ni creo que haya conocido nunca el significado de la palabra libertad, que sin lugar a duda debe ser algo para mañana, porque ningún día la he visto formar al lado de ninguno de nosotros.

Constantino C. terminó de hebillarse el cinturón, y, después de eso, como mílite que se sabe bien su rutina, se fue hacia el patio nevado, después de coger el fusil que había limpiado concienzudamente la tarde anterior.

El fusil se guardaba en un pasillo interior barracón. Pero sin balas. No fuese que a algún soldado se le ocurriese pensar más de la cuenta por la noche y saltarse la cadena de mando entera. Y saltarle la tapa de los sesos a quien se le pusiese por delante, unos momentos antes de saltársela él mismo también. Si se terciaba.

Constantino C. fue a juntarse con sus compañeros que hacían guardia junto a la lumbre de troncos y leños, en el centro del patio.

Cuando se formó el pelotón completo, Constantino C. se había chamuscado y ennegrecido tanto las manos por sentir la llama cómo le vivificaba tan cerquita de la carne, que tuvo que limpiárselas con nieve, no de la que caía, sino de la que habían amontonado sus compañeros con palas en los laterales del patio. Como ya estaba licuándose un poco, era una bendición de agua refrescante que parecía calmar la soledad blanquecina de la mañana.

Luego les llevaron en un camión, ya equipados convenientemente y con las balas del cargador bien metidas en los fusiles, a las tapias del cementerio.

Aún no había amanecido, y nevaba; pero ya había claridad suficiente para que se distinguieran las sombras negras que caminaban cerca de las tapias. Avanzaban. Algunos se quejaban. Otros temblaban. Otros ni eso. Simplemente caminaban, sabiendo que si se detenían recibirían antes el sabor de unos cuantos culatazos y quizá antes de tiempo una ración incontable e ilimitada de balazos.

Mientras hay vida, hay esperanza.

Algunos casos se habían dado de condenados a muerte, que, en el último momento habían separados del pelotón de los convictos y penados.

-¿Eh, tú? El cuarto por la cola. ¿Es que no oyes?

-¿Quién yo?

-Tú, sí. ¡Quién va a ser! ¡Yo a ti te conozco! ¡Tú no deberías estar ahí! ¡Sal inmediatamente de esa formación!

Se habían dado casos. O tal vez alguien lo había soñado, y lo había repetido después, como un bálsamo que a todos protegiese hasta el último momento.

La esperanza es lo último que se pierde.

Está ocurriendo lo peor y aún no puedes creerlo.

Así es el ser humano.

Pero aquella madrugada nada de eso ocurrió.

Había llegado el alba, apenas. Blanca, lechosa, nevada. Pálidamente cana.

Y ya los dos pelotones estaban formados junto a las tapias del cementerio. Por fuera, no en tierra sagrada.

Por un lado, estaba el grupo de los soldados, perfectamente uniformados y pertrechados, con frío en el alma y hambre y hielo en el cuerpo. Pero obedientes al mando. Entre ellos, Constantino C., que, según se había levantado ese día, mientras cumplía con su deber, meditaba.

Constantino C. vio enfrente de ellos, entre el pelotón de aquellos que iban a fusilar a Marcelino M., al que había ido a buscar a la prisión la tarde anterior para llevarle ante el Tribunal, que debía juzgarle.

Constatino C., estaba seguro de que Marcelino C., no había hecho nada, para que estuviera a punto de entregar su vida frente al paredón del cementerio, aquel día de nieve, por la mañana.

Cosntantino C. estaba seguro que a Marcelino C., no le había dado tiempo en esta vida para hacer nada. Como no fuera pasar hambre y mirarle con la expresión atónita, boquiabierta y admirada, como ahora mismo pasmadamente le miraba.

Constantino C., seguía preguntándose donde estaba la verdad y al libertad, en aquella blanquecina, blancuzca, lactescente y nívea fría mañana.

Cosntantino C., eligió a Marcelino M., entre todos los que en el pelotón cercano a la tapia del cementerio le miraban. Le observó por encima de su punto de mira. Aún estaba boquiabierto, como quien no comprende nada.

Cuando el jefe del pelotón gritó:

-¡Fuego!

Fuego, en aquella horrible, fría, gélida, glacial mañana. ¡Fuego!, le gritaban.

Constantino C., pensó por un momento girar su fusil hacia aquel que tal orden daba. Fue un instante tan sólo. Un relámpago de libertad que cruzó por su mente esclavizada.

Pero la cordura volvió. Sin duda no era la primera vez que una idea como esa le había pasado por la mente a alguien cuya primera función del día era acercarse hasta alguna tapia, de alguna tierra, a primera hora de la mañana, y fusilarla.

La orden había venido desde atrás. Quien lo había mandado, sabía los recovecos de la razón humana en aquellos instantes, y buscaba el refugio de atrincherarse desde atrás del pelotón de hombres que mandaba, por si alguno, en aquel instante, llegaba hasta el límite de lo que podía soportar y se rebelaba. En busca de la libertad, se rebelaba.

Cosntantino C., no hizo eso. Oyó la orden que se le daba, y mirando por su fusil a Marcelino M. levantó el dedo del gatillo y lo dejó al frío aire de la mañana.

Sí escuchó la detonación de la salva de sus compañeros de pelotón. La descarga le hirió en la mirada, sus ojos la sufrieron casi tanto como quienes estaban al lado cercano de la tapia. Fue un fogonazo de desolación en la neblinosa y nivosa mañana.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

Lo más leído