
Agoniza el moribundo. Simón Bolívar llaman a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco. Es en Santa Marta, un 10 de diciembre de 1830. Cuenta con 47 años. El Libertador ha atravesado el río Magdalena en la agonía que aún no se cree. Huye del dormir para siempre. Derrotado, aquél que logró la independencia de todas sus patrias y soñó con una única gran nación. La llamaban la Gran Colombia. Era América entera, una y trina. Desengañado, conocedor en el fondo de que el alma que un día divisó Pinzón no está hecha para la homogeneidad. Admirador de Napoleón, republicano de teorías, también él acabó sucumbiendo al ideal de la monarquía sin corona. Dictadura o anarquía. Para él era así la disyuntiva. Absolutismo o caos. Los pueblos que él sacó a la España que mató el yugo bonapartista un cercano dos de mayo optan por la división. Él, que marcó a esa misma España de opresora, fue un liberticida. Y obtuvo la ingratitud de los que le proclamaron Dios.
Agoniza El Libertador. Recibe los santos sacramentos el masón, crápula y libertino. Muchos años antes, murió la única mujer a la que llevó al altar cuando solamente tenía veinte años y unos pocos meses de “hasta que la muerte nos separe”. Allí murió también el rico preocupado únicamente por su hacienda. Allí nació el guerrero que revolucionó un continente. Allí nació el que conmovió a mil y una mujeres. A todas les dijo sí, pero a ninguna ya de verdad. Muere como todos los grandes. Soñando que aún es oro, cuando ya es barro. Se siente traicionado por los hijos. “Con lo que yo he hecho por ellos…”, dicen los paternalistas a los que nadie avisó en su auriga triunfal de que el laurel también se pudre.
Muere casi solo. Abatido, melancólico, putrefacto. Él, Simón Bolívar, el todopoderoso Simón Bolívar, muere como todos. Aunque no se lo termine de creer. Sus últimas palabras: “Qué es esto…? ¿Estaré tan malo para que se me hable de testamento y de confesarme…? ¡Cómo saldré yo de este laberinto!”. Él, que llevaba años muriéndose. Señor, ni el César Augusto ni Ramsés II escaparon de cerrar los ojos para siempre. Exhalar el último suspiro. Misión final para putas y reyes sin corona. Es ya 17 de diciembre de 1830. Ha muerto Simón Bolívar. Aunque aún hoy se escucha el latido del que se perdió en el laberinto.
Inspirado en la genial novela ‘El general en su laberinto’, de Gabriel García Márquez.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

