El territorio de Castilla, su variedad y amenazas (texto de 1978)

 

EN EL AÑO 1978, en prensa, y luego en 1980, en libro, publiqué este texto, que aún tiene cierta vigencia, al menos como estado de la cuestión al principio de la Transición española.

 

 

EL TERRITORIO DE CASTILLA, SU VARIEDAD PAISAJÍSTICA Y LAS AMENAZAS ACTUALES DE DISPERSIÓN.

 

 

LA HISTORIA RECIENTE DE los últimos siglos de Castilla no es más que un proceso constante hacia la desintegración

 

Dicho proceso desintegrador cabe apreciarlo en todos los órdenes: político, económico, demográfico, territorial…

 

He aquí algunos de los hitos que jalonan esta trayectoria de decadencia y de abatimiento desde el momento en que, antes de la llegada al trono castellano de Carlos I, Castilla, la Corona de Castilla, ya se había convertido en el reino más poderoso no ya de España, sino también de Europa y del mundo, con intereses, dominios y descubrimientos en todos los continentes conocidos

 

La Monarquía absoluta de los Austrias arruinó el poderío de nuestras ciudades y sujetó políticamente a las Cortes de Castilla, después de la Guerra de las Comunidades, iniciando además un proceso de abusiva tributación que acabó por esquilmar y empobrecer nuestra potente economía anterior en beneficio de los intereses familiares y personales de los Habsburgo, y de sus guerras particulares por Centroeuropa, donde a Castilla nada se le había perdido.

 

La Monarquía absoluta del siglo XVIII declaró disuelta la Corona de Castilla, que hasta entonces había sido una entidad distinta a las restantes Coronas de España y de la Monarquía hispánica, aunque en algunas cuestiones jurídicas como el mantenimiento de las Chancillerías de Valladolid y Granada, aún esta Corona continuó existiendo hasta el siglo XIX.

 

La Monarquía liberal del siglo XIX dividió nuestro territorio en arbitrarias provincias, en 1833, apareciendo por primera vez la provincia de Santander, desgajada de la de Burgos, que hasta entonces llegaba hasta el mar, y la de Logroño, amputada de las provincias de Burgos y de la de Soria.

 

La época de Franco nos despobló demográficamente hasta convertirnos en la zona más deshabitada de Europa. Entre los siglos XVI y XX, pues, Castilla había pasado de ser el país más potente del mundo a reducirse a la región furgón de cola de Europa y, por supuesto, de España.

 

Los primeros años de la Transición española nos quisieron expoliar hasta nuestro propio nombre, mediante proyectos como la “Región Centro”, la “Región Norte” y la  región “Cuenca del Duero”

 

La “Región Centro”, con criterio economicista llamaba así a Madrid y a las provincias de su entorno tanto de Castilla la Vieja como de Castilla la Nueva.

 

La “Región Norte”  fue otro proyecto tecnocrático que quería integrar a las Vascongadas más Santander y Logroño.

 

Por último, la “Cuenca del Duero” quería  integraría bajo este nombre a los provincias por las que pasa este río, exceptuando (además de Segovia y Ávila, a las cuales se destinaba a la criatura territorial primera) también  a la de Soria, que en tan delirantes proyectos pretendía adscribirse a Aragón.

 

Y ahora también, recién estrenada  la Democracia, además de consagrar nuestro subdesarrollo y despoblación, sin hacer nada para evitarlo ni hablar siquiera del problema, parece dispuesta a arrancarnos las partes de nuestro territorio más esenciales (Santander y Logroño, recordemos: parte no sólo de Castilla, sino de la mismísima provincia de Burgos hasta el XIX) para, dándoles otro nombre distinto al suyo tradicional, convertirlas en entidades distintas y sin relación ya con Castilla.

 

Sorprendente, decadente y continuando proceso de actuación contra Castilla –sin interrupciones- del Estado de España, desde el mismo momento de la entronización de la Casa de Austria hasta nuestros días.

 

 

UN CONCEPTO ERRONEO EN LA POLÍTICA: LA REGIÓN “NATURAL”

 

 

UNA DE LAS PRINCIPALES ARGUMENTACIONES con que se justifican quienes propiciian la desintegración del solar histórico de Castilla, es la supuesta disparidad geográfica de los territorios que la integran. El concepto sobre el que gira toda su argumentación es el de “región natural”.

 

Conviene recordar aquí que el concepto de región natural pertenece a la Geografía física, no a la Geografía humana o política.

 

Por otra parte, dicho concepto es puramente convencional, y sólo puede ser aceptado en virtud de un contenido didáctico-esquematizador, puesto que incluso la Geografía física es precisamente aquella disciplina que se encarga de demostrarnos que toda porción de terreno es fundamentalmente diversa a la siguiente, quedando así desvirtuada cualquier idea de estricta homogeneidad geográfica.

 

Advirtamos además que, si bien la introducción del concepto de región natural hizo furor durante algún tiempo. E incluso se puso de moda expresarse en estos términos, hoy está demostrado que no es el medio físico el factor determinante de la región geográfica, son que hay que tener en cuenta los factores humanos, históricos, económicos, culturales y políticos que sobre él confluyen; por lo que la verdadera región geográfica es, como casi todo, una creación del hombre, no del medio físico.

 

Por todo ello el término “región natural”, convención anticuada y obsoleta de la Geografía física, repetimos, solamente admite en la actualidad una traducción al lenguaje de lo inteligible. Esta traducción es la de comarca.

 

 

LA FORMACIÓN DE LAS NACIONALIDADES HISTÓRICAS ESPAÑOLAS.

 

A ESTE RESPECTO, CABE añadir que ninguna nacionalidad española se ha formado siguiendo unos cauces pretendidamente “naturales” o “geográficos”.

 

Por razones históricas, fácilmente comprensibles, las nacionalidades españolas se formaron en dirección Norte-Sur, por corrimiento de fronteras, asimilando en este desplazamiento territorios no estrictamente similares.

 

Buscar por tanto, la identidad “natural” de cualquiera de ellas, significa desconocer el proceso histórico de su formación y alejarse del objetivo de estudio que se persigue.

 

¿Qué semejanza “natural” puede existir, por ejemplo, entre el húmedo Pirineo de Huesca la llanura zaragozana y el árido y seco y otra vez agreste Teruel?. Sólo tres provincias, y tres mundos distintos. Sin embargo, nadie niega a Aragón.

 

¿Qué identidad “geográfica” podrá argüirse ante las marismas del Guadalquivir y el semidesierto de Almería? Sin embargo, ahí está íntegramente Andalucía, sin sufrir las cornadas disgregadoras de los tecnócratas del Estado.

 

¿Qué similitud “territorial” se puede descubrir entre el áspero interior del Reino de Valencia y la fértil huerta del litoral mediterráneo?, etc., etc.

 

A pesar de que las diferencias geográficas de Castilla no son mayores que las de cualquier otra nacionalidad de España, proporcionalmente a la extensión del territorio, nadie argumenta motivos “naturales” para la disgregación de esas otras zonas, y si se emplean tenazmente en lo que respecta a Castilla.

 

Ello nos indica que son otras las causas y las motivaciones últimas de quienes así actúan. Motivaciones e intereses que más adelante intentaremos analizar.

 

 

LA AUSENCIA DE CONCIENCIACION DEL PUEBLO CASTELLANO

 

PARA COMPRENDER EL FENÓMENO de la dispersión territorial que amenaza actualmente al País Castellano, es necesario partir de una base concreta: la absoluta despersonalización propia en que hoy se encuentra el pueblo de Castilla, porque en ella además ha sido y es educado.

 

Ser castellano, en estos momentos, no significa integrarse una fuerte corriente de opinión, perfectamente solidaria de sí misma; que conozca su trayectoria histórica y cuáles son sus necesidades y reivindique las soluciones a sus exigencias.

 

Sentirse castellano es estar sólo, cada vez más sólo, e medio de un pueblo de emigrantes, con población cada vez más envejecida y menos dinámica, y tener que asumir la incomprensión, cuando no el desprecio, de los pueblos más privilegiados de España.

 

Por otra parte, no existen organizaciones política específicamente castellanistas, que difundan un ideario de solidaridad entre los castellanos, ni vehículos de información –prensa, radio, televisión…- propiamente castellanos que puedan transmitir la idea conjunta de Castilla.

 

 

EL FALSO TÓPICO DE LA CASTILLA LLANA.

 

 

JUNTO A ESTA CARENCIA DE mentalización colectiva, es necesario señalar la falsa imagen que lentamente se ha ido formando acerca de nuestro País.

 

El tópico literario de la Castilla llana, de la Castilla parda, de la Castilla monótona, que comenzó a forjarse hacia mediados del siglo XIX, entre los románticos de las periferias españolas, y que después encontró sus mejores propagandistas en los hombres del 98 (ninguno de ellos castellano), ha calado hondamente en el pensamiento actual, hasta el punto de que, hoy por hoy, resulta imposible no asociar la idea de Castilla con la de “llanura cerealista de color pardo”.

 

Consecuentemente con este regalo mixtificador del 98, prueba evidente del profundo “amor” por Castilla de aquellos desaforados especuladores (que por supuesto no buscan a Castilla a tras de Castilla, sino a España a través de sus particulares elucubraciones sobre Castilla), se ha generalizado en algunos círculos la opinión -para corroborar lo que no era cierto, pero que de esta forma quiere verificarse-,  de que todo lo que no sea llanura cerealista de color pardo, no puede ser Castilla.

 

Tal imagen tópica actual contrasta notoriamente con la que de su tierra ofrecían los primeros poetas castellanos. Estos poetas que, precisamente, se estaban refiriendo a la Castilla más original (Santander, Burgos, Logroño, Soria…), nos presentan la visión de una tierra montaraz, umbría, amena, de fuerte tradición ganadera y forestal, donde las sierras y los valle se suceden conformando el “hábitat” peculiar del castellano.

 

El cómo ha ido desplazándose esta primitiva visión estética de Castilla por la imagen tópica existente en la actualidad, es uno de los más sorprendentes recorridos literarios que pueden realizarse. Pero una cosa es el tópico literario y otra muy distinta la realidad circundante.

 

En efecto, Castilla es un gran País, un extenso y vario País en el que caben las llanuras, los valles, las montañas, y toda la sinfonía imaginable de los colores.

 

Para enfocar certeramente la variedad paisajística que define a Castilla, no resistimos la tentación de citar aquí las gráficas palabras con las que describió a nuestra tierra uno de los hombres que mejor lo supo estudiar en los últimos años el recientemente desaparecido Dionisio Ridruejo:

 

“Castilla es accidentada en toda su extensión. El llano absoluto, la Castilla sin límites, salvo en la parte medio leonesa, es la simplificación poética de una idea recibida que muy raramente verifican los ojos.

 

Cuando en Castilla se sale de la Cordillera Cantábrica, se está en la serranía discontinua del Sistema Ibérico, y Central. El resto queda repartido entre las elevaciones secundarias que se desprenden de esos grandes sistemas, con páramos terribles trabajados por la erosión y vales especialmente encantadores, ya que la sorpresa acrecienta y enternece su dulce frescura arbórea como en ningún otro país.

 

Hay también, claro es, altiplanicies, navazos y vegas llanas ribereñas. Los horizontes son, con frecuencia, despejados y los cielos grandes, pero los cambios de paisaje son continuos”(1) y (2).

 

Junto a esta variedad orográfica, certeramente descrita para la Castilla- Norte, de montañas, llanuras y elevaciones secundarias intermedia, que se traduce en unos cambios de paisaje considerables –pero no rápidos, debido a la extensión del territorio, y en esta lentitud del cambio tal vez radique la razón que ha originado la inexactitud de la Castilla uniforme y monótona, propia de quienes no la conocen íntegramente- hemos, de señalar el mismo carácter montañoso de gran parte de la Castilla- Sur.

 

Al formidable espinazo del Sistema Central que, a través de 300 kilómetros de altas cumbres, constituye la separación geográfica de ambas Castillas, se añade la continuación del Sistema Ibérico, el cual se prolonga en serranías diversas por las provincias de Guadalajara y Cuenca.

 

Por otra parte, la Castilla-Sur se halla recorrida en su zona central por la elevación secundaria de los Montes de Toledo, que separan las cuencas de los ríos Tajo y Guadiana, y que van suavizando paulatinamente su perfil hasta encontrarse de nuevo con las elevaciones de la vertiente norte del Sistema Bético, cuyos contrafuertes marcan definitivamente la divisoria entre Castilla y Andalucía.

 

Esta es la realidad de una Castilla extensa en la que se dan cita todos los paisajes y todos los cromatismos posibles: desde los verdes más intensos a los amarillos más fuertes, pasando por cada una de las tonalidades cromáticas intermedias, y pasando por el azul cambiante de sus cielos y por el blanco nacarado de sus nieves.

 

Una Castilla variada y polícroma, en definitiva, muy distinta de la versión parcial que de ella nos trasmitieron los noventayocho.

 

Urge, por consiguiente, desmantelar el tópico simplista de la Castilla llana y cereal, que sin duda existe, pero que no es la única. Hay otras Castillas junto a ésa. Hay otras Castillas de montañas y cordilleras, de nieves y riscos, de prados y de hayedos; hay otras Castillas de húmedos valles y de umbrías extensiones pinariegas; hay, en definitiva una Castilla del llano, otra Castillas de las montañas y hay también una Castilla marinera.

 

Y, por supuesto, quien desee escapar del tópico noventayochista de la castilla exclusivamente “llana”, que abra simplemente los ojos a la realidad y compruebe. Digámoslo ya de una vez para que nunca vuelva a olvidarse: Castilla es la nacionalidad del Estado español con mayor superficie montañosa.

 

Y no podía ser de otra forma, puesto que ella ocupa gran parte de este montañosísimo territorio que define a España (se dice a menudo que somos el país más montañoso de Europa, después de Suiza), por lo que todavía resulta más incompresible que hay podido aceptarse el tópico de la Castila exclusivamente llana.

 

 

OTRO DE LOS TÓPICOS FALSOS: LA CASTILLA DEFORESTADA

 

LO MISMO CABE AÑADIR con respecto al tópico de la Castilla deforestada, otra de las ideas erróneas que revelan claramente el absoluto desconocimiento existente sobre la realidad de Castilla.

 

Sin negar que en muchos casos un irracional proceso de roturación y de tala ha deforestado amplias zonas de Castilla, parece natural que se hable de la riqueza arbórea de nuestra tierra, puesto que las provincias castellanas disponen de a mayor superficie forestal de España.

 

Se bastan algunas provincias como Cuenca Guadalajara, Soria o Salamanca… para superar, por sí solas, al conjunto a otros territorios del España que tienen fama de ser “ muy arbolados”, incluidos los de la fachada atlántica.

 

Puede que algunos sentidos figurados Castilla esté desarbolada –y ciertamente lo está e muchas de sus áreas, las cuales son curiosamente las únicas que se citan., pero en el sentido literal, semántico, Castilla es la porción más arbolada de España, y lo es una diferencia abismal sobre cualquier otra.

 

Somos un gran País, un extenso País en el que hay lugar para todo, para la mayor superficie de montañas y para la mayor superficie de llanuras, para los mayores bosques de España y para las zonas más deforestadas, para las comarcas cuya vida económica gira en torno a su riqueza maderera, resinera y forestal y para las comarcas deshabitadas, para los prados de Ávila, de Segovia, de Soria, de Santander, de Burgos… y para los páramos de la Tierra de Campos o de la Mancha, para las dehesas salmantinas y para las locas excentricidades de la piedra en las intrincadas serranías de Cuenca.

 

Lo inadmisibles el tópico falso y constantemente repetido, divulgado, escrito y enseñado en la escuela que percute y golpea a la verdad y falsea de esta forma la sorprendente variedad de una tierra desconocida, cuando no malintencionadamente interpretada.

 

 

SANTANDER, LOGROÑO, LA MANCHA: LOS TRES FACTORES ACTUALES DE DISPERSIÓN.

 

 

EL CASO DE SANTANDER.

 

SANTANDER ES, HOY POR HOY, la más dolorosa constatación del inminente peligro de desintegración al que está siendo sometida la nacionalidad histórica castellana, tan histórica que a diferencia de otras que presumen mucho de serlo, Castilla sí ha sido Estado soberano y propio, como no lo han sido las que alardean de tantísima historia peculiar y propia.

 

En Santander, por un lado, actúa esa “imagen tópica” de la Castilla sin accidentes a la que antes aludíamos. Santander no entra dentro del esquema simplificador de la “llanura cerealista”, por lo tanto, Santander no puede ser Castilla, para quienes nos desconocen.

 

De hecho, este ha sido el argumento esgrimido con toda claridad por cierto líder del secesionismo en Santander: que Castilla era llana y cereal, y sólo eso. Motivos geográficos, y falsos, como hemos visto, y tópicos que hubiera destrozado el propio Menéndez Pelayo, tan castellano y defensor de Castilla que sabía perfectamente lo castellana que era La Montaña de su nativo Santander.

 

Por otra parte, los intereses electorales de algunos determinados partidos políticos, dispuestos a violentar la historia hasta sus últimas consecuencias con tal de obtener comunidades autónomas fácilmente controlables, han hecho posible que Santander, la más genuina de las tierras de Castilla, el origen de nuestro pueblo, de nuestra lengua y de nuestra cultura, esté a punto de quedase aislada en el actual momento de surgimiento de las entidades autónomas

 

 

CANTABRIA O LA INJUSTIFICADA UTILIZACIÓN DE UN NOMBRE.

 

LA MÁS EVIDENTE DE LAS tergiversaciones de quienes abogan por la secesión de Castilla del solar histórico de los primeros castellanos, radica en la pretendida identificación entre la actual provincia de Santander y la antigua tierra de Cantabria.

 

Naturalmente, la antigua Cantabria no coincide territorialmente (ni cultural, ni lingüística, ni racial, ni religiosamente, etc.) con la actual provincia de Santander, no ya sólo porque la lengua, la raza o la cultura de los actuales montañeses sea muy distintas de las del pueblo prerromano, sino porque como decimos  tampoco los territorios coinciden.

 

En efecto, haciendo notar la constante permutabilidad de fronteras de aquel pueblo tribal, cabe fijar los límites de la antigua Cantabria en el suroeste de Santander, norte de Burgos y norte de Palencia, es decir, precisamente el territorio que habría de dar origen al primitivo Condado de Castilla, en el siglo VIII, y ya sí con las mismas características en lengua, cultura, religión, etc., que los actuales montañeses, burgaleses y palentinos.

 

Por si faltara algo, poco quedó de aquel pueblo después de las depredaciones romanas. La República romana era generosa con quien se sometía a su voluntad y pagaba los tributos que se imponía a los pueblos sometidos, pero era implacable con los rebeldes: crucifixión para los jóvenes, muerte para los mayores y esclavitud y dispersión territorial –sacándoles de aquel territorio que se les había resistido- para las mujeres, hombres y niños que restasen.

 

Precisamente estos restos de los antiguos cántabros (y de los autrigones y várdulos) los que, al unirse cultural, lingüística y racialmente con los hispanorromanos y con los godos populares que allí se habían refugiado tras la invasión árabe, crean de esta forma un pueblo original y nuevo, incluso en su idioma: el pueblo castellano.

 

 

De ahí que curiosamente si se quisiera seguir el rastro de los residuos del pueblo cántabro, habría que hacerlo a través de aquellos castellanos que se descolgaron de las montañas de Satandera y Burgos para repoblar nuevamente las tierras del Sur, por la ruta de los foramontanos.

 

Vemos así que incluso la ficticia razón que se quiere aducir para disgregar a Santander de la nacionalidad castellana, el pretendido cantabrismo, sería una nueva prueba de la vinculación de Santander con “su” Castilla, que allí se engendró nacional y culturalmente.

 

Por ello, el nombre de Cantabria aplicado a Santander constituye tanto un error geográfico considerable como una retrotracción a las oscuridades de la historia difícilmente defendible con un mínimo de seriedad o de rigor histórico, como lo sería llamar Arevaquia a la actual provincia de Soria o Vetonia a la de Ávila. Eso está muy bien para los tiempos anteriores a Roma, pero es impropio desde hace milenios

 

Santander es La Montaña por antonomasia (La Montaña por antonomasia de Castilla) y este ha sido su nombre más constante desde que Castilla existe.

 

Si ahora resulta que Santander, la arte más esencial de los orígenes castellanos o no va a ser Castilla, bien puede decirse que mal se encamina el Estado autonómico y que no va a hacerse en un sentido que aporte grandes provechos para los castellanos.

 

 

LOGROÑO.

 

 

LOGROÑO, AL LADO DE Burgos y de Santander, forma el otro pilar básico en el generarse de nuestra tierra castellana.

 

Si Castilla nace en tierras de Santander y Burgos, Logroño es la tierra que escribe por primera vez el castellano, y la patria del primero de nuestros poetas de nombre conocido, Gonzalo de Berceo.

 

Zona de disputas fronterizas entre Castilla y Navarra durante algunos años, quedó definitivamente unida a Castilla en cuanto, pasadas las primeras debilidades originarias, el reino de Castilla se afirma con rotundidad en el contexto de los pueblos hispánicos.

 

La aportación que desde entonces ha supuesto en los ámbitos lingüístico y cultural esta fuera de toda duda, por lo que no es necesario repetirlo.

 

Hoy, sin embargo, la provincia de Logroño se encuentra fuertemente asediada por la presión de lo vasco, y por esos intereses diversos que desean debilitar a Castilla cuanto se pueda, y cuya fuente inicial habría que saber de dónde proceden.

 

Ser castellano, antes lo decíamos, no significa actualmente nada positivo. Ser castellano significa tan sólo padecer una absoluta desconcienciación acerca de los propios problemas de esta tierra, y carecer por completo de medios de intercomunicación con el resto de los castellanos.

 

Si a ellos añadimos la potencialidad económica de Euskadi, con la capacidad de atracción que conlleva, y que tanto la prensa como la radio y la televisión regional que se reciben en Logroño son las vascas, nos será fácil comprender que la despersonalización territorial, común a toda Castilla, actúe con mayor intensidad en esta zona limítrofe y que esté a punto de consumarse este nuevo rapto de Castilla.

 

La cuña de absorción impuesta por el País vasco, se extiende tanto por Rioja como por el norte de Burgos, el cual sirve ya de zona de descongestión turística de Vizcaya, y por la comarca de Miranda de Ebro apetecida, al igual que el mismo Condado de Treviño, por el moderno expansionismo vasco.

 

Dicha cuña de absorción llega a ser también muy perceptible en la parte oriental de Santander, adonde han trasladado su primera o segunda residencia muchos vizcaínos, porque la superdesarrollada Vizcaya –y más durante los años de Franco- se desborda.

 

Sólo un fuerte brote de sentimiento castellano, que al menos no encuentre las trabas que ha puesto y pone a Castilla la Administración española, impedirá que el desbordamiento económico y demográfico habido en Euskadi durante esto últimos años, actúe como n hachazo territorial en todo el norte castellano.

 

LA MANCHA. OTRO NUEVO INTENTO DE DISPERSIÓN.

 

PERO LOS INTENTOS DE desmembración del territorio histórico de Castilla no terminan aquí. Por el contrario, los atentados actuales contra la identidad territorial de Castilla, operan también por el Sur.

 

Fracasado del proyecto tecnocrático de aquel engendro que pretendió llamarse “Región Centro”, ya comentado, que entregaba toda Castilla la Nueva a los efectos de facilitar un perímetro a la expansión de la capital del Estado (lo cual hubiera significado, entre otras cosas, borrar definitivamente de la faz de la tierra el nombre de Castilla), los troceadores de nuestra tierra han vuelto a la carga cambiando ahora, sin que nadie lo pidiera ni viniese a cuento, el nombre histórico de Castilla la Nueva, por esa peregrina denominación “castellano-manchega”, que se está imponiendo en los ambientes políticos y en los medios de comunicación, pero que resulta de todo punto inadmisible.

 

Denominar a Castilla la Nueva, como algunos círculos políticos pretenden, la región “castellano-manchega”, es algo tan absurdo como lo sería el denominara Cataluña la región “catalano-ampurdesa”, a Andalucía a región “andaluzo-marismeña” o a Galicia la región “gallego-riobajera”; puesto que la categoría inicial de REGIÓN, implica en todos los casos citados a la segunda de COMARCA.

 

En efecto, tradicionalmente la comarca de la Mancha ha sido siempre integrante de la región de Castilla la Nueva, y sigue siéndolo e la división administrativa del Estado español actualmente vigente.

 

Ella, junto con la Jara, la Sagra, la Alcarria, la Campiña, las diversas Serranías, el Valle de Alcudia, el Capo de Calatrava, etc, ha formado y forma un todo regional neocastellano.

 

De ahí que admitir el conglomerado nominal que se propone sería tan absurdo y tendría tanta coherencia como proponer los apelativos de región “castellano- alcarreña”, “castellano-jareña”, “castellano-sagresa”, o castellano-serrana conquense”, es decir, ninguna.

 

Sin embargo, los democráticos representantes que nos depararon las pasadas elecciones, decidieron un día, por su cuenta y riesgo y sin previo aviso, cambiar el nombre histórico de Castilla la Nueva, dando entrada a esa denominación bifronte, totalmente incongruente.

 

¿Acaso ha solicitado alguien tal fractura? ¿Ha habido algún movimiento de masas o de minorías que la demandara? Y si no es así, ¿qué pretenden los que la han realizado sin que nadie lo pidiera? ¿Qué oscuros intereses han movido a los políticos de Madrid –porque ha venido de las cúpulas de los partidos, no desde las provincias implicadas- a buscar la disgregación no ya de la nacionalidad, sino de la misma región Sur de Castilla?

 

 

Para que cualquier cambio de denominación pudiera producirse, en base ciertamente a unas razones que se desconocen, sería necesaria una consulta a la totalidad del pueblo de Castilla la Nueva en la que éste acepte o rechace un posible cambio de nombre para su Región. Y eso después de que se informara debidamente de lo que es una entidad política –Castilla- y de lo que es una entidad geográfica o comarca –La Mancha, entre otras muchas-.

 

Lo que no puede admitirse de ninguna forma es que cuatro personas, arrogándose unas facultades que no les han sido conferidas, jueguen a rebautizar a nadie por su cuenta.

 

Hasta ese momento hipotético, cabe exigir que sea respetada la única denominación legítima existente, la histórica de Castilla la Nueva; otra cosa sería aceptar un caso más de flagrante violación de los derechos de los habitantes de una región que deberían adoptar, sin haberlo pedido ni haberlo deseado, ese antinatural nombre artístico de Castilla-La Mancha, con el peligro de futura dispersión que ello trae consigo.

 

 

REGIÓN GEOGRÁFICA, REGIÓN POLÍTICA, NACIONALIDADES, REGIONES.

 

 

EN LOS PÁRRAFOS ANTERIORES, hemos visto cómo la nacionalidad castellana ofrece una variedad geográfica bastante mayor de la que generalmente cabe en la conocida fórmula de “llanura cerealista”.

 

Hemos visto también los repetidos intentos de disgregación de nuestra tierra, auspiciados por los intereses políticos imperantes. Subrayamos ahora que lo que confiere unidad a todas estas regiones geográficas es su pertenencia a una misma comunidad etnográfica y cultural, cuyo testimonio más evidente está en la lengua, en la literatura y en el arte.

 

Frente al concepto físico de “comarca”, basado en la geografía y el paisaje, se encuentra el político de “región política” y, según la terminología que en estos años se está estableciendo, de “nacionalidad”, que se fundamenta en la identidad cultural e histórica.

 

Sobre este concepto debe construirse el edificio que evite la dispersión de los distintos territorios castellanos, mediante la fórmula de equilibrio entre las semejanzas nacionales y las diferencias regionales y comarcales que puedan observarse en Castilla.

 

Al igual que España ha sido definida como una “nación de naciones”, cosa aceptable en tanto sea un concepto cultural que no derive en pretensiones soberanistas, puesto que las llamadas “nacionalidades históricas” nunca han dispuesto de dicha soberanía y esto es lo más histórico que puede decirse de ellas, no es menos cierto que la característica fundamental de Castilla es la de ser “nación de regiones”.

 

Y si cada uno de dichos territorios de Castilla debe contar con un ordenamiento jurídico e institucional propio, también debe recordarse su pertenencia a una misma comunidad cultural y nacional: la Castilla que a todos enlaza y que también deberá reconocerse.

 

 

CONSIDERACIÓN FINAL.

 

LOS CASTELLANOS NOS ENCONTRAMOS ahora en un momento decisivo en cuanto a proyectar nuestro futuro, estamos re-naciendo. Aunque más bien son las élites políticas las que toman las decisiones, no parece que vayan a dar voz directa a la población en estas cuestiones, mediante la convocatoria de referendos.

 

En caso de que sí se acabara aceptando que “el pueblo hablara”, como dice uno de los eslóganes más conocidos de estos años, los castellanos habremos de tener en cuenta que si decidimos que la Castilla del futuro sea únicamente Soria, por ejemplo, Soria lo será.

 

Si decidimos que sea la cuenca del Duero, la cuenca del Duero lo será.

 

Ahora bien, si somos conscientes de la identidad cultural de todas las regiones que integran Castilla y admitimos la existencia de ésta que a todas sus partes internas agrupa, entonces es posible que hayamos iniciado el único camino posible hacia la construcción de esa nueva Castilla que deseamos edificar.

 

De cualquier forma, los castellanos no podemos seguir asistiendo, impávidos, a la extinción de Castilla que actualmente se auspicia desde la Administración española.

 

Insistamos en este punto: Castilla se encuentra en un momento decisivo de su historia como multisecular.

 

De los objetivos que nos marquemos los castellanos dependerá que Castilla renazca con fuerza o que se hunda definitivamente.

 

Por lo tanto, quienes deseamos la reconstrucción cívica y material de Castilla, deberemos tomar conciencia de este específico problema territorial, ya que, caso de no saber resolverlo, Castilla habrá retornado, en esta hora de las autonomías, profundamente lastrada y dividida a la vida de su autogobierno.

 

  • Dionisio Ridruejo, “Castilla la Vieja. Tomo I. Santander, Burgos, Logroño”
  • La imagen estereotipada y falsa de Castilla que aportó la Generación del 98, y que ni siquiera es creación suya, sino que recoge ideas preconcebidas cincuenta años antes por los intelectuales periféricos anticastellanos de mediados del siglo XIX he podido probarla con bastante detalle en mi libro publicado en 2018, “Otros campos de Castilla”, que presenta un largo prólogo ensayístico titulado “Contra la Leyenda Negra Castellana”, donde se exponen con detalle todas estas cuestiones.

 

«Otros campos de Castilla. Parte I: Contra la Leyenda Negra Castellana», 2018

 

http://aache.com/tienda/703-otros-campos-de-castilla-parte-i.html

 

Recibe nuestras noticias en tu correo

Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

Lo más leído