La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Es difícil, hoy en España, intentar ser un periodista comprometido

Sólo hace tres años desde que llevo empezando a ser periodista –algo que aún no soy, pues me queda mucho por aprender y serlo de verdad–, cumpliendo así uno de los grandes sueños de mi vida. Hace dos y medio inicié este blog. Con toda la ilusión y las ganas de canalizar mi deseo de opinar con la total y absoluta independencia, sin sujetarme a ningún prejuicio ni a lo políticamente correcto. Eso me ha granjeado muchos roces y enfrentamientos. Incluso con quienes me permitían alojar en su portal este blog. Con Periodista Digital. Tal vez por eso, tras desaparecer de cualquier sección del mismo, hoy ya es incluso imposible acceder a él desde el buscador de buscadores: Google. Cuando antes eran numerosas las alusiones al mismo (tanto por el nombre de la página como por el mío propio), de un día a otro han sido completamente eliminadas. Así, salvo para los amigos que anteriormente guardaran la dirección para el acceso directo, desde al menos el sábado, es tremendamente difícil entrar en ‘La hora de la verdad’. ¿Por qué?

Aquí he alabado lo que creía que debía de alabar. Y he criticado a quien creía que debía de criticar. A todos, incluso a quienes he podido admirar. Critico acciones y comportamientos concretos, nada más. Aquí he censurado (y reconocido) a Zapatero y a Aznar. A Zerolo y a Gustavo de Arístegui. A nacionalistas y representantes de una derecha carca que se quiere atribuir la exclusividad del sentimiento español. Aquí he condenado siempre el aborto. Y he repetido mil veces que eso no es garantía de catolicidad, por sí mismo. He criticado a periodistas y medios: El País, Público, ABC, El Mundo, Periodista Digital (donde, como digo, escribo esto), COPE (donde estuve), La Sexta, Almudena Grandes, Federico Jiménez Losantos, César Vidal, Pedro J. Ramírez, Antonio Gala (escritor y escriba en prensa)… A muchos. Mis amigos y familiares me dicen siempre: “Estate calladito, que nunca sabes quién puede echarte una mano” a la hora de encontrar un posible empleo. Y tienen razón. Pero los que me conocen saben que, en mi caso, es una necesidad física el decir lo que creo que tengo que decir. Por compromiso con mi forma de pensar y de sentir. Cuando pienso algo, no puedo callarme. Aunque sepa que me va a costar caro.

No es fácil ser un periodista comprometido. Abunda el “perro no come perro”. El amiguismo. La estrategia. El noli me tangere. Hay gurús que son estatuas de sal… a las que no se puede soplar, porque están barnizadas de acero. Sin embargo, lo que peor llevo es cuando un comentarista anónimo –lo diré siempre: el anonimato es el cáncer de la Opinión en la Red– te suelta aquello de: “Pobrecito, se mete con tal o cual porque ya no sabe cómo llamar la atención”. Es tristísimo. ¡Comprometerte con una idea y echársela en cara a un “poderoso” equivale a la miseria de la vanidad! Cuando dar el paso te puede equivaler a caer hundido, encima te acusan de cobarde…

Ser puta y poner la cama. Eso es hoy, en España, intentar ser un periodista comprometido. En demasiadas ocasiones.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído