Elegía a Miguel Hernández, cuyos ojos al morir no pudieron cerrarse (en texto y vídeo)

Elegía a Miguel Hernández,

cuyos ojos al morir no pudieron cerrarse

(En texto y vídeo)

 

 

 

Yo quiero ser cantando

el aprendiz de tu pericia en lunas

y en rayos que, incesando,

truecan las horas brunas

en luz y llama que en el verso aúnas.

 

Tu doble ojo en ausencia

la canción y el romance habrán helado,

mas la muerte en presencia

quiere ver por tu vado

fe, amor, pasión, ardor que tú has mirado.

 

Labrador de más aire

y pastor de palabras que destellan,

perpetras el desaire

a penas, que se sellan.

Por faro en tu pluma lumbre centellan.

 

Viento del pueblo has sido

y así aún resuena tu dulce aliento,

después de ser herido

por el temible acento

de guerra, celda, frío y sufrimiento.

 

Nanas de la cebolla

le diste a tu hijo hambriento de posguerra,

después que tu otra joya

matara el hambre en guerra

con España, Miguel, la fe y la Tierra.

 

El hombre acecha el vuelo

hoy de los versos, símbolos y rimas

en donde halla consuelo

con el amor en cimas

y en cimas duelo que, al cantar, sublimas.

 

Quién te ha visto postrado

por afección y por derrota huyendo

hasta ser apresado

y quién te ve hoy uniendo

en tu honor a ambos bandos. Tú venciendo.

 

No hay que apartar la tierra

por verte, ni llorar ausencia triste,

pues tu alma no la cierra

ni hachazo que sentiste

ni el desdichado marzo en que partiste.

 

Torna abril entre flores

a pajarear hojas de tu higuera,

cada vez que enamores

a un lector que volviera

a tus hojas de libro y las leyera.

 

Treinta y un años tempranos

y ya hubo que contarte entre difuntos,

mas tus cantos lozanos

en herencia adjuntos

dejaste a mundo y hombre, de ti trasuntos.

 

Tu clara vista abierta

de humanal vida sigue enamorada,

aún mira despierta,

en rehúso a la nada

siente más el latido que la helada.

 

Los ojos, por tus ojos,

del mundo ya no son simples fanales

mirando los rastrojos

de quebrados cristales,

a belleza iris izan verticales.

 

Qué cruel y acerba muerte

por celda fría y bronca peregrino

tu silbo se convierte

en vulnerado trino,

que a rosa en yema han roto su camino.

 

Mas tu canto bravío,

pirotécnico estruendo de vocales,

combate con su brío

y emite sus señales

de azahar, limón, lirio y palmerales.

 

Que truena, truena, truena

tu voz no ha callado aún en la tierra,

raíz posee y ordena

que se pare la guerra,

que escale la voz paz la alta más sierra.

 

 

Sólo es esta tormenta

de la voz honda del poeta eterno

la que en ti se asienta,

que siempre tu cuaderno

restará entre las naciones fraterno.

 

Liba el néctar la Historia

de tu legado, fresco, puro y dulce.

En mil años memoria

habrá de tu agridulce

rasgar de abeja, y más siglos endulce.

 

 

No rojo desaliento

sientan más las amapolas, que el vientre

de la tierra da al viento

tu son cálido y encuentre

de un palmeral el cielo en que se adentre.

 

 

El arrullo en tu trino

mece hoy a enamorados labradores

y viaja igual al destino

de las gustosas flores

y de Humanidad. Forja sus valores.

 

 

No penes, pues, perito

Miguel en vida, muerte, herida y viento,

que siempre el infinito

almendro tendrá atento…

a tu canción de nata, alma y alimento.

 

JPM

 

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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